Delirio: ¿causa o efecto? (Colombia No. 16 General)

Laura Restrepo1

Delirio consiste en tres hebras narrativas que se entrelazan sin ninguna marcación delimitada de secciones o capítulos. Estas, cuentan la historia de una familia bogotana adinerada usando a Agustina como sujeto primario anclado en el presente contemporáneo aparente de los años 80´s. La segunda línea trata sobre el drama familiar del hogar de Agustina cuando esta era apenas una niña y una adolescente en los años 70´s. En tercer plano, Restrepo se ocupa de la sosegada pero inquietante rutina de sus abuelos maternos, especialmente de su abuelo el emigrante alemán Nicolás Portulinus que transcurre en una hacienda de tierra caliente a pocas horas de la capital.

La lectura más obvia de Delirio es la dramática experiencia que sufre Agustina (mujer relativamente joven casada con un profesor de literatura desempleado) a lo largo de un fin de semana extendido cuando pierde el conocimiento y su esposo la encuentra abandonada -en un estado de función cognitiva bajo- en la habitación de un hotel. De ahí en adelante se desenvuelven las tres líneas que circulan alrededor de las causas que traen a Agustina a esa misteriosa habitación de hotel sin mayor explicación. También se tratan las vivencias que han marcado a Agustina directamente e incluso antes de su nacimiento, dando cuenta de las obsesiones y los demonios que visitaban a sus varios antepasados. Mientras la focalización narrativa se ocupa de Agustina, Restrepo utiliza personajes auxiliares para recrear los años de plomo que afectaron la realidad colombiana durante los años 80´s y 90´s. De ahí, que muchos también han especulado que Delirio también es la condición que sufre la sociedad del país; una, convulsionada por las ganancias desproporcionadas resultado del comercio de narcóticos y la penetración de estos dineros en forma de corrupción desmesurada por parte de las elites empresariales y políticas.

Hasta ahí la interpretación más obvia. Pero recordemos que en términos médicos delirio (delirium) no es una enfermedad per se, sino más bien un síntoma clínico o uno dentro de una serie de síntomas que puede ser resultado de efectos secundarios de varias drogas o la suma de varios tratamientos médicos. Delirio, en sí mismo no es una psicosis inducida por una esquizofrenia o un evento de desorden bipolar. Si se entiende al delirio como un síntoma más de una condición aún más grave y más profunda, cómo podríamos interpretar la novela cuando delirio solo sería una de las múltiples manifestaciones de un estado mental alterado ocasionado por una química desequilibrada en las conexiones sinópticas?

El linaje genético que Restrepo elabora iniciando con los desórdenes de su tía abuela -quien moriría una muerte miserable en una asilo en su natal Alemania-  siguiendo con su abuelo hacendado -quien se suicida en un rio cercano a su finca-, continuando con su madre -obsesiva con las apariencias y presa de una fobia hacia todo lo sexual- y terminando en el lapso de Agustina –evento central de la novela-, da a entender o asume, que el delirio no ocurre de forma espontánea sino que se transfiere como demonios que descienden generación sobre generación. ¿Pero qué hacer con este modelo hereditario cuando delirio puede pensarse (y en realidad se piensa en la comunidad médica) como un síntoma -no de mutaciones genéticas hereditarias- sino como resultado de una serie de condiciones químicas y contingentes que desestabilizan el cerebro? ¿Si el delirio es un síntoma de una condición más profunda, deberíamos preguntarnos entonces qué tipo de condición es esta, y como hemos caído entre sus garras delusivas? ¿Será el capitalismo como funciona -o funcionaba- en los países latinoamericanos durante aquellas décadas el origen del síntoma que Restrepo llama deliro? ¿Será la serie de relaciones que sostenemos con el otro (relaciones egoístas e instrumentalizadas) que conducen a esos finales suicidas? ¿Será el legado colonial -en el que subsisten líneas de violencias latentes pero prestas a explotar bajo determinadas condiciones- la causa de los delirios sociales y de relaciones de poder insanas y destructivas? Si el delirio es síntoma y no causa, el andamio interpretacional que se ha usado hasta hoy tendría que reevaluarse, la novela debería ser releída y el análisis político que se ha propuesto sobre Colombia a partir de la novela, reexaminado.

Hasta acá mis inquietudes sobre Delirio como libro. No son respuestas sino más bien intentos de leer o releer con una perspectiva fresca lo que se puede rescatar de la novela y entender mejor como la literatura contemporánea latinoamericana se relaciona con la realidad de una región y un presente cambiante en este milenio. Cambiando de ángulo, desde el punto de vista formal me gustaría comentar sobre algunas fallas escriturales minan el texto. El estilo de Restrepo tiende a apoyar su voz narrativa en cláusulas interminables que le hacen un deservicio no solo contra la narración misma sino al lector quien tiene que acumular imágenes de más en su retención a corto plazo. Por ejemplo en solo dos frases Restrepo aglutina información desmesurada; información, que no le agrega nada al texto, ni constituye una pista para un lector atento, ni una referencia de valor más que el que constituye para la autor misma en clave autobiográfica o autoindulgente. Este afán encapsulador rompe el ritmo poético narrativo y desemboca tristemente en un hastío instantáneo. En el pasaje que cito, uno de muchos que sufren de hipérboles y excesos, Restrepo narra la hospitalidad del viejo inmigrante alemán Nicolás Portulinus para con el nuevo alumno de piano un joven criollo llamado Abel Caballero. Lo he citado tal como se encuentra en el texto para entender mejor al afán de la autora y las críticas enumeradas:

¨Para atender al recién llegado Nicolás bajó a la sala, amplia y amueblada, con unas cuantas sillas en torno al gran piano Bluthner en palo de rosa que Portulinus mandó a traer de Alemania y que hoy, toda una vida después, reposa en casa de Eugenia, en el barrio la Cabrera de la ciudad capital, convertido en una enorme antigualla silenciosa. Portulinus entró a la sala de su casa de Sasaima y vio que el visitante de Anapoima se había sentado al piano sin autorización de nadie y que acariciaba con mano reverente la preciosa madera roja de vetas oscuras, pero esa osadía en vez de irritarlo le pareció señal de carácter desenvuelto y ahorrándose los saludos de cortesía fue directo al grano, Si quieres lecciones, muéstrame cuánto sabes, le ordenó al muchacho, y este, aunque no se lo había preguntado, dijo que se llamaba Abelito Caballero y quiso presentar la retahíla de referencias que traía memorizada, aclarando que venía por recomendación del alcalde de Anapoima y que había estudiado en la escuela de Música y Danza de ese pueblo, hasta llegar a saber más que la única maestra, doña Carola Osorio, razón por la cual aspiraba a recibir formación más avanzada por parte del maestro Portulinus, pero como éste no parecía interesado en su historia, el muchacho desistió de suministrarle información no requerida y optó más bien por arremangarse la camisa para darle más libertad a sus brazos, sacudió la cabeza para despejarla, se frotó las manos para que entraran en calor, se echó la bendición para contar con la ayuda divina y se soltó a tocar un vals criollo llamado la Gata Golosa¨ (165).

¿De qué sirve mencionar el origen del piano? ¿El destino del mismo en una casa localizada en tal bario de tal ciudad y su condición allí? Igualmente, ¿Qué valoración le podemos asignar al esfuerzo por mencionar por nombre propio a la maestra, o el nombre de la escuela, o que sus referencias empezaran por el alcalde de Anampoima? El texto debería ser fluido y de lectura mesurada, donde los significantes amenicen la creación de imágenes en la mente del lector en vez de obstaculizar y frustrar lentamente. En The Rustle of Language, Roland Barthes escribe sobre la descripción literaria como aparato discursivo que representa el estado más elevado dentro de su interpretación de la jerarquía occidental del uso del lenguaje. ¨En la neo-retórica alexandrina del siglo segundo [de nuestra era] había una frenesí particular, un gusto por el écfrasis, (la pieza desmontable cuyo fin es sí misma independiente de cualquier función general) cuyo objeto era describir lugares, espacios, tiempos, gentes u obras de arte, una tradición que fue efectivamente cultivada hasta la edad media.¨ Es decir, Barthes eleva esta división dentro de las categorías funcionales del lenguaje, a la más privilegiada pues involucra el uso de habilidades intelectuales mayores y nos recuerda que la verosimilitud era una preocupación menor. ¨La descripción [del periodo medieval] ciertamente no estaba caracterizada por el realismo, los autores de la época no dudan en incluir leones y árboles de olivos en climas nórdicos europeos. Únicamente la limitación del estilo descriptivo cuenta. La plausibilidad no es referencial acá sino abiertamente discursiva: son más bien las leyes genéricas del discurso las que imponen la ley.¨ Para Barthes, las descripciones que no cumplen tareas meramente funcionales no son escandalosas en lo mínimo, están más bien justificadas –si no por la lógica de la obra- al menos por las leyes de la literatura: ¨Su significado existe, yace en la conformidad no al modelo sino a las reglas culturales de representación.¨ Usando las descripciones del Rouen de Flaubert en Madame Bovary, Barthes concluye que las descripciones inverosímiles y que no cuentan por último tienen como intención crear el efecto de lo real. Detalles pequeños dentro de una narrativa descriptiva, colores de objetos o localizaciones que solo se levantan por sí mismas en un instante de enunciación y que desaparecen tras ser agregadas al imaginario del lector no quieren decir sino esto: ¨somos lo real.¨ Según Barthes, es la categoría de lo real (y no sus contenidos contingentes) la que es significada, es decir, la ausencia misma del significado en pro del referente por sí mismo (en el texto citado: las vetas oscuras, el origen del piano, etc.) se convierte en el significado mismo del realismo. ¨El efecto de lo real es producido, la base de aquella verosimilitud que estructura la estética de toda obra dentro la modernidad.¨ El ensayo concluye con un análisis de la modernidad -naturalmente entendida y definida desde la teoría textual estructuralista del autor- donde la característica básica de esta condición temporal incluye la desintegración del significado a favor de un referente nudo. Pero si Barthes le asigna una funcionalidad a los detalles ínfimos y ¨ no-significantes¨ por su tarea de representar la realidad ¨como es¨, ¿Cómo debemos evaluar entonces la expresión hiperbólica y excesiva de los referentes vacíos -y funcionales solo en tanto reproducción del efecto de lo real? En otras palabras, ¿Hasta qué punto la plenitud de las anotaciones descriptivas abandonan un estado de potencial comunicativo ideal y prosiguen hacia una curva decreciente donde el lector en vez de encontrar ¨el efecto de lo real¨ en los referentes se ve distraído por un modo de lectura exhausto y saturado, un modo de lectura donde los referentes en lugar de crear el mencionado efecto no solo agotan al lector sino que distraen y ocluyen el deseado efecto de la realidad tal como aparece en la experiencia. Claro, Restrepo como todos los autores desde la temprana modernidad incluye descripciones verosímiles y logra no pocos eventos afortunados en pasajes diáfanos donde la lectura surge con facilidad; sin embargo mi crítica apunta especialmente hacia aquellas páginas que tratan sobre la vida de Nicolás y su esposa, sobre el tratamiento que Restrepo le da a la casa, a las hijas de Nicolás y a su estado psicológico un tanto delusional donde el referente- en tanto componente de un mecanismo que crea un efecto- termina por actuar en contra de sí mismo y este, en lugar de producirse, se ve tensionado a tal punto que su efectividad se coloca en entredicho. ¿Es difícil no preguntarse si Restrepo -en Delirio al menos- no ha utilizado los instrumentos de este efecto hasta un punto paradójico de no-funcionalidad? ¿Hasta qué punto son herramientas que dejan de trabajar para y por el texto y se tornan en su contra?

Sin embargo, no todo en Delirio es exceso y reproducción. Existen pasajes interesantes, en específico, uno que merece ser recordado y que tal vez -acaso parcialmente- justifique la obra. Se trata del drama familiar que sucede un domingo en la tarde -cuando toda la familia de Agustina está reunida en casa- que desemboca en una secuencia de huidas dramáticas y decisiones graves. El evento irremediable consiste en la repentina revelación de unas fotografías que comprometen al padre de Agustina en una relación erótica con su cuñada (quien ha vivido como tía solterona bajo el mismo techo toda su vida). Este evento causa una toma de posiciones radicales por parte de cada integrante de la familia; posiciones que permiten estudiar el dilema moral desde la perspectiva del espectador distante y entender como el sujeto en el mundo moderno define posturas en tanto políticas de preservación, continuación de la estabilidad y la importancia de la imagen y los códigos de las apariencias. El hermano menor de Agustina, apodado cariñosamente ¨el Bichi¨ -quien ha sido maltratado psicológicamente por su padre y un hermano mayor, más fuerte y rudo, desde la infancia- al verse puesto en ridículo una vez más y haber sido golpeado brutalmente por su padre decide acabar con la farsa. Su manera de cobrar venganza hacia su familia constituye en revelar lo impensable y esto sucede cuando arroja las fotografías sobre la mesa de centro. Una audiencia horrorizada observa los cuerpos desnudos -tan familiares y al mismo tiempo tan repugnantes. Lo más interesante del episodio no es el horror de la familia ni el sobrevalorado efecto del shock, sino lo que permite entrever este instante: las prioridades de cada miembro de la familia y sus respuestas.

El evento constituye un momento particular dentro de la novela donde la perspicacia y las palabras de cada uno solo revelan decisiones que podríamos llamar micropolíticas. La madre en lugar de tomar una posición de dignidad y confrontar a su hermana y al esposo infiel (como es de esperarse) recurre a negar la realidad que se dibuja en las fotografías de manera muy ágil y en unas pocas palabras desactiva la situación, la invierte y le arroja un significado o un revestimiento casi opuesto. Decide reprimir no a su marido, sino a su hijo mayor por tomar esas fotos tan desagradables de cuerpos desnudos, lo reprime porque no sabe darle buen uso a su cámara fotográfica que fue obsequio de su padre años antes. En un instante la madre restituye la autoridad simbólica de su esposo, recupera su matrimonio –y su estatus de señora acomodada de familia bien que este acarrea- y minimiza, incluso niega la evidencia junto con la posibilidad de una desintegración familiar instantánea. Todo se había venido abajo por el repentino develamiento de una mentira de años, un affaire prohibido, además, el Bichi el hijo afeminado y renegado había retado irreversiblemente a su padre al enseñar las imágenes en público, en otras palabras, la familia estaba desvanecida de antemano y solo se requerían estos momentos determinantes para acabar con la farsa de una sola vez. Sin embargo, contra cualquier predicción, la principal afrentada, la madre rescata su matrimonio, a su hermana y mantiene el estatus quo a costas de su definición como víctima primaria y merecedora a algún tipo de venganza o reparación por parte de su marido y su hermana. Restrepo es hábil al utilizar una frase que hubiera podido evitar largas repeticiones en tono simbólico y otros excesos: ¨mentira mata mentira¨ (285). El Bichi sale por la puerta con su libertad adquirida y con determinación de nunca volver a esta familia de monstruos. La madre arroja una carta salvadora que redime y mantiene el orden de las cosas. Agustina se hunde en una subjetividad alterada aún más tras el episodio y huye en motocilceta junto con su amigo para entrar en el estado que a todas cuentas Restrepo refiere como delirio iniciando su fin de semana de ausencia mental.

Lastimosamente, Delirio concluye con un final casi simétricamente opuesto al pasaje que acabo de estudiar. El cliché se repite y un momento efímero de esperanza da fin sin mayores revelaciones o dilemas morales a la novela. Al final, Agustina emerge de su condición, parece recuperar lucidez, su matrimonio se libera de una pesadilla -típica de nuestra posmodernidad- ¡que dura solo un fin de semana! y el libro acaba en clave esperanzadora pero de manera un tanto simplona. Delirio alcanza momentos de claridad y claves a la hora de repensar lo que constituye para el ser social y para la subjetividad vivir en un estado de guerra total como lo fueron estas décadas agitadas en varios países de la región. Sin embargo, la economía de recursos y la mesura en cuanto a los microrelatos hubiera sido bienvenida a la hora de evaluar la obra como tal. ¿Que se podría rescatar del final cliché de la novela? ¿A la hora de pensar porque Restrepo incluye este gesto esperanzador, podemos especular acerca de la relación de la autora vis-a-vis las nuevas administraciones y los giros políticos que han trastornado al país? Si es así, Restrepo entiende entonces la primera década del nuevo milenio, una marcada por administraciones de una derecha firme, como un panorama político esperanzador que promete salir de unos años devastadores de violencia, ostracismo y excesos, -como lo fueron los años durante los cuales trascurre Delirio. Pero no debemos ocluir el reverso de la dialéctica, pues un mejoramiento en el país en tanto a su conflicto y su condición económica también implica la apertura hacia otras amenazas y redes no menos destructoras. Es decir, redes propias del capitalismo global que aguardan la cesación de conflictos internos para penetrar de lleno y reorganizar el país de acuerdo a sus requerimientos y en pos de la extracción y de la incorporación a las redes neoliberales y desreguladas del crecimiento económico entendido como crecimiento del consumismo –y la agresiva extensión geográfica de un modo de vida. Al final, yo apuntaría a leer el gesto esperanzador como un toquen simbólico hacia el futuro contradictoriamente enfrascado en las leyes del marketing y los requisitos de ventas.

 

Domitila o la continuidad del salvajismo en Bolivia (Bolivia No. 4 Especifico)

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Antes que nada, muchas cosas se pueden decir de este libro, tantas que rebasan el espacio proveído aquí. Por eso me limitaré a comentar el quiebre entre posiciones “feministas” como se palpó en Mexico durante la Tribuna del Año Internacional de la Mujer y la localización propia y autoreflexiva -aunque aparezca en instancias un tanto escasas- de la subjetividad de Domitila dentro del sistema de intercambio capitalista. Hacia el final de su autobiografía Si me permiten hablar… Testimonio de Domitila una mujer de las minas de Bolivia, Domitila Barrios de Chúngara nos relata su visita a México y su participación en la Tribuna del Año Internacional de la Mujer, evento organizado por las Naciones Unidas en 1975. Parece que en el evento Domitila no encuentra cual es el propósito de su visita: paneles disparatados, temas incomprensibles, edificios que desorientan, en fin… Pero todo esto parece cambiar cuando al ser interpelada por una “feminista burguesa” de Mexico, Domitila quiebra la mala racha que acarrea, -ese bloqueo mental digamos- y le contesta hablándole (y hablándonos de alguna manera a todos al mismo tiempo) sobre su realidad y evidenciando que por momentos, nos encontramos con el caso mismo de lo que Jacques Ranciere ha teorizado acerca del “desacuerdo.” En este caso, el significante al que ambos interlocutores se refieren (o creen referirse) parece no coincidir en una misma entidad; es solo al entablar debates y formular reclamos que entendemos que las partes están hablando sobre cosas diferentes. Domitila, naturalmente habla de “lucha” y su colega feminista mexicana también habla de “lucha” pero para las dos este significante en común, que intuitivamente debería servir de punto de comunalidad, solo hace aumentar la confusión. Al replicarle a la feminista mexicana, Domitila articula de una sola tirada uno de los párrafos más memorables de la biografía y que por su consistencia podría resumir todo el libro. Lo cito para recordar la fuerza del discurso de Domitila; a demás, al responderle a la feminista mencionada, Domitila no solo expone su causa de manera clara sino que pareciera que nos estuviera hablando a todos en una exposición muy clara de sus experiencias y lo que ella ve como una especie de meta o de conclusion de su lucha. Domitia dice,
“Me subí y hablé. Les hice ver que ellas no viven en el mundo que es el nuestro Les hice ver que en Bolivia no se respetan los derechos humanos y se aplican lo que nosotros llamamos “la ley del embudo”: ancho para algunos, angosto para otros. Que aquellas damas que se organizan para jugar canasta y aplauden al gobierno tienen toda su garantía, todo su respaldo. Pero a las mujeres como nosotras, amas de casa, que nos organizamos para alzar a nuestros pueblos, nos apalean, nos persiguen. Todas esas cosas ellas no veían. No veían el sufrimiento de mi pueblo…no veían como nuestros compañeros están arrojando sus pulmones trozo más trozo, en charcos de sangre…
No veían como nuestros hijos son desnutridos. Y claro, que ellas no sabían, como nosotras, lo que es levantarse a las 4 de la mañana y acostarse  a las 11 ó 12 de la noche, solamente para dar cuenta del quehacer doméstico, debido a la falta de condiciones que tenemos nosotras.
-Ustedes- les dije- ¿qué van a saber de todo eso? Y entonces, para ustedes, la solución está con que hay que pelearle a hombre. Y ya, listo. Pero para nosotras no, no está en eso la principal solución.
Cuando termine de decir todo aquello, más bien impulsada por la rabia que tenía, me bajé. Y muchas mujeres vinieron tras de mí… ” p. 226.

Varias cosas quedan claras luego de esta breve intervención. Domitila ha de alguna manera “limpiado las aguas” y definido el problema y las líneas de debate. Al finalizar, varias mujeres estan tan conmovidas por su discurso que le imploran que se convierta en la representante de las mujeres latinoamericanas en la conferencia. Pero propongo que estudiemos los hilos teoricos de su argumento sin caer en alabanzas reduntantes: Domitila de un solo brochazo propone que su problema es el problema de la mujer latinoamericana, es decir, asume el monopolio de los reclamos y dibuja un panorama en el que sus demandas políticas encapsulan todas o casi todas las demandas políticas de las mujeres del continente. En el mismo gesto logra muy hábilmente definir un nosotros contra un ustedes -que recuerda aquellas categorías políticas que Schmitt definia hacia mitad de los años 20’s en el contexto de la Alemania de Weimar. Schmitt argüía que la distinción más básica entre facciones políticas opuestas (una distinción “que se determina existencialmente”) radicaba en la diferenciación de “amigo contra enemigo,” y que ésta era la esencia de lo político en contraposición a un mero “politics.” Y lo restante del texto solo confirma esta distinción binaria que facilita su posicionamiento vis-a-vis una plataforma hegemónica. Podríamos argumentar que la labor antagónica de Domitila y el Comité de Amas de Casa tiende a dibujarse desde estos lineamientos y estas lecturas de la realidad para formar paisajes políticos claros y evitar lugares de ambigüedad o que reten los ideales abstractos por los que luchan. Imagino que esta labor se facilita por la particularidad del campo de lucha, sus condiciones materiales e históricas y la singularidad del mismo. Hoy día, sin embargo, incrustados en un orden capitalista agudo -que nos atraviesa innumerablemente desbaratando cualquier sueño de subjetividad revolucionaria- resulta un tanto más difícil definir una posición clara en tanto amigo-enemigo y -aun mas-, formular un telos abstracto como “el bienestar” o “la justicia” a la manera de Domitila en sus elucubraciones como meta final de cualquier lucha emancipatoria. También queda claro el aparato retórico que Domitila usa para recurrir a cierto pathos, un rasgo que ha marcado su biografía y que sirve para apelar al lado afectivo del lector. No son estas críticas contra la labor de Domitila sino más bien un esfuerzo de entender los quiebres y las fisuras que afectan cualquier lucha y que la problematizan.

En algunos pasajes, sobre todo cuando Domitila se posiciona como sujeto dentro de la maquinaria capitalista, se percibe que en realidad ella misma trataba de problematizar su rol dentro del comité o como productora de bienes o servicios en tanto miembro de un sistema total. Es curioso notar sus observaciones sobre los campesinos y el Frente Campesino tan disímil a la confederación de mineros o a los diferentes conglomerados que aglutinan a las varias organizaciones obreras. Recordemos su preocupación por los trabajadores rurales cuando entra en contacto con la realidad del campesinado en tierra caliente, en Los Yungas. Domitila más de una vez aboga por salarios adecuados para que los campesinos no tengan que mendigar sus insumos o acarrear una vida en deuda perpetua al patrón o para que los mineros puedan pagar debidamente los vegetales y las carnes que consumen en las minas.

Así mismo Domitila logra entender que la lección principal para los trabajadores es que noten que no solo a ellos los están explotando sino que a su familia y a las mujeres y a los hijos en general también están sometiendo a una explotación o se podría agregar hiper-explotación sistemática.  p. 237. En este sentido retornamos a la idea inicial: el que la gente entienda que la explotación del minero es la explotación de un pueblo entero, y que si los y las feministas “luchan por la liberación de la mujer” deberían ver más allá de sus narices y luchar por la liberación que nos rescate del sistema o una emancipación que nos libere del sistema (a liberation not of the system but from the system). Este es el punto de desacuerdo que parece concluir la narrativa de Domitila en su capitulo sobre la Tribuna de la Mujer: el desfase entre las realidades y los objetivos de grupos que aparentemente en búsquedas comunes.
Para cerrar esta entrada no quería dejar por fuera un par de datos que resaltan en la actividad de lectura. Domitila trata en su texto, temas interesantes de manera algo periférica pero que ameritan ser estudiados con más detenimiento en tal vez otro espacio, a saber: el rol de los medios de comunicación modernos; el papel fluctuante de la iglesia y de los religiosos, (no solo grupos católicos sino la presencia de Testigos de Jehová y sus relaciones con Domitila); las relaciones familiares y los dramas propios de cualquier familia; y las actitudes ambiguas que tienen con los miembros de la fuerza publica como soldados suboficiales u oficiales de alto rango.
Nota marginal: leer el testimonio de Domitila fue lastimosamente como leer el Huasipungo otra vez, pero contemporáneo. Encontramos problemas similares -aunque las narrativas están distanciadas por siglos en sus tramas y universos ficticios! Tristemente vemos como las burguesías perpetúan décadas de abuso extremo, situaciones de casi esclavitud, una conceptualización de la vida indígena como vida descartable o como objeto instrumentalizado en la explotación de los recursos naturales, una corriente que viene desde la colonia de ignorar, o simplemente estigmatizar al otro indígena para continuar los abusos, (de llamarle perezoso cuando está enfermo, de llamarle bruto cuando no hay una comunicación efectiva, de llamarle abusador cuando roba por física hambre, y de continuar una estructura de engaños basados en doctrinas católicas con fines de dominancia) en fin… son hebras que han marcado la historia del continente y que han dejado su huella en la narrativa nacional y regional tanto en la ficción como en el testimonio o el ensayo. El testimonio de Domitila es valioso en tanto representa la continuidad de estas lineas de violencia y revelan la estructura -desde innumerables angulos- de estas genealogias de la maldad.

El abrazo de la serpiente o un testimonio de la derrota amazónica (Reseña adicional)

El-Abrazo-de-la-Serpiente-1

[Escribo esta corta reseña de El abrazo de la serpiente (Ciro Guerra, 2015) en vísperas de cambios inimaginables aún para los más pesimistas entre nosotros: planes de cortar la Amazonia en dos -debido a las exigencias del capital global- para crear un enlace (en realidad abaratar las exportaciones hacia la China) entre el puerto de Acú en el Brasil y un puerto todavía indeterminado en el Perú.]   

El título nos predispone desde el inicio a buscar un abrazo literal -o al menos figurado- de una serpiente. En que consiste este abrazo? Abrazo a quien? Y cuál es la serpiente que performa aquel gesto? En cualquier caso, después de ver las imágenes introductoras entendemos que el abrazo y la serpiente no van a ser ofrecidos por la cinta fácilmente como representaciones de lo que entendemos por los significantes.

La historia se va desplegando en duetos o pares de narrativas que se intercalan una dentro de la otra y que cuentan las quimeras del interminable viaje amazónico emprendido por dos “hombres de ciencia” (Koch-Grunberg en 1909 y Richard Evans Schultes en 1941) y su guía Karamakate. Estos -solo distanciados por 40 años-, se arrojan a la búsqueda de las propiedades de una oscura planta (la yakruna) que está casi extinta ya debido a los excesos de las caucheras y la colonización. Nunca sabemos con seguridad cuales son los motivos de Koch-Grunberg -tal vez ninguno más que documentar y clasificar la flora amazónica o localizar la planta y entender sus capacidades curativas-, pero sí sabemos que cuando Evans por fin obtiene un espécimen de la planta le confiesa a su guía Karamakate que dentro de las propiedades de ésta, figura la capacidad de producir caucho de alta pureza, un material necesario para ganar una guerra que está explotando “allá afuera.” Su guía, perplejo, hace lo que había hecho 40 años atras cuando ayudaba al botanista alemán: destruye la planta y reza: “si la flor será convertida en muerte entonces mejor que muera acá conmigo y tu te regresas y cuentas de lo que aprendiste, de lo que viste… aprende a soñar!”

Cuarenta años antes, el mismo Karamakate había orientado a Koch-Grunberg hacia un lugar donde se podía encontrar la planta, pero al verse ambos envueltos sorpresivamente en un ataque de los colombianos contra las bases peruanas éste, en medio de la frustración y como gesto instintivo, decide echarle fuego al sembrado mientras las balas zumban y nuestro explorador alemán se derrumba en desesperación. Los diálogos en El abrazo de la serpiente son lacónicos, “no se dice más de lo que se requiere” y pertinentes como si fueran enunciados con urgencia tranquila, sobre todo las reprimendas del guía Karamakate: “ustedes hombres de ciencia no pueden soñar,” “tienen que escuchar a la selva,” “si morimos nosotros muere el futuro,” “ustedes los blancos solo han traído muerte.”

Si la historia de la cinta -como nos explica su director Ciro Guerra- es sobre el conocimiento y la transferencia de saberes de cultura a cultura, no es difícil sentir entonces el abismo entre las culturas que albergan y manejan estos saberes: la pregunta inmediata surge, de cuál conocimiento hablamos y cómo se usará? Naturalmente, pensamos en la instrumentalizacion del conocimiento tecnificado y el dominio del hombre sobre el hombre usando estas plataformas de saberes. Muchos han teorizado sobre cómo estos saberes han echado a rodar la locomotora del mundo moderno como lo entendemos desde la ilustración hasta hoy día; pero lo que resalta aquí es la incredulidad por parte de los que transmiten esos nuevos saberes. Karamakate -a veces en carcajada, a veces en frustración- no entiende porque el hombre blanco no puede dejar de acumular cosas y en un momento de ira obliga a Evans Schultes a desalojar la canoa de sus cajas y equipaje científico. Este cuadro, altamente simbólico aparece como una lección al explorador norteamericano: si quieres aprender algo nuevo despójate de lo que sabes, olvídate de los requerimientos del mundo de donde provienes. Si para los habitantes de la selva -en todas sus variantes y diversidad- el saber solo permite coexistir en balance con el cosmos, para el hombre blanco esta relación con el saber es más compleja y ambigua. Karamakate entiende esto y por instantes despliega esta ambigüedad en sus actitudes: amenaza a sus clientes con no facilitar el entender del mundo de la selva y al mismo tiempo percibe una leve y contradictoria necesidad de que para que la selva se mantenga, el hombre blanco debe investigar con su razón y más tarde entender con su ser cómo opera (como es) el amazonas y sus habitantes.

Sobre la técnica narrativa habíamos dicho que se organiza en pares de secuencias que se entretejen y cuentan las dos historias que distan por casi 40 años donde figuran “el guía y el hombre blanco”; sin embargo en los minutos que marcan el primer tercio y el segundo tercio de la cinta arribamos a dos puntos interesantes de suspensión donde este orden se derriba y como un instante de daydreaming o un viaje alucinógeno imágenes en close up saturan la pantalla y atomizan nuestra experiencia: la primera interrumpe la búsqueda de los botanistas extranjeros y muestra -al estilo del documental natural, o a la Godard- muy de cerca el acto de parir de una gran serpiente donde decenas de escurridizas criaturas se deslizan entre sí mismas y alrededor de su progenitora. La repugnancia es concentrada. El segundo momento de pausa (que parecen mas bien intentos por citar a los precursores o pequeños homages) se dibuja como la reproducción de una experiencia de Yagé o Ayahuasca que experimenta Evans Schultes (a saber, el primer hombre de ciencia que probó la bebida enteogénica) al verse derribado por la negativa de Karamakate de permitirle el acceso a la planta. Aquí, parece que Guerra cita a los grandes innovadores de la tradición cinematográfica occidental como la secuencia “Star Gate” de 2001: A Space Odyssey o subsecuentes producciones fantásticas desde Spielberg hasta Ridley Scott.

Pero a donde arribamos después de las exploraciones efímeras de los dos pioneros, después de entender junto con ellos y su guía como aquella violencia lenta -de la que habla Rob Nixon- se manifiesta en las caucherías, los conventos y misiones devenidos en monstruosidades, y los cuerpos humanos mutilados y marcados por el látigo y el hacha? Al final, el abrazo de la serpiente que buscamos parece ser el abrazo lento de la jungla sobre los que tratamos de destruir su callada existencia. Podría ser el “contragesto” de una dialéctica de la destrucción y el resentimiento cuando dos mundos se encuentran y no logran entenderse, no logran aprender del otro y la cacofonía se asienta con dominancia. No es difícil recordar épicas anteriores que tratan el devenir de la Amazonia como La vorágine de Rivera o Toá del Evans Schultes Colombiano, el médico paisa César Uribe Piedrahita.

Al terminar la cinta uno cree haber asistido a una especie de visualización de una carta al futuro, un testamento que como una botella a la deriva sin destinatario porta un mensaje tan urgente que ya ha expirado y cuyo propósito no es más que contar la historia de una Amazonía que ya no existe. Un viaje al pasado tal vez, donde nos veremos como los últimos sujetos históricos que conocieron una versión o un despojo mas bien de la Amazonia. En la víspera de los planes peruano – brasileños de trazar una via férrea que corte en dos la Amazonia, El abrazo de la serpiente es tal vez el anuncio de un sueño que no pudimos conjurar. O siquiera un documento de denuncia que como La vorágine termine sepultado en el archivo cultural de occidente y solo prevean las masacres del porvenir, los latigazos sobre árboles y espaldas por igual que mancharán y poblarán el verde de la Amazonia -otra vez como un siniestro recurrir histórico- de sangre y restos humanos.

Huasipungo (Ecuador No. 3 General)

huasipungo

Al terminar la novela -imaginando las chozas violadas al amanecer y las hierbas acompañadas de brazos flacos de cadáveres que todavía murmuran “Ñucanchic Huasipungo”- una cosa queda clara: Huasipungo constituye una de las narrativas más fuertes del indigenismo Latinoamericano. “Fuerte” porque es un texto que no se distrae en la estetización hiperbólica de la naturaleza (pienso en La vorágine), ni se pierde en los juegos que fascinaban a las vanguardias literarias posteriores (pienso en La muerte de Artemio Cruz o cuentos de Cortázar). Naturalmente son casos muy distintos que responden a circunstancias sociales bastante diferentes, pero lo que quiero decir es que el texto de Icaza sería rescatable no solo por su habilidad al simbolizar los estamentos de la sociedad y adjudicarles rasgos tipicos y apropiados sino por la mesura de sus descripciones, la organizacion limpia de sus secciones y la direccion clara del lenguaje, (una direccion precisa que asegura la fuerza de la narración en constante casi exponencial). Al ser mi primer encuentro con la novela indigenista como tal, resalta la fijeza del blanco al cual Icaza sabe que se debe apuntar: los tres estamentos de la sociedad republicana del Ecuador, el orden político, las clases hacendadas y el clero. Cada aparición de estos órdenes en la novela, representados en el hacendado Pereira, el cura libidinoso y el teniente Político Jacinto Quintana nos recuerda no solo su posicionamiento ideológico a través de sus justificaciones-para-sí-mismos sino que (en pocas palabras) deja muy claro como ésta justificacion ideologica (“Yo soy el dueño de los indios y hago lo que quiera con ellos,” o “Yo soy el representante de Dios en la tierra y por eso me tienen que obedecer,” etc.) se articula vis-a-vis el resto de la sociedad constituida como orden justo y legítimo al que hay que defender de la barbarie de los indios, de “la sinverguenceria y la pereza del natural” [sic].

Curiosamente lo opuesto nunca ocurre; nunca se escucha de Andres Chiliquinga o de otro peón una justificación por su labor total o su lugar en la estructura material. Parece que para ellos el único momento de justificación es cuando tienen que responder por las infracciones menores (robar la carne sepultada de una vaca muerta, implorar los “socorros” a Pereira, etc) a posteriori. Para algunos esto es muestra de como la novela falla en la repartición de la atención y de un análisis profundo del indio (las primeras críticas de Icaza según Teodosio Fernandez editor y comentador de la edición de Cátedra se basan en el ataque porque “la novela estaba mal escrita” y por que -similarmente con La vorágine o Hijo de Hombre el factor de la objetividad habia quedado relegado en pos de las preocupacion de construir una ficción denunciativa). Para otros, el leve tratamiento que se ejecuta sobre la psiquis del indígena no es tanto una falta sino una estrategia para evitar la representación del “indio mítico” o el retrato abstracto del indio romantizado -propio de variantes ensayísticas que trataban de entender las revueltas de los proletarios en Europa a contrapelo de las realidades sociales de las repúblicas suramericanas.

En este sentido no debemos olvidar que el Ecuador es radicalmente diferente en términos históricos y demográficos al compararse con países como el Perú o Bolivia; países que se fundaron sobre lo que era la cabecera del poder Quechua y Aymara y que constituyeron imperios que oprimían y extraían tributo de otras culturas esparcidas en la periferia. La tradición indigenista ecuatoriana debe tratarse teniendo en cuenta un devenir histórico particular y un lugar marginal dentro de las fronteras de los imperios del sur y no tratando de arrimarla a la fuerza bajo las trayectorias y las narrativas de otros paises. Esto se ve reflejado en Huasipungo a través de varias perspectivas que son planteadas por Icaza o que son a su vez silenciadas estratégicamente por el autor.

Primero, recordemos que en el texto no encontramos una solución total que se presente poco a poco o entre las líneas, un proyecto teleológico que se forme tratando de crear un sujeto histórico. Este más bien se construye como una rotación de maldiciones lanzadas sobre los grupos huasipungueros y los vecinos de las tierras cálidas de la selva. No hay esperanza a menos que la relegada a la secuencia generacional, al ciclo de vencidos que se reorganiza varias decadas despues, ciclo que podemos ver con claridad en Hijo de Hombre por ejemplo. (A semejanza de Hijo de Hombre también, Huasipungo maneja con versatilidad el intercambio entre las lenguas que subsisten -así sea de manera precaria y corrompida- bajo el imperio del castellano. No solo se destaca en este intercalado de voces sino que reproduce las inflexiones y marcas propias de un Quechua marcado por el español y un español expuesto e incrustado de vocablos indígenas que lo enriquecen a su pesar.)

Por otra parte, la intervención del capital expansivo desde los epicentros de norteamérica, particularmente asociado con la industria extractiva de hidrocarburos, también caracteriza al Ecuador de manera especial alejandolo un poco de las economías de sus vecinos del sur y acercandolo a las experiencias tempranas que habían plagado a las naciones más cercanas a los Estados Unidos: tales como las víctimas del intervencionismo (imperialismo) en centroamérica y el caribe. El capital penetra hasta las áreas más remotas del país y desplaza de manera rápida previas formaciones sociales que habían tenido precedente desde la colonia o que se entendían como sucesiones lógicas a los tiempos cambiantes (mita, minga). En este sentido Huasipungo no solo trata “el eterno problema del indio” sino que le agrega una capa más al elaborar sobre la problemática de la expansión del capitalismo de monopolio hacia la tercera década del siglo XX. A mi parecer significa el encuentro de 3 fuerzas socio-politico-economicas (restos de las civilizaciones pre-hispanicas, la tradición española y el capitalismo anglosajón) que como trenes con velocidad en aceleración se perfilan ante una inminente colisión. De este encuentro, -esta explosión que se ha venido iterando muchas veces y a la vez nunca en realidad- surgen las voces que forman Huasipungo y la arreglan como narrativa sobre el legado del encuentro, testimonio de la colisión, memoria y duelo.

Como cualquier texto, su relectura nos ofrece particularidades más precisas a medida que se abren sus significados sucesivamente. En una primera lectura de Huasipungo aparentemente se confrontan los valores del progreso y la civilización contra la barbarie y la pereza de los indios; en una segunda, lo que se debe pensar es como se ha reflejado esta supuesta lucha con habilidad y poética en el texto; en una tercera lo que ya se debe plantear con pasión es (1) como el progreso se instaura a punta de barbarie, (2) como el progreso solo constituye retroceso y destrucción para un sector (los indios) y (3) como dentro de cualquier estipular  de la barbarie radica una porción de civilización y valores asociados (pensemos en las facultades de los indios al confrontar al hacendado -prudencia, humildad, tacto, pensamiento estratégico, etc). Es decir, progreso y barbarie devienen en significantes que apuntan a distintas cosas, a veces tan distantes que parecen contradictorias. En Huasipungo esta multiplicidad de lecturas y la problematización de las definiciones entendidas dentro de juicios valorativos se despliega de manera sutil -entre las líneas otra vez- mientras escuchamos hablar de progreso y atraso al “taiticu patroncitu” Pereira, al líder político Jacinto Quintana, a Mr Chapy o al cura adultero.

El Mocho (Chile No. 3 Especifico)

El mochoEn El Mocho circulan personajes Donosianos con facilidad: miserias trashumantes en tiendas de pueblo, parias locales, y el espectro del capital decadente objetificado en maquinarias obsoletas o castillos abandonados. Pero como “novela minera” si pudiéramos usar esta expresión, El Mocho revela mas de lo que supone (o mas de lo que se propuso) al tratar de entrever como las creencias locales operan dentro de una serie de particularidades. Primero recordemos el antropoformismo trágico asignado a la mina local donde el descenso de una mujer activa los celos devoradores de la mina y acarrea una inevitable venganza contra los obreros del carbon. Así, con el quiebre de este tabu se echa a andar una hebra de la trama narrativa en El Mocho. También se debe reflexionar sobre la agencia de la mina como entidad que decide en potencia sobre muerte y vida. Y de manera más auto-reflexiva el texto ofrece algunas claves para pensar como la escritura misma puede entenderse como metáfora de la extracción de carbon. A pesar de algunas licencias que entorpecen la lectura y no aportan mucho al texto, la prosa de Donoso tiende a caminar sobre andamiajes que se habían instalado anteriormente en otros trabajos. Estos habían sido ensamblados lentamente desde sus primeros relatos como es el caso de El lugar sin límites (1966) donde ciertas similitudes son inescapables. Hablamos del uso frecuente del aparato narrativo no lineal, de su gusto por el entramado de voces en los que se pierde hasta el lector menos distraído, de su oído agudo a la hora retratar el vernacular del sur chileno (la historia ocurre en Lota), y de las temáticas que ya poblaban otros proyectos: desendencias aristocráticas venidas a menos, imaginarios provinciales llenos de supersticiones pueblerinas todos circulando bajo el desierto de un capitalismo que ha pasado de largo y solo deja residuos humanos.
De interés para este lector es su adentramiento (aunque algo escaso) a la labor de los mineros y todo el milieu espiritual que rodea este oficio para entender más acerca de la lectura la escritura y la extracción de los recursos no naturales o recursos creativos.
El Mocho inicia narrando un accidente en la mina local donde varios mineros han perdido la vida. De acuerdo a la imaginación del pueblo, el accidente no ha sido gratuito sino mas bien castigo por la infracción de la Elba, la esposa de un minero craso y violento quien -en un episodio de pánico por la enfermedad y los ataques de su hijo Toñito,- ha desafiado las creencias que adjudican a la mina su naturaleza femenina celosa de los hombres que la escarban y presta a cobrar venganza ante cualquier violacion, es decir por la mera presencia  de una mujer. Sin esperar a que su marido terminase la jornada Elba se adentra a la mina vestida de hombre. Como ya intuye el lector, Elba es descubierta y expulsada de la comunidad. Su esposo fallecido, su suegro viejo enfermo y abusador y su hijo un poco trastocado por el maltrato del colegio internado y su padre abusador, serán los fantasmas que arrancan El Mocho. Sin embargo a media novela, el foco narrativo se desvía hacia otros personajes donde Donoso indulge sus fascinaciones temáticas y tratamientos formales. Estos personajes van tejiendo nuevas micro-narraciones que se alejan del retrato costumbrista de Lota y su actividad económica basada en la minería de carbon.

Aunque la cuestión extractiva no figura directamente en la obra (sobre todo después del inicio de la segunda parte “La Maria Paine Guala”) Donoso construye su relato de manera ambigua frente a la industria carbonífera. Por una parte se podría argumentar que se pudiera repetir el andamiaje de la narración prescindiendo de la mina de carbon como especificidad y remplazandola por cualquier otra actividad económica: es decir, no existe un relato minero que invente a los trabajadores como sujetos proto-revolucionarios, o que haga alusión a los desastres naturales y sociales en clave de novela o documento de denuncia. La extracción en si no es inmanente a la narrativa. Por otra seria desmedido sentenciar al autor de usar la actividad de extracción como “background” y mero fondo estético o nostálgico para reconstruir una narrativa. Tal vez la respuesta de pensar El Mocho desde los lentes de la actividad extractiva o desde una critica materialista seria ubicar la novela en algún lugar intermedio: ni como una mera apéndice del texto, ni como razón fundacional de la actividad literaria dicha. A mi parecer, El Mocho atiende a las luchas propias de un sector, de un gremio y las poetiza no para reducirlas sino para arrojar un poco de luz sobre de las batallas que han poblado este universo. Pero este gesto no satura el texto sino que se acompaña de las inquietudes que han acechado a Jose Donoso en su obra: la cuestión del origen de las familias de bien y sus ovejas negras, los pueblos o caseríos proletariados del Chile amplio y vacío, la ambigüedad sexual de al menos un personaje dentro del texto, las supersticiones de provincia y las relaciones que se forman entre y bajo estas condiciones materiales e ideológicas. Donoso parece guiarnos a través de una caja de fotografías que sorteamos en desorden. Así, una a una, van saliendo memorias, recuerdos, y se cose la historia del Mocho: se echa a andar un registro panorámico de la triste y moribunda periferia rural chilena.

Para concluir, en sus metáforas sobre la actividad extractiva y la escritura Donoso apuesta un par de imágenes pero nunca las elabora mas allá del acto de mencionarlas. (Algunos pensamientos pueden servir para el análisis de otras obras): En algún momento Donoso escribe “todo es eco” y parece que el referente no es el espacio enclaustrado de una galería sino el acto mismo de pensar y escribir. Así aparece su prosa a veces, todo es repetición, cambio de posición, reverberación. En su método Donoso tiende a conducirnos como lectores a una confusion de voces que parecen desintegrar la estabilidad: narrador v. voces de personajes. Pareciera que el texto nos llevara recurrentemente hacia un solo nivel, el “yo” autobiográfico bajo el signo del “fluir de la consciencia.” Esto por una parte. En otro instante, Donoso también parece igualar la labor escriturial a la labor física de los obreros. Pareciera que estuviese revaluando la escritura y diciéndonos que la cosa después de todo es muy sencilla, que tal como la extracción, que se compone de un escarbar constante en búsqueda de alguna piedra menor que ilumine el día y el bolsillo, la escritura también es un escarbar constante por palabras y triquiñuelas, por ideas que suelden entre si mismas otras mas afiladas y precisas. Para Donoso (o tal vez para mi lectura del mismo), la escritura consiste entonces en adentrarse por canales oscuros que llevan a cul-de-sacs o a desembocaduras inesperadas. El escritor deviene en minero, o mejor, en hormiga. Y así sucesivamente… El escritor esta obrando bajo techos inseguros, -sobre arquitecturas precarias que tienden a colapsar sobre si mismo y sus ideas- si la exploración no tiene dirección adecuada o si el ansia de encontrar las piedritas alucinantes como ideas explosivas es mas fuerte que la prudencia y el método.

Fairytales as adequate language and the altered body as the future of “Los sin futuro”

Taussig beasts

Notes on Taussig’s Beauty and the Beast

Why using the fairytale? Taussig begins by acknowledging his unusual prose and justifies it by saying that he chose a fairytale style for “what is best to heighten reality?” What is a fairytale?
Well, the first definition we obtain from the web reads like this: “[a fairy tale] is a type of short story that typically features European folkloric fantasy characters, such as dwarves, elves, fairies, giants, gnomes, goblins, mermaids, trolls, or witches, and usually magic or enchantments.” But exploring Colombia’s or any Latin American country through the vary tale involves using the formal structure (or whatever other resources he wanted to) -but at the same- time going beyond it as a framework. Gnomes, goblins and trolls are not to be found in the region but we have our equivalents and our re-appropiations which have fascinated many writers and scholars alike. Taussig is not the first one to ditch a specific mode of narrating when trying to make sense of our incomprehensible societies. For one thing, it’s easy to recall Latin American fiction of the 20th Century and find parallels. Reading him -at times- it seems that he’s not too far for the Magical Realists that considered Latin America’s reality so different from the Old World’s that a new language and a new method had to be founded to attempt a description of the new lands. Nevertheless, these fairytales from the depths of South American narco culture do not finish as the classic «Contes des Fées» with happy endings. Rather, the terror and the beauty that intertwine his narration seem to be perfect candidates for the inevitable fall from grace into a perfect Faustian hell.
Changing gears now, when readings parts of the section “The Designer Body” one is tempted to ask: Is not the galore and despense the unproductive surplus of beauty as objectified on the body just an extreme of the same logic that operates in the world of fashion in the North? I ask myself then is this exaggeration on the body a more direct and honest extension of a way of thinking and living that materializes in the unproductive South, in places like Colombia but also Brazil, Argentina (where a curious correlation of highest cosmetic operations per capita and Lacanian psychoanalysts in the world exists), and some countries in Africa. The point is that -for me- the economy of despense reflects our distinct modes of production. Whereas the North tries to balance out production and consumption, work and pleasure (using the logics of the management of affects in periods of extreme consumption and indulgence like the weekend, the commercial excesses such as holidays and recesses like spring break and winter [read tropical vacations] breaks); in the South the resource extraction modes of production (or non-production) accompanied by the Catholic ethos of moderation and a lax work ethics (if any) become reflected in practices that make the north look like a fairytale or individual cases of goths and punks as childish silly boys just burning energy before switching to the career-oriented-mode, and the job-hunt middle class aspiring life.
In these southern hot-lands one is tempted to risk following McLuhan, the medium is the message. The body is the message itself, and the surplus of desire does not objectivise itself in expensive fabrics, high-couture or forbiddingly expensive design, but on the body itself, in tattoos, “cosmic surgery,” haircuts, as well as artisan-ship and craftsmanship in torture, body dismembering and mutilation practice by the complementary underworld that corresponds to the street beauty (and the inflated obsession and shamelessly display of the female body). A generation with no future after the global recession finds its future not in work and accumulation of capital but in cheap ways of beautification or better “pornotization” of the body and the mode-of-life.

The Birth of Biopolitics, but where is the “bios” and the “politics”?

Birth BiopoliticsIn the “Birth of Biopolitics,” Foucault tries to compose a history of certain practices, political, social, economic, legal, by avoiding the universals such as “state, civil society,” etc… to explain the present as it is experienced in the middle of a neoliberal reordering.
But what is surprising is that he never mentions the term “Biopolitics” or when he does is very superficially used as if it was a way to label his project. He argues that his methodology is to start by saying -as he did while writing the history of maddens- “let’s say there is no madness and never has been and lets start from there.” p. 3 In writing this history he is recurring to his method of studying “practices” and “ways of doing things”  to understand how the economic thinking that emerged from the 18th Century onwards has become intertwined with political economy, ideologies such as liberalism and the idea of the state whether in the French, German or English cases. p. 318 I studied the material overall but decided to focus on chapters 9 – 12 and summary. In these chapters, Foucault attempts to trace the emergence of what he calls “homo oeconomicous” as the predominant figure (as an individual) but more importantly as a way of thinking about society. He discusses in Chapter 9, the differences between the German economic politics of the postwar years and the American Neoliberalism that was taking off at the time of writing as it permeates all spheres of human existence: in the form of “human capital” he argues that genetics and calculation (as opposed to old paradigms like “moderation” or “wisdom”) had become a natural way of thinking in a society that organizes most -if not all- of its organizational practices and activities; this occurs right down to intimate and personal aspects such as finding a partner for reproduction, technique and rationality behind child bearing practices and similar experiences.

He is fond of using this paradigm (“human capital”) to explain several issues all the way from the marketization of affects, to the birth of offices and agencies in the North American case that operate in a semi punitive way vis-a-vis the state by encouraging it to govern less or to govern following policies that work and are specific to the realm of economics. In Chapter 10, he performs an analysis a la Hirschman where we studies -using economic theories- the failure of imposing market tools and assumptions in cases like drug control and other patterns of consumption (from “the family and birth rate to delinquency to penal policy” p. 323). And later in Chapter 11, he traces a long genealogy of “homo oeconomicous” in opposition to the figure of the “homo juridicus” as two operative agents whose interests and modus operandi differed considerably, mainly because the first was one that functioned under a logic with no need for a sovereign; whereas the second was conceived as a contractual man, one ruled by the word of the legal system and restricted in many ways. In a very clear passage, he argues contra the economization of life and government “One must govern with economists, one must govern align side with economists, one must govern by listening to economists, but economics must not be and there is non question that it can be the governmental rationality itself.” He goes on to describe in the following chapter, (chapter 12) how there are several rationalities of government. These historical readings are presented somehow uncritically, specifically where he discusses Smith’s analysis of the invisible hand as a summary rather than inquiring what does this mean for the present. Or perhaps the task of thinking about what these currents of thought and practices signify for the present are left out or explore somewhere else. What is a constant in his thought is to conceive of different rationalities of government and to study when and where these crystallized as political realities or entered into different relations with emerging or declining ones. Some of these rationalities are: “the rationality of the government, the rationality of the governed, the rationality of individual interests, the rationality of truth (History), this last one becoming a signifier for Marxism” 313. He argues -or rather than arguing- he restates Smith’s ideas (in order to advances his reading overall) about how private interests work in harmony towards a collective goal and how by pursuing one’s interests with full force the whole of the social body is improved.
In his summary, he rightly concludes that instead of talking about biopolitics he merely described the origins of a way of thinking -Liberalism- that is independent of the notions such as “La raison de Etat,” or civil society. He concludes by thinking about Liberalism as a way of doing things whose main goal is the “less governing,” the “governing less” and at times it (Liberalism) asks itself “why should one govern?” p. 319. And he seems to agree with the definition of Liberalism as “not so much a doctrine but a form of critical reflection or governmental practice.” 321. That allows him to locate several and very distinct -sometimes contradictory- rationalities of government that have taken place in history as in a way following basic Liberal lessons. Paradigms of political government as different as the German Market Social Economy and American Neoliberalism -very different in many regards- share basic liberal views and arouse from similar historical and economic contexts. He closes the summary by stating that next course will be dedicated to actual biopolitics!

Thoughts about “the Threshold”

abraham acostaAcosta’s proposal is aimed at breaking through the false dichotomies and the fallacies of the current practice of cultural Latin American Studies, most specifically, Mexican and Mexican-American studies. His objective consists in revealing that the terms and the forms of the debates resistant/hegemonic or oral/literal metaphoric/material etc… Are faulty and after a simple examination do not simply hold. His writing travels against the habit of understanding cultural practices from the Latin American continent as necessarily resistant, counterhegemonic and the like. His project is engaged in an unconcelamnet of false premises at the heart of these binary oppositions; he calls illiteracy those moments when the debate as supported on these logic structures holds no more and disintegrates. He helps us understand a bit more when he states “Illiteracy registers the heterogeneous, literally undefinable, nonassignable speech. It seeks to map out the unanticipated, irruptive effect that emerge from the illiterate suspension of the naturalized order.” (Acosta, 14) Thus he likes to flavor the unique taste of words and expressions that try to signify something like this: aclimatados, los que nunca llegaran, etc…  Using a deconstructive approach and a little of Ranciere and Agamben sparsely through the text, Acosta is able to critique without mercy some texts and critical investigations as they attempt to explain apparently oppositional things like the US Mexican border or Mexican academic discourse against Us based academic discourse of Latin America. He mentions (Acosta, 12) that he is after the semiological events that emerge at these thresholds in order to deconstruct the oppositionalities; although one is tempted to use the word “semiological” I failed to understand why he recurrs to the realm of signs and in adition never making any justification for it or discussing at least briefly Saussure or Barthes or other theorists of signs. He could have used “symptoms,” “manifestations,” or other language; I’m not so sure about the semiology of his method.

In clearing the discursive field he brings Latinamericanists who are critiqued based on their respective extrapolations and analyses: For him Doris Sommer’s Proceed with Caution is mistaken in its universalists/particularists approach; Beverly’s statement that after the pink tide theory of deconstruction and Subaltern are anachronistic and too theoretical is contrasted with Beasley-Murray’s claim that Latin American studies are not theoretical enough and deconstruction or subalternism are to be left behind by using a new way of understanding the region; namely thinking about masses as multitudes, an as behaviors as based on affect and habits.

Later he proposes the need for his intervention fitting right and square between all these contradictory voices and practices. He proceeds to analyze cases like the fate of Zapatismo, the nature of testimonio and the (according to him) flawed treatment of the US Mexican border from both sides of it.

In his afterword he reads the SB1070 debates as they emerged out of a racist and paranoiac legislature of Arizona as one opportunity to understand that difference inside the discriminated groups exists and it should never be even out or homogenized by saying Mexican American, or Mexicans, as if the community victim of racial targeting and discriminatory policies were homogeneously Mexican.

After spending time meditating on chapter 5 “Hinging on Exclusion and bare life” I became intrigued by his use of Agamben’s concepts and later disenchanted by what I consider a willing overlook of ideas or a defective part of the argument. I will write about that later on another post.

For now, Acosta’s reading of the debates and the underlining logic upon which these debates are built constitutes a valid and valuable intervention; one that reveals through methodical analysis the liminal areas where oppositions disintegrate and the axiomatic exclusion inclusion arrives at a what we could call a “stand still.”

Exit or Voice or Loyalty: Three thoughts on politics and culture

There is no need to repeat the basic definitions of these concepts.
But what I wanted to highlight was the differences between exit and voice; that is, to contrast the much more simple path of exit in relation to the energy-consuming, time-consuming and the high opportunity cost that the praxis of voice implies. Exit is presented contra Friedman’s narrowed-economist view, but nevertheless, it is although at times, “irresponsible and criminal” to exercise it represents an easy avenue in the process of making a decision in the face of discontent with a product or a party.

Sadly, in our world, not in Hirschman’s Cold War context, the exit choice comes up as a convenient way to save time, energies, and is presented everyday as a rational decision informed by common-sense consensus and the premises of saving (resources, etc…) The ideology of capital in its variants facilitates the idea of abandoning the non-competent product or the deficient organization as a rational, well informed choice.

While reading his example on note 7 of Chapter 3 “Voice” I was struck by how dated some examples and dynamics of the little equation work. In that note Hirschman notices that a external diseconomy might be a liability to the firm and as an example he uses the case of “pollution, littering of beaches with beer cans and so forth.” He argues that in this case “the voice of the non-consumer, on whom the diseconomies are inflicted could become a valuable adjunct to the competitive mechanism.” From there it was a matter of following the reasoning one more step and remembering how that “diseconomy” has become another tool in the Public Relations (PR) arsenal of firms and organizations (mostly private for-profit firms). Without doubt, these firms have become more sophisticated than 50 or 40 years ago and have learnt to capitalize from these negative byproducts of their production. One has only to recall how these companies have enhanced their PR image by promoting “campaigns.” Green campaigns, clean-beach campaigns, safety – campaigns, public space campaigns etc…

By using the tools of “promoting a clean public” spaces, companies that have traditionally been associated with pollution and littering practices have been able to turn the tables and project a more favorable image. Namely, the image of an organization that “cares for the environment.” As a result that are seen at least in the public realm as good companies that care about the right practices. This is an example of how companies have been able to identify issues brought up by consumers or “non-consumers” and capitalize out of these problems. The problem is far from resolved: the “caring for the environment” functions in this case at least as “caring for the image” in so far as that principle (image) is directly related to “caring for the environment.” If that company was really caring for the environment it would turn its energies onto itself and examine its own practices of extraction, processing and (hidden) pollution as they represent the larger portion of the damage that is caused due to its operation. The, “littering problem” although obnoxious and (moderately damaging to nature) represents just a small part of the total environmental destruction caused by the company when processing the raw materials to produce the product. Why is it then addressed as a priority by the firm? In my view, because it is the most visible and possibly the more damaging one to the image and the performance (sales) of the firm.

Changing gears, I was reminded of Laclau’s dichotomy between two opposing poles: management (in the form of neoclassical economics) and politics (in the form of populism) while reading the reference to Friedman. Why? Because Hirschman performs a similar gesture when he says that “exit” is closer to the economist view of the world and “voice” to the political scientist’s field. Although part of Hirschman’s agenda is the task of problematize these two as opposing poles and explore the interstices, it is interesting to observe how both authors separate the spheres of politics from economy and present them as clearly different bodies. Through different topics and in distinct fields I believe both state something like “politics is muddier but better” Let’s go back to Hirschman’s words when talking about Friedman in page 17

“The decision to voice one’s views and efforts to make them prevail are contemptuously referred to by Friedman as a resort to ‘cumbrous political channels.’ But what else is the political, and indeed the democratic, process than the digging, the use, and hopefully the slow improvement of these very channels?”

Loyalty
The scary idea of Exit (from the firm point of view) tends to work better in the private business.
The idea of Voice (where Exit is almost impossible, state, some pol. organization, church, family) works better in the scheme
Loyalty is good because: it gives the org time to improve and also bc it implies “disloyalty” p 82
the willingness to develop and use the voice is reduced by exit, but the ability to use it with effect is increased by it. Loyalty doesn’t matter much in the case of a “silent” exit from a market product, but in the context of other organizations (church, family, nation) it is a useful tool from the organization’s point of view to manipulate the articulation of voice and to release pressure. My question now centers on the relative inversion of this pattern today, whereas brand-loyalty has been analyzed and perfected by all technical and statistical means, loyalty to organizations (church, family, nation) is eroding rapidly. Why is this the case? And should we work hard to reverse it?
Not only are these forms of association diminishing but new forms, let’s say “cultural forms” are arising rapidly (some would say as an epiphenomenon of late capitalism), namely the attractiveness and success of religious “crusades.” From movements in England and Germany to be able to assert their cultural expression (in a religious form, i.e., dressing codes and segregation in some spaces) to ISIS and other similar faith-based responses to the neoliberal cultural order. I say “cultural forms” because these “reactions” are not exclusively religious based but can appear in different contexts under relatively similar operative logics but with different agendas: for example while we can say that nation and church are declining these new forms of association culturally-expressed or more politically-articulated run the entire gamut of colors and flavors. From the Bolivarian idea of Latinamerica as one nation with common interests against the capitalists up north (as proposed by Chavez), to the Neo-tsarists or Russia who want to return to a nationalist and glorious past in reaction to the liberal economic and political changes that Russia has undergone since 1989. These supranational ideas can be understood as grassroots imaginaries of a society in disequilibrium, in a theist void and in a sort of cultural and political transition that manifests itself in disorganized development and disorganized or even awkward reaction to that development.

Boycott

“Exit by staying inside and use of clear voice.”
When reading the short paragraph about boycott I was reminded of the famous United Farm Workers (UFW) boycotts led by Cesar Chavez in the late 60’s and early 70’s and their later success. In that case, the boycott was not only inside the factory or the management areas but it was supported by most of the consumers in an effort to change the rules and the behavior of the grape producing companies of California. Consumers where the grape was sold refused to buy it or bought it and -in showing solidarity- discarded it publicly. Thus the boycott became a two folded tool that allowed to put pressure on the organization both from the outside and the inside and forced them to reconsider their operative rules. The question for us today: is boycott still a usable strategy? under what conditions will it materialize and obtain the inertia necessary for (1) visibility, (2) credibility and (3) relative success?

Laclau and Zizek on the Populist Reason

laclau

First the obvious: for this week’s readings it is difficult to craft a post entry that would be legible, short (readable), and comprehensive. Since we started by reading the debate backwardly as it were and have not reached the origin (or the end in that case) of these exchanges the difficulty I mentioned above only increases. Nevertheless I would try to enumerate a few points of the debate and with these in mind help to set the terms for our discussion Friday. There are also segments of the readings where I just couldn’t decipher the issues discussed. These I also bring up as a way to clear the confusion in our meeting.
I begin with the Zizek response “The Populist Temptation” in lieu of a better starting point. (“Why do Empty Signifiers Matter to Politics” from Emancipation(s) was not available at the UBC library). It seems that there are a few places where both Laclau and Zizek disagree as well as different levels of disagreement. In a few words, for me, Laclau is in favor of populism. Zizek is skeptical and sees it as a form of proto-fascism. The question is then displaced into debating whether populism of class struggle are compatible, actual, and viable as a way to create a project of “radical politics.” The debate seems to be over class struggle versus populism as Zizek puts it here at the beginning of his critique:
It is clear now why Laclau prefers populism to class struggle: populism provides a neutral “transcendental” matrix of an open struggle whose content and stakes are themselves defined by the contingent struggle for hegemony, while “class struggle” presupposes a particular social group (the working class) as a privileged political agent; this privilege is not itself the outcome of hegemonic struggle, but grounded in the “objective social position” of this group – the ideologico-political struggle is thus ultimately reduced to an epiphenomenon of “objective” social processes, powers and their conflicts
So far so good.
For Laclau, on the contrary, the fact that some particular struggle is elevated into the “universal equivalent” of all struggles is not a pre-determined fact, but itself the result of the contingent political struggle for hegemony.
I guess that this is a theoretical disagreement between the two actors -agents of revolutionary change: working class and populism (as the site of particular struggle is elevated into the “universal equivalent”). But Laclau’s first sentence refuses to recognize this dichotomy:

“Žižek starts by saying that I prefer populism to class struggle (see p. 554). This is a rather nonsensical way of presenting the argument. It suggests that populism and class struggle are two entities actually existing in the world, between which one would have to choose, such as when one chooses to belong to a political party or to a football club.”
So far so good… maybe?
In defending or clearing his point from any possible misunderstandings Laclau reformulates the core of the thesis and this brings us to the first point I would like to clarify in our meeting due to its importance but its dense articulation:

“My whole analysis is precisely based in asserting that any politico‐discursive field is always structured through a reciprocal process by which emptiness weakens the particularity of a concrete signifier but, conversely, that particularity reacts by giving to universality a necessary incarnating body. I have defined hegemony as a relationship by which a certain particularity becomes the name of an utterly incommensurable universality. So the universal, lacking any means of direct representation, obtains only a borrowed presence through the distorted means of its investment in a certain particularity.”
Let’s try to digest the idea with attention to his use of “particularity” “universality” etc…
Next he brings a nice breakdown of Zizek’s faux pas in his interpretation (let’s discuss it Friday):

But let us go back to the logical steps through which Žižek’s analysis is structured—that is, how he conceives of his supplement to my theoretical construct. His argument is hardly anything more than a succession of non‐sequitur conclusions. The sequence is as follows:

1. he starts by quoting a passage from my book in which, referring to the way popular identities were constituted in British Chartism, I show that the evils of society were not presented as deriving from the economic system, but from the abuse of power by parasitic and speculative groups;
2. he finds that something similar happens in fascist discourse, where the figure of the Jew becomes the concrete incarnation of everything that is wrong with society (this concretization is presented by him as an operation of reification);
3. he concludes that this shows that in all populism (why? how?) there is “a long‐term protofascist tendency”;
4. communism, however, would be immune to populism because, in its discourse, reification does not take place, and the leader safely remains as a secondary one. It is not difficult to perceive the fallacy of this whole argument.

First, Chartism and fascism are presented as two species of the genus populism; second, one of the species’s (fascism’s) modus operandi is conceived as reification; third, for no stated reasons (at this point the Chartist example is silently forgotten), that makes the modus operandi of the species become the defining feature of the whole genus; fourth, as a result, one of the species becomes the teleological destiny of all the other species belonging to that genus. To this we should add, fifth, as a further unwarranted conclusion, that if communism cannot be a species of the genus populism, it is presumably (the point is nowhere explicitly made) because reification does not take place in it. In the case of communism we would have an unmediated universality; this would be the reason why the supreme incarnation of the concrete, the Leader, has to be entirely subordinated to the Idea. Needless to say, this last conclusion is not grounded on any historical evidence but on a purely a prioristic argument.

Laclau dissects Zizek’s critique and accusations and proceeds to critique Zizek’s tools (reification) and his less than tasteful examples:

Žižek’s whole reasoning, is to explore the two unargued assumptions on which the latter is based. They are as follows: (1) any incarnation of the universal in the particular should be conceived as reification; (2) such an incarnation is inherently fascist. To these postulates we will oppose two theses:

1. that the notion of reification is entirely inadequate to understand the kind of incarnation of the universal in the particular that is inherent in the construction of a popular identity;
2. that such an incarnation—rightly understood—far from being a characteristic of fascism or of any other political movement, is inherent to any kind of hegemonic relation—that is, to the kind of relation inherent to the political as such.

(Reification:
The omnipotence of exchange‐value in capitalist society would make impossible access to the viewpoint of totality; relations between men would take an objective character and, while individuals would be turned into things, things would appear as the true social agents. Now if we take a careful look at the structure of reification one salient feature becomes visible immediately: it essentially consists in an operation of inversion. What is derivative appears as originary; what is appariential is presented as essential. The inversion of the relationship subject/predicate is the kernel of any reification.)

We are not dealing with a false consciousness opposed to a true one—which would be waiting for us as a teleologically programmed destiny—but with the contingent construction of a consciousness tout court. So what Žižek presents as his supplement to my approach is not a supplement at all but the putting into question of its basic premises.

What we have said so far already anticipates that, in our view, the second thesis of Žižek, according to which symbolic representation—which he conceives as reification—would be essentially or, at least, tendentially fascist, does not fare any better. Here Žižek uses a demagogic device: the role of the Jew in Nazi discourse, which immediately evokes all the horrors of the Holocaust and provokes an instinctive negative reaction. Now it is true that fascist discourse employed forms of symbolic representation, but there is nothing specifically fascist in doing so, for there is no political discourse that does not construct its own symbols in that way.

Laclau’s rebuttal is welcomed as it helps us understand the theoretical tools used by both thinkers. Although I understand the general idea I have some questions for Jon which I will bring up later in addition to a few points in Laclau’s explanation of his argument as follows:

So what Žižek presents as his supplement to my approach is not a supplement at all but the putting into question of its basic premises. These premises result from an understanding of the relation between the universal and the particular, the abstract and the concrete, which I have discussed in my work from three perspectives—psychoanalytic, linguistic, and political—and which I want briefly to summarize here to show its incompatibility with Žižek’s crude false‐consciousness model.

Namely the overview of the three perspectives used by Laclau “psychoanalytic, linguistic, and political.”
In the next section Demands: Between Requests and Claims
We understand how the chain of demand is articulated in Laclau’s theory although I would like to go over it later in our meeting.

Here I quote a passage from Laclau’s article:
“The minimal unit in our social analysis is the category of demand. It presupposes that the social group is not an ultimately homogeneous referent but that its unity should rather be conceived as an articulation of heterogeneous demands. Žižek has formulated two main objections to this approach: the first, that the notion of demand does not grasp the true confrontational nature of the revolutionary act (“Does the proper revolutionary or emancipatory political act not move beyond this horizon of demands? The revolutionary subject no longer operates at the level of demanding something from those in power; he wants to destroy them” [p. 558]); the second, that there is no correlation between the plurality implicit in the notion of an equivalential chain of demands and the actual aims of a populist mobilization because many populist movements are structured around one‐issue objectives (“A more general remark should be made here about one‐issue popular movements. Take, for example, the ‘tax revolts’ in the U.S. Although they function in a populist way, mobilizing the people around a demand that is not met by the democratic institutions, it does not seem to rely on a complex chain of equivalences, but remains focused on one singular demand”)”
In addition he criticizes Zizek’s almost impossible subject. He believes that the Slovenian thinker places to many demands on that subject and is therefore closer to the figure of a Martian than anything else:
“This is probably the kind of development that Žižek has in mind when he speaks of not demanding anything from those in power, but wanting to destroy them instead. The difference between his approach and mine is, however, that for me the emergence of emancipatory actors has a logic of its own, which is anchored in the structure of the demand as the basic unit of social action, while for Žižek there is no such logic; emancipatory subjects are conceived as fully fledged creatures, who emerge without any kind of genetic process, as Minerva from Jupiter’s head. The section in my book that deals with Žižek’s work has, as a title, “Žižek: Waiting for the Martians.” There is, indeed, something extraterrestrial about Žižek’s emancipatory subjects; their conditions as revolutionary agents are specified within such a rigid geometry of social effects that no empirical actor can fit the bill. In his recent writings, however, Žižek deploys a new strategy in naming revolutionary agents, consisting in choosing some actually existing social actors to whom he attributes however so many imaginary features that they become Martians in everything but name.”

In the following section Heterogeneity and Social Practices
I got a little disoriented and failed to extrapolate much from it. I believe that here Laclau revisits the use of Lacan and critiques Marx’s CPE [critique of political economy] in the issue of giving privilege to class struggle. After Zizek concludes one of his sections of “Against the Populist Temptation” with the following statement,
“Here we encounter the Lacanian difference between reality and the Real: reality is the social reality of the actual people involved in interaction and in the productive processes, while the Real is the inexorable abstract spectral logic of capital that determines what goes on in social reality” (p. 566)”
Laclau reproaches Zizek and mentions this quote as a “good example of how Žižek systematically distorts Lacanian theory to make it compatible with a Hegelianism that is, in most respects, its very opposite”

I will leave it here because I want to publish it today Tuesday so you both have time to read it and also because I don’t want these posts to become one more burdensome reading to the already heavy list you both have.
What is missing are two important sections: Heterogeneity and Dialectics and Creating a People. I believe we can go over them when we meet. However, I will try to reread them tomorrow and figure out as much as possible before Friday. I have not spent too much time on Bourdieu so do not expect something like this summary about the Practical Reason. Regards.