La peste de Cien años de soledad regresa con furor

En los primeros capítulos de Cien años de soledad, el narrador nos relata sobre dos pestes consecutivas que afectan a los residentes de Macondo. La primera es la peste del insomnio que conduce directamente a la peste del olvido. Durante la primera peste, surge un insomnio generalizado: los habitantes de Macondo repentinamente se encuentran en un periodo de actividad incesante en el cual construyen gran parte de la infraestructura del pueblo y se interesan, especialmente el joven protagonista Aureliano Buendía, en la artesanía y la técnica. Durante la segunda los habitantes del asentamiento pierden la memoria y se sumergen en una especie de “idiotez sin pasado.” [1]

Al principio nadie entendió la alarma sobre la peste. Cuando los habitantes de Macondo se enteran acerca de la llegada de la peste, se alegran pues razonan que así tendrán mas tiempo para trabajar y no perderán tiempo precioso en dormir. Si no volvemos a dormir, mejor –decía José Arcadio Buendía, de buen humor. Así nos rendirá más la vida.

“Pero lo más temible de la enfermedad del insomnio no era la imposibilidad de dormir, pues el cuerpo no sentía cansancio alguno, sino su inexorable evolución hacia una manifestación más crítica: el olvido. Cuando el enfermo se acostumbraba a su estado de vigilia, empezaban a borrarse de su memoria los recuerdos de la infancia, luego el nombre y la noción de las cosas, y por último la identidad de las personas y aun la conciencia del propio ser, hasta hundirse en una especie de idiotez sin pasado.”

Una vez que la peste entra en casa, nadie escapa. Lentamente Macondo se da cuenta que la peste no solo les permite trabajar más, sino que poco a poco, la memoria se va atrofiando y no logran conjurar ni recuerdos, ni pensamiento.

En la novela, García Márquez se deshace de las pestes casi apocalípticas que azotan a Macondo de forma bastante simple, pero ingeniosa. La solución para estas plagas es sencilla y nos refiere al mundo de los muertos y su archivo. En otras palabras, la historia. Recordemos que la solución a los problemas de Macondo no consiste en ingerir una pócima o realizar algún tipo de maniobra, en cambio ésta ha de ser encontrada en el inframundo. Es solo después de la llegada de Melquiades, debido a su aburrimiento crónico en el mundo de los muertos, que los Macondinos se mejoran.

“Melquiades abrió la maleta atiborrada de objetos indescifrables, y de entre ellos sacó un maletín con muchos frascos. Le dio a beber a José Arcadio Buendía una sustancia de color apacible, y la luz se hizo en su memoria. Los ojos se le humedecieron de llanto, antes de verse a sí mismo en una sala absurda donde los objetos estaban marcados, y antes de avergonzarse de las solemnes tonterías escritas en las paredes, y aun antes de reconocer al recién llegado en un deslumbrante resplandor de alegría. Era Melquíades. Mientras Macondo celebraba la reconquista de los recuerdos, José Arcadio Buendía y Melquíades le sacudieron el polvo a su vieja amistad.”[2]

Para García Márquez, paradójicamente, la medicina contra la enfermedad del olvido se localiza en el mundo de los muertos. De acuerdo al autor, la solución para los problemas de la memoria de Macondo, (o para su Latinoamérica contemporánea) para su falta de conciencia histórica o su imagen fragmentada—nuestro presente anti-histórico—se encuentra en el pasado en el archivo cultural.

Es difícil conjeturar que pensaría García Márquez si estuviera vivo hoy. No creo que tuviera que opinar, o si lo hiciera no sería algo de mucha importancia. Otros dirían que se mantendría asentado en su lección moral ya esbozada en los capítulos sobre la peste. Y otros que prescribiría algo distinto: los tiempos cambian y con ellos los problemas. Sin embargo, hay algo en su estudio del cansancio y el olvido que quisiera comentar. Si bien es cierto que los problemas que estudió García Márquez eran otros también hay que pensar que sí, los problemas pueden ser nuevos, pero si son efecto de condiciones que no han cambiado entonces no son tan nuevos.

Los problemas que se presentan como nuevos no lo son del todo, son mas bien diferentes. Hay diferencia con algo que vino antes y por eso se puede señalar “una “diferencia” con respecto a X”. Quizás el viejo Gabo nos remitiera a Cien años de soledad, o a otra de sus obras, a lecturas donde la peste sea literal o metafórica, nunca lo sabremos. Lo que es cierto es que el insomnio y el olvido no han quedado relegados en las paginas de la novela sino que por el contrario se han constituido como el efecto y resultado de la obsesión neoliberal con producir y reproducir, cosificar y comodificar hasta el ultimo rincón de la vida humana y no-humana.

Quizás la peste del olvido no haya desaparecido sino por el contrario se haya globalizado como todo lo que producimos y con más furia aun desde los últimos 30 años. Quizás el Covid no sea sino consecuencia de vivir con estas pestes como si no supiéramos que nos asechaban. Quizás el Covid no sea sino consecuencia de ignorar a y con propósito la salvajada que se sanciona contra el planeta todos los días.  

Y es esta peste del olvido, peste de una idiotez sin pasado, la que creo que nos llevo a la peste actual. El Covid es el símbolo de nuestra incapacidad para recordar, y para actuar sobre ese saber. Lo que evidencia el Covid es que somos una sociedad sin memoria. Algunos ya nos habían avisado sobre la posibilidad de este escenario pero preferimos ignorarlos, otros nos advirtieron que la alta tasa de variación de los agentes virales nos hacían mas susceptibles a caer enfermos rindiendo nuestros antibióticos inútiles. También los ignoramos.

La peste del insomnio que condujo a la peste del olvido en Macondo es lo que le ha pasado al mundo. Vivimos en un mundo con amnesia, con fatiga crónica (siguiendo a Byung-Chul Han) y aficionada al riesgo (como nos recuerda Ulrich Beck). Esta sociedad agotada por el trabajo sin fin, y sin tiempo para pensar, es la misma que describe García Márquez en Macondo. Es una sociedad que aparte de enferma parece tonta al recibir el insomnio como don y propagarlo como virtud. La sociedad del rendimiento del “high performance” está pagando por sus excesos. Sus metas y objetivos, su obsesión por los resultados, su lenguaje de proyectos y devoción por extraer sin piedad han conducido a un impase existencial.  

El Covid nos llevo al límite de una experiencia planetaria que va del insomnio al olvido general y del olvido a la destrucción de la vida y al final a la venganza de lo animal sobre lo humano. El Covid nos recuerda que no somos el sujeto soberano por encima de cualquier red natural (fantasía de las teorías políticas liberales y doxa neoliberal). El Covid nos recuerda que la vida puede y se está tornando en nuestra contra. El Covid nos recuerda que el insomnio y el olvido, más que ventajas como las recibieron los habitantes de Macondo, son castigos que muchos abrazaron ciegamente en el nombre de la prosperidad material. Esta prosperidad resultó cara al final: la vida no-humana reclamando lo que alguna vez fue suyo, (imágenes de delfines y aves) parecen una dulce bofetada en la cara de los que toman o no las decisiones. Sí, reclamar, porque si hay confinamiento hay reclamo.

Es irónico que ahora ellos mismos, los políticos, los banqueros, los altos directivos se “humanizan” y aparecen como gente, “somos como tú y yo.” Nos piden que acatemos sus tardíos planes de contención, que no agravemos su incompetencia haciendo algo descabellado como abrazar a alguien, o planear una inocente reunión. Nos piden, en otras palabras, que suspendamos nuestra forma de vida y el ritmo económico de la sociedad con el fin de aislar el virus, pero también para que su insuficiencia no quede al desnudo. Nos exhortan a volvernos zombies domésticos para no acrecentar el tamaño de sus errores pasados. Como si fuera poco también, nos piden recomendaciones literarias: Qué leer? Cómo interpretar La peste de Camus? Que películas hablan de pandemias?

Hace apenas unos meses a nadie le importaba un chingo que había escrito Camus, o Defoe o Conrad. Es más, hace unos meses no más la opinión general era algo así como: “Para qué estudiar literatura, para qué perder el tiempo leyendo novelas, incluso aún, quién lee hoy día?” Hace unos meses el mundo entero andaba obsesionado con sus pendejadas de “Hunger Games” y “Games of Thrones” y eso. Que un banquero o un político venga a mostrarnos lo que lee, importa poco. Mas serviría que hubieran hecho lo necesario para prevenir que el brote surgiera y luego se saliera de control. Pero prevenir no genera ganancias, ni capital político, ni siquiera simbólico porque no es sexy. Como en Macondo, cada cual siguió con lo suyo hasta que el virus toco la piel de un humano. 


[1] Gabriel García Márquez, Cien años de soledad (Catedra: Madrid), 136. Es difícil no pensar en el famoso pasaje de Nietzsche donde elabora su concepto de “active forgetting” o “olvido activo” usando la imagen de un bovino que olvida constantemente su conciencia de si mismo.  

[2] Cien años de soledad, 143.

Historia de rocas

Yo estudio los minerales convertidos en historias. Mi tesis se pregunta qué es la literatura minera y por qué hay una literatura preocupada por metales, preocupada por hombres y mujeres consumidos por estos elementos y por países enteros dedicados a fabricar polvo que como dice el protagonista de En las tierras de Potosí, “el país [Bolivia] se reduce a ser una inmensa fábrica de polvo” (Mendoza, 52). 

Yo estudio cómo y de qué manera narradores y narradoras diversas clases y países se han interesado por entender la circulación de estos cuerpos, la valoración de la materia dentro de la lógica del equivalente general: en otras palabras, la dinámica de los metales y una constelación de objetos que los orbitan. Esta materia, formada bajo presiones y temperaturas extraordinarias, es la misma que se encadena dentro del aparato de (re)producción capitalista global en nuestra región latinoamericana desde el siglo XVI a través del despegue del imperio español y el despojo y acumulación subsecuente.   

Esta materia, oros, metales pesados, minerales, salitres, sales, piedras preciosas y semipreciosas etc., han echado a rodar la maquinaria del imperio y de la naciente modernidad de manera violenta pero productiva, rapaz pero fascinante en la inserción del subsuelo dentro del frenético baile de las mercancías del siglo diecinueve. 

Esta materia (encadenada dentro del intercambio) también ha activado la producción de historias –en tanto profesionales como no–, que nos revelan algo (y al mismo tiempo nada) sobre la fascinación humana con lo no-vivo, con lo natural-inerte, con la materia más básica y más simple: el elemento, los bloques que forman montañas, los volcanes que violentamente conjuran la materia en sus tres estados, los desiertos parecen albergar no-vida, pero esconden–como en el caso del norte de Chile–verdaderos reservorios de estímulo vital en forma de fertilizantes, las sierras interminables del Perú que instalan en sus cantores una suerte de pasión maldita, donde la fascinación por lo sublime oculta una pulsión espectral que bordea la anticipación de la muerte. ¿Qué hay en el mineral que nos atrae y aburre tanto al mismo tiempo? ¿Qué hay de especial en un cuarzo o un grano de arena? Pero también, ¿Qué hay de desdeñable en una porción de pirita o un tajo de ágata? 

Esta materia es materia prima para los industrialistas del continente, pero también para los trovadores y cuenteros que entonaron tanto odas al salitre, como réquiems a los hombres que dejaron su vida en la mina, o a los que se trajeron un pedazo de mina y muerte en su pulmón que los rebaja lentamente.  

Esa materia es también mi materia prima o digamos mi ur-materia. Y si es así, ¿Podremos acaso calcular la productividad del mineral? Quizás su paso de mano en mano, su trasmigración de símbolo a símbolo, su objetivizacion de mercancía en mercancía, habrá generado más valor que otras mercancía en el mercado internacional de las materias primas y también de las ideas.  

No todos los que escriben sobre cristales y metales se ven seducidos por las propiedades físicas del mineral. Algunos poetas le cantan al mineral, otros lo condenan (moralizándolo) porque aparece como el símbolo de la explotación del hombre contra el hombre, otros le prestan menos atención sin sospechar que muchas de sus historias y sus canciones son activadas y atravesadas por cuerpos minerales y metálicos que atraen y repelen a los hombres y sus herramientas a lo largo del continente y tal vez desde incluso antes de su llegada a ser.  

Algunos escriben para acusar al capital. Otros para denunciar la complicidad del estado. Algunos escriben para elogiar al obrero minero; otros para abofetearlo con gestos y avivar en sí su “conciencia de clase.” Algunos escriben para hacer más legible el caos violento de la acumulación: ahí está el valor de su proyecto, darle palabras a lo que a veces sugiere no tener nombre si quiera. Otros para dar algún orden secuencial al caos y formar la crónica de la extracción: llegada, contratación, explotación, y repetición; formar un hilo histórico –ordenado y legible– que permita entender (entre otras cosas) por qué en una región tan rica surge la miseria con tanta prevalencia, por qué, pero sobre todo cuando–en especifico–se había jodido Latinoamérica o en palabras de Vargas Llosa “se había jodido el Perú” (1) (que es lo mismo).

Escribiendo mi proyecto aprendí que la región está cruzada por venas minerales que no alcanzamos a imaginar. Estas líneas de fugas minerales atraviesan largas distancias sin conocer o ser conocidas por limites nacionales, indiferentes algunas a cualquier actividad en la superficie; otras, cercenadas por el capital y recortadas a tramos. La literatura que se ha escrito sobre y desde la piedra atraviesa el continente de manera similar, subvirtiendo el canon, ignorando convenciones, clasificaciones y surgiendo del contacto entre cuerpos minerales y cuerpos humanos activados por el capital.

Aprendí que cada mineral activa un afecto distinto en el hombre (y mujer) y en el mecanismo de intercambio y función: el oro nos estimula hasta producir un estado tal de intensidad alcanzando el delirio y la “fiebre” por él. El salitre nunca provocará los afectos que producen la plata (pero sí el valor al cual puede ser intercambiado). El estaño, que era despreciado durante el apogeo de la plata durante el siglo XIX “devino en oro” al llegar la demanda causada por la primera guerra mundial. Cada mineral genera su forma de explotación y cada forma de producción y explotación genera su cultura de explotación. La opresión es una constante y la base, tal vez, de la comunidad (entendida como lo que existe en común) de estos relatos pero aparte de eso, cada mina, y cada país, atravesado por su cultura nacional especifica configura las condiciones para la producción de diferentes tipos de relatos.

Al final, la literatura mineral latinoamericana re-traslada el rol del capitalismo extractivo sobre el acto de contar (y representar); y nos deja repensar el devenir material del continente bajo otros términos tal vez “más subterráneos” (afectos, líneas de fuga, [otros] territorios) que nos permitan detectar otros afectos y otras pulsiones que usualmente escapan del análisis literario “operizado” desde estilos y periodizaciones ya muy machacadas: modernismo, lo telúrico, el boom, el post boom, etc. En el subsuelo el mineral yace silencioso pero en otros territorios aparece como cifra, como aleph: en los números y los flujos, en las galerías y las revoluciones, en las matanzas y las historias, en las banderas, las balas, los monumentos, las herramientas, los vagones, la dinamita, en las multinacionales, en el fulgor del oro, en el Sendero Luminoso de Perú y en el comunismo Chileno, en la dialéctica riqueza/pobreza de Bolivia, que es al final la de toda la región.  

Fuentes

Jaime Mendoza, En las tierras de Potosí, 1911.

Mário Vargas Llosa, Conversación en la catedral, 1969.

Covid-19: la cuenta de cobro.

Particulas del Novel Coronavirus.

Empezamos la década con un momento paradójico y monumental. Por un lado, el apogeo del capitalismo desregulado administrado por populistas de centro derecha había cantado victoria: los mercados subían, China seguía creciendo, el petróleo iba estable, las tecnologías de consumo masivo creciendo y afinándose… Pero todo cambió en cuestión de semanas cuando el nuevo Coronavirus (causante de la enfermedad Covid-19) se convirtió en pandemia y nos mostró la fragilidad del sistema global de flujos materiales. La paradoja es que una forma de vida tan insignificante como un virus (que es inferior a un animal) y que es de los organismos más simples que existen, ha llevado a la completa suspensión del mundo como lo hemos conocido hasta hoy.

Es un momento paradójico porque nos recuerda que somos seres vivientes en medio de otros seres y no encima de ellos (como parece que operamos consiente e inconscientemente muchas veces). La pandemia y la parálisis del mundo es tal vez la forma mas irónica y sutil de recordarnos que somos vida y no estamos por encima de otras formas de vida (sino en medio de ellas). Es una forma de recordarnos que la concepción de la naturaleza como “recurso” y su mal manejo (destrucción) tiene consecuencias imprevisibles.

Y aquí están las consecuencias inmediatas: muertes innecesarias, sociedades en cuarentena, angustia económica del ciudadano de a pie, debilitamiento de las economías, etc. Por otra parte, las consecuencias no-inmediatas estarán por verse, pero si anticipamos un recrudecimiento en la destrucción de ecosistemas, la intensificación del calentamiento global, la intensificación de flujos de cuerpos, y en general la agravación de la crisis del capitalismo agudo que viene desenvolviéndose desde los 80’s con el nacimiento del neoliberalismo y con mas fuerza (a nivel planetario) desde la caída de la Unión Soviética en los 90’s.

El virus nos recuerda que somos más frágiles de lo que creemos. Uno solo puede esperar que nos ofrezca una lección en humildad, traducida en mas compasión, pero también revela las grietas de los sistemas de salud, las inequidades sociales, da rienda suelta al discurso fóbico de los populistas nacionalistas y nos muestra la cara de la falta de preparación que caracteriza a nuestra región, Latinoamérica.

Yo vivo hace 5 años en Vancouver Canadá: aquí en Canadá las consecuencias de la cuarentena para el comercio son perjudiciales pero en general la vida sigue casi igual, solo un poco más desacelerada: hay menos gente en las calles, algunos restaurantes han cerrado, otros siguen abiertos pero con mucho menos trafico. En una ciudad tan asiática y tan antisocial como Vancouver el ritmo se pausa, pero no se percibe un sentido de crisis o un estado de excepción que sufren los habitantes del norte de Italia o de los países del lejano oriente: China y Corea –Japón es otra historia. Vancouver y Canadá en general ya ha aprendido mucho de una experiencia similar que la tomó por sorpresa hace casi 20 años, el brote de SARS en el 2003. 

De Estados Unidos solo puedo decir que va a estrellarse contra el coronavirus solo un tanto mejor que Latinoamérica. Y la razón es simple: ese país está ciertamente mejor equipado para contener y aliviar la crisis pero no mejor administrado. Y esto se debe muy sencillamente a la tropicalización de los Estado Unidos bajo la administración y la cultura administrativa Trump. Es decir, el continuo declive de competencia y efectividad de la administración en los últimos 4 años, marcada por escándalos, nepotismo, despilfarros, clientelismo, ineptitud de las agencias federales (los ministerios). Sumado a esto un recrudecimiento del impulso y la legitimación de los ya altos niveles de desconfianza ante cualquier “experto” o autoridad (académica, legal o medica) que no sea impartida por el mesías, Trump, o sus discípulos. En pocas palabras, Trump ha estado Latino-americanizando los Estados Unidos en los últimos 4 años. El brote del Covid-19 ya está evidenciando de manera más espectacular, pero más mortal también, el legado de estas políticas. 

Que anticipo en el panorama post-Covid 19 mas inmediato? Cuando todo esto merme vamos a ver una realineación de los mercados con más vigor de recuperar perdidas y ayudados por paquetes de estimulo que se aprueban día tras día en diferentes democracias. Una posibilidad de recesión global que como siempre afecta a los mas destituidos: (alguna vez un amigo en Miami me relataba la crisis financiera del 2008 como dos relatos incomparables: -para los cubanoamericanos de clases medias-altas la crisis representaba intercambiar el Mercedes por un Honda, pero para el pobre (el resto de latinoamericanos) la crisis es posiblemente no tener como comer). A nivel individual vamos a surgir con lecciones aprendidas para controlar nuevos patógenos en el futuro pero también para explotar al humano (otro “recurso” el “recurso humano”) con mas sofisticación y eficiencia.

Como historiador, siempre estoy especulando para mis adentros, sobre como visibilizaremos en el futuro las repercusiones de los eventos que hoy parecen rutinarios o simplemente se analizan en función de su impacto inmediato. Las lecciones aprendidas en la universidad siempre circulan por mi pensamiento cuando leo las noticias. Una es la recurrente que nos muestra que después de cada crisis global (o cada experimentación social) surge un reordenamiento social en el cual los grupos anteriormente subalternizados reivindican con mayor o menor éxito dependiendo de el contexto inmediato sus reclamos ampliando así la esfera de los derechos civiles.

Durante la Segunda Guerra Mundial en los Estados Unidos en particular, se exhortó a la mujer y a los afroamericanos que no estaban en combate, que se incorporaran a la fuerza laboral, en otras palabras que se hicieran uno/a con la maquina capitalista de producción bélica que debía funcionar sin pausa, por semanas y meses, para agotar a los Poderes Centrales, en especial a la Alemania Nazi. Al regresar de la guerra los jóvenes ex-soldados quisieron desplazar a la mujer del sitio laboral pero se encontraron con cierta resistencia que luego desembocó en los movimientos feministas y de contracultura de los años 60’s.

Por lo pronto, veremos una intensificación del régimen de trabajo virtual o trabajo desde casa poniendo mas presión sobre el tiempo y el aguante del individuo que no solo es explotador sino explotado que además tiene tareas de administración y cuidado de hijos u otros parientes. Trabajos que se pueden hacer en casa revelarán lo superfluo de muchas reuniones, y otras labores que llenan el día de un empleado. Esto sería positivo en tanto las organizaciones puedan identificar el exceso pero también podría servir como antecedente de mayor capacidad para producir precedido de una mayor capacidad para explotar. Es decir, las expectativas van a cambiar, y lo que hasta ahora no se imaginaba posible podrá ser la norma en un futuro no muy distante.

Otra consecuencia de esta crisis global es menos cínica y tal vez positiva: la conciencia colectiva de la capacidad estatal de desembolsar paquetes de estimulo económico que en el futuro se pueden usar como precedente y legitimación de demandas democráticas de una multitud que pida acción mas directa a problemas de vieja data: calentamiento global, crisis migratorias (En Estados Unidos, México, Europa, Asia del sur, etc.), el salario básico universal, y demás. En realidad, mientras escribo estas líneas varias tendencias políticas progresivas en Estados Unidos ya han llamado a “aprovechar” esta oportunidad para adelantar estas causas que hasta hace pocos años eran desconocidas y “radicales.”

Mientras escribo también siento el efecto de la ciudad en cuarentena. En la calle vecina menos trafico, el sol hace que las cosas brillen con intensidad pero pocos cuerpos parecen aprovecharlo. El único movimiento que percibo a reojo mientras tecleo es el gato del vecino que pasa lentamente de un lugar a otro: se sienta a tomar sol, se levanta, vuelve a reposar como si nada extraordinario sucediera.

Y pensar que ahora estoy sano, entero, pero mañana podré estar enfermo. Solo hace falta una persona para contagiarse, no es necesario mucho mas: hartarse de estar encerrado, salir a por un café y tomar una bocanada de aire. Solo que este aire puede ser portador del virus. En realidad no hace falta mucho mas: solo la concreción de un enlace, incluso si es débil, y caes enfermo.

Pensar también que mientras lees estas líneas miles se están contagiando y otros miles de viejos (y varios jóvenes) se están muriendo, sin nunca haber anticipado que acabarían sus vidas debido al fenómeno social del 2020, el coronavirus! ¿Quien pensó que acabaría como victima de un virus impredecible (pero prevenible) que migró del animal al hombre y desde un remoto mercado en una remota ciudad viajó hasta llegar a su cuerpo?  

En cierto modo el Covid-19 es una cuenta de pago que nos impone la red de la vida sin previo aviso. La paradoja es que el depredador más voraz y más ingenioso que jamás existió se ve perplejo ante una crisis ecológica, social, económica de su propia invención.

El peso de la historia en La vorágine como “documento de denuncia” (Segunda parte)

Documento de denuncia contra el capital

Es necesario recordar a grandes rasgos la trama y el carácter de la novela antes de adentrarnos hacia algún análisis mas especializado. Por ahora me gustaría registrar la obra dentro de la producción literaria de la época y argumentar que la “novela de la tierra” (como se han denominado a varias narrativas del periodo) no constituye un intento escapista y provincial de retratar la estética del campo y de los lenguajes subalternos de los habitantes. Más bien estos relatos incorporan este mundo de descripciones naturales en relación directa con los avances del capitalismo neo-colonial desarrollista que llegaba a explotar regiones anteriormente vírgenes de la geografía Latinoamericana.  Muy al contrario de lo que arguye Carlos Fuentes en su La nueva novela Hispanoamericana para quien el exquisito final de La Vorágine representa una iteración más de una serie de obras repetitivas “más cercanas a la geografía que a la literatura”[1] quisiera releer varias de estas obras como “documento de denuncia” para usar la expresión de Carlos Alonso y entender como estas elaboran estéticas acerca de varias problemáticas que achacaban a sus países durante el periodo.[2] Es lamentable que un autor tan destacado como Fuentes articulara una sentencia tan fría para referirse a un cuerpo de literatura bastante amplio y heterogéneo. El afirmar que “¡La jungla los devoró!” es análogo a “la montaña los devoró, la pampa los devoró, la mina los devoró, el rio los devoró…” es dar un paso en falso hacia una generalización bastante amplia e injusta pues si se presta atención a la secuencia de referentes en su lista, una montaña o un rio, no es lo mismo que una mina o una plantación de caucho. Es decir, Fuentes no logra discernir entre locales que ocurren naturalmente donde el hombre se adentra a su propio riesgo y lugares de explotación natural donde el hombre es subyugado hasta el grado cero de su humanidad y convertido en una bestia de carga fácilmente remplazable, sin recurso a la protección de ninguna ley. Es importante recordar que la naturaleza -entendida como reserva de materiales primarios- dentro de la lógica racional de la Ilustración está sujeta a las necesidades y demandas de los hombres. Y en este periodo lo que se observa con novelas como El Tungsteno de Cesar Vallejo, o Cacau de Jorge Amado es una conciencia crítica de la incursión desordenada del capital hacia los adentros más inhospitalarios de las nuevas naciones latinoamericanas. Se podrían leer entonces algunas obras del periodo como documentos de denuncia ante el afán frenético de las nuevas formas de explotación privadas y secundariamente contra los gobiernos centrales quienes ignoran apropósito o hacen muy poco para aliviar o al menos aminorar el terrible daño humano y natural que se produce en estos parajes. Sería apropiado recordar entonces el pasaje donde Cova entiende, como nunca había entendido antes, el desamparo de las leyes de su país y el sentimiento de un abandono general de la ley “a esta pobre patria no la conocen sus propios hijos, ni siquiera sus geógrafos.”[3] La producción literaria acerca de la mercancía objetificada sea en caucho, nitratos o granos, no corresponde como quiere especular Carlos Fuentes a una falta de contacto con el norte y sus estéticas modernas, sino que se articula como respuesta a esa misma modernidad capitalista y su ideología desarrollista que necesitaban de la naturaleza Americana, Sur Americana y Africana para seguir expandiendo su sistema reproductivo de acumulación material sin fin.     

En contra de las teorías del marxismo clásico que suponían la fuerza del capital para superar fases feudalistas de organización (adelantando un “progreso” hacia un capitalismo, un socialismo y finalmente un comunismo utópico) lo que han demostrado teóricos tan diversos como León Trotsky y Rosa Luxemburgo en sus ensayos sobre la naturaleza desigual del capitalismo es que éste se puede reproducir en rincones tan diversos del planeta de manera desigual y mixta. De otra manera como sería posible entonces explicar la pobreza innombrable en lugares tan cercanos a la acumulación de riqueza como es el caso de Gales, Irlanda, el Sur Norteamericano, o el Caribe. Además, y para mi aún más importante, este capitalismo desigual y desordenado no requiere una burguesía que lo comande y lo trate de regular.[4] Es decir, éste tiene la capacidad asombrosa de diseminarse por donde sea que encuentre recursos; pero esta diseminación es parcial pues lo hace solo en tanto explotación; las estructuras burguesas y sus ideologías de libertad, comercio libre y desarrollo, adornadas por las libertades civiles con las cuales generalmente se asocian, no lo acompañan hasta las zonas más remotas de extracción -estas han sido amputadas. Lo que leemos en la producción literaria de la época es en parte un documento de denuncia ante las fuerzas del capital en la periferia donde formas de explotación capitalista conviven con otras “pre-modernas” y su brutalidad ante la ausencia de las libertades y protecciones que han sido batalla ganada contra la burguesía se evidencia en la precariedad más atroz de su desamparo.        

Pareciera que La Vorágine entonces constituyera una suerte de refracción literaria que permite otra arista más hacia un entendimiento más amplio del periodo histórico y sus condiciones materiales. Es curioso que en la novela, la selva se objetivisa como ente culpable de la degeneración del espíritu humano, la cárcel verde “trastorna al hombre desarrollándole los instintos más inhumanos.”[5] A la selva se le adjudica responsabilidad por los delirios y los excesos pero lo que en realidad se está argumentando entre líneas es que el aparato económico basado en la explotación humana y natural desmedida es el verdadero generador de las fuerzas oscuras más feroces que dilapidan tanto hombres como hábitats naturales sin misericordia.  Este torbellino hecho de vetas de un destino desarraigado, una naturaleza voraz y una explotación infernal termina succionando como un agujero negro en el espacio vacío la totalidad de la narración.  

En lo que sigue a continuación quisiera estudiar la relación de Rivera como escritor de denuncia con el contexto nacional como nación todavía en formación cuyos límites no eran todavía fijos y estables; además de la relación de esta preocupación con la novela. Así mismo se estudia la relación de las actividades extractivas de la PAC (Peruvian Amazon Company) en tanto entidades productoras de caucho concretas con los poderes políticos más abstractos nacionales e internacionales. Esto, con el propósito de entender porque Rivera dio a su novela esta forma específica tan definida (la huida de dos sujetos del mundo bohemio y pequeño-burgués capitalino) en lugar de recurrir a una denuncia más documental o de método más tradicional como se esperaba de él en el milieu intelectual bogotano.  

En 1922 Rivera era incorporado como secretario abogado de la Comisión Limítrofe Colombo-Venezolana, partiendo con esta comisión en una expedición que lo lleva a la selva fronteriza y a conocer las condiciones de los colonos y el abandono de la región por el estado. Las experiencias vividas por Rivera durante estos meses fueron definitivas para la construcción de un imaginario lo suficientemente rico y vívido que después iba a ser plasmado en su prosa y su poesía. Pero más allá de la experiencia como tal, lo que se sabe de estos meses es que Rivera desarrolla una frustración con el gobierno de Bogota y su lenta y disfuncional burocracia.[6] Eduardo Neale Silva, biógrafo de Rivera nos cuenta que hacia finales de 1922 el desengaño con los procedimientos de la comisión es tal que Rivera decide abandonarla en la mitad de la selva y enrumbarse hacia San Fernando de Atabapo mientras espera ordenes desde Bogotá. Como no recibe noticias de ningún tipo, sigue rio abajo donde se adentra en terreno cauchero y se familiariza con la naturaleza de este mundo.[7] Es durante estos meses que Rivera logra no solo echar un vistazo crítico sobre las condiciones de explotación sino entender las condiciones precarias de las fronteras de su país, pues estas eran bastante ambiguas y parecía en vez de territorio soberano una especie de zona franca donde locales y extranjeros circulaban libremente, muchas veces no del todo ajenos a la industria cauchera. Es tanta la preocupación de Rivera por estas ambigüedades que decide volcar su indignación hacia su antiguo empleador, el estado colombiano, y en una serie de cartas y denuncias, acusa a la administración central de negligencia de sus fronteras.[8]

En una agreste carta publicada más tarde en El Tiempo, Rivera declaraba que los asentamientos militares peruanos en el rio Caquetá y Putumayo “eran un hecho innegable, sistemático y además, endémico.”[9] Sin embargo sus propuestas para aminorar la amenaza Peruana no ofrecen ninguna alternativa novedosa, sino que más bien ensayan las técnicas de construcción de carreteras y emigración interna que eran procedimientos comunes en la época. Los accidentes naturales no son vistos como se ven desde la retórica de Bogotá: oportunidades para el desarrollo de la economía nacional. Al contrario, en su prosa pesimista por ejemplo, el rio Putumayo no figura como una ventana de oportunidad económica para el país sino como una fisura y amenaza a la seguridad del país. Cuando Rivera regresa a Bogotá, se anticipan las publicaciones de sus notas y observaciones geográficas, mapas, datos, acotaciones, todo lo anterior con el fin de articular su denuncia ante las autoridades centrales sobre las condiciones del sur del país. Lo que si no se anticipaba, sin embargo, era la publicación de una novela que salía a la venta en 1924 y que describía la sombría aventura de dos jóvenes bogotanos que huyen de la urbe y terminan siendo “devorados por la selva.”

                  En un ejercicio esplendido de distanciamiento narrativo estratégico, Rivera compone y publica un documento que aunque ficticio le permite denunciar (y estetisar) las practicas más brutales de las que ha sido testigo. El final arrebatador que ya hemos invocado anteriormente no solo traza una línea muy firme que lo separa de otras “narraciones de viaje” tan populares en estas décadas sino que sirve como un J’accuse indirecto a las administraciones centrales quienes hacen poco o nada por adelantar la delimitación del país y la modernización de estas líneas fronterizas.  Así que se podría leer el trágico final de la pareja bogotana en La Vorágine como culpa indirecta de un estado no solo ausente sino muchas veces complicito con la carnicería que Rivera alcanzo a intuir desde cierta distancia.[10]

Pero Rivera enfrentaba también un segundo dilema, pues en este amplio teatro de actores que aparecen y desaparecen y de límites porosos o fluidos no solo se podían distinguir agentes como el estado y las compañías caucheras sino también actores más distantes pero a su vez más poderosos. En este caso es importante recordar el papel que jugaban tanto Inglaterra como los Estados Unidos en el plano político y económico de las jóvenes naciones Latinoamericanas. Tradicionalmente se temía a más al segundo pues este constituía una amenaza real de invasión y ocupación militar. Tras la invasión a México en 1846 y las subsecuentes aventuras militares en el Caribe y Centroamérica, la imagen de los Estados Unidos se había deteriorado rápidamente. Un vecino norteño agresivo e inestable era más peligroso que un imperio naval lejano aunque sin embargo muy presente. Inglaterra por su parte era vista como una mano amiga por muchos gobiernos beneficiados por sus políticas anti-españolas, en términos de créditos, y en el número de concesiones y explotaciones (o “inversión extranjera”) para explorar y extraer recursos naturales. Más si los ingleses eran bien recibidos al principio del siglo XIX, cien años después habían pasado de ser amigables prestamistas a colonizadores y usureros sin par. Su dominio  extendido por todos los continentes representaba entonces una amenaza más bien económica que estrictamente política o militar. Si Rivera apelaba entonces a Inglaterra como la defensora de lo que hoy día conocemos como Derechos Humanos, corría el riesgo de incurrir en un juego moral donde se apela a una nación moralmente superior y se restituye su legitimidad al preformar este gesto.

Acudir a los ingleses hubiera sido una reacción natural durante todo el siglo XIX, pero no en plenos años 1920’s cuando la política exterior inglesa parecía más preocupada en su política económica que en reocupar el lugar anterior de una especie de policía moral del mundo. Después de la Gran Guerra, Inglaterra había renunciado su función moralista debido a presiones económicas de la postguerra y a otras preocupaciones como la reconstrucción nacional, la emergencia del fascismo en el continente Europeo, y los problemas en sus colonias y protectorados; sin embargo, la oficina del servicio exterior inglesa había enviado un investigador “representante consular” a Colombia para indagar acerca de las atrocidades que se habían reportado desde 1909 perpetradas por la Peruvian Amazon Company.[11] El agente, abogado irlandés Sir Roger Casement, quien había estado en África podría atestiguar acerca de actividades similares perpetradas por las compañías internacionales en lugares como el Congo Belga. Casement recopiló una serie de artículos que denunciaban los abusos de la Peruvian Amazon Company ante el parlamento británico. En Colombia, estos reportes fueron publicados por los periódicos nacionales El Tiempo y El Espectador y se convirtieron en debate público tanto en las calles como en los resquicios del poder en Bogotá.[12] El escándalo de las masacres y los maltratos de las caucheras del sur del país no se restringió sin embargo a los debates políticos domésticos sino que adquirió escala internacional; tanto así que hasta el papa Pío X horrorizado por los crímenes en el Putumayo envió una encíclica Lacrimabili Statu (estado lamentable) a los arzobispos y obispos de la América Latina, invitándolos a colaborar con los gobiernos respectivos para poner remedio a “tan monstruosa ignominia y deshonra.”[13] De acuerdo a los estudiosos de la vida y la obra de Rivera, éste seguramente debió estar familiarizado con el debate y el rol que desempeño Roger Casement en “destapar la olla podrida” de la industria cauchera. Lo más intrigante es que Rivera no siguió la narrativa construida por Casement y su equipo investigativo para basar la novela, sino que se apoya casi totalmente en su experiencia y en la tradición oral que recopila mientras viaja por el área y se enfoca -como hemos visto- en la trama que se genera a nivel individuo siguiendo paso a paso las aventuras de los enamorados que huyen de la capital y sus experiencias personales. Rivera no incluye una visión más amplia y total que incluya las causas de la explotación de cierta materia prima en esta región del mundo; ni elabora un documento de periodismo investigativo con el fin de denunciar la explotación en el Putumayo.

Se podría argumentar entonces que Rivera decide no acudir a la figura abstracta del inglés que salva a los nativos de la explotación capitalista para no incurrir en legitimar como se ha dicho anteriormente ese lugar de superioridad moral. Así que –como hemos leído en La Vorágine– Rivera opta por dejar de lado la figura directa del europeo explotador como el causante de un apocalipsis humano y ecológico, en una de las áreas más exuberantes del mundo, para enfocarse en las consecuencias que esta explotación deja en los cuerpos o los residuos humanos expulsados por la máquina de producción cauchera: Clemente Silva y su hijo, Fidel Franco, Helí, el Pipa, Barrera, los indígenas raptados, etc… Además de inscribir la crítica material al modo de producción que succiona la vida de los hombres y de la jungla en el espacio imaginario de la selva colombiana violada e ilimitada, Rivera logra realizar un gesto de denuncia ecológica. Varios son los pasajes en los que se compara el sufrimiento humano de los trabajadores como analogía del sufrimiento de la naturaleza. Recordemos un fragmento de tonos épicos que lamentan el devenir histórico del  “hombre civilizado” en relación a la naturaleza:

El hombre civilizado es el paladín de ladestrucción. Hay un valor magnifico en la epopeya de estos piratas que esclavizan a sus peones, explotan al indio y se debaten contra la selva, atropellados por la desdicha. Desde el anonimato de las ciudades, se lanzaron a los desiertos buscándole un fin cualquiera a su vida estéril. Los caucheros que hay en Colombia destruyen anualmente millones de árboles. En los territorios de Venezuela el balatá desapareció. De esta suerte ejercen el fraude contra las generaciones del porvenir.”[14]   

Se podría argumentar que si el autor de La Vorágine y Tierra de Promisión hubiese querido ofrecer una versión del escándalo en el amazonas más completa se hubiera encontrado inevitablemente endorsando una narrativa que ya se encontraba en entredicho no solo en Colombia sino en otras partes del continente; la mencionada anteriormente que enaltece la tradición de la ley común inglesa y sus esfuerzos humanitarios ejemplares: recordemos que en este periodo cúspide del neo-imperialismo, Gran Bretaña representaba la vanguardia en estos temas.[15] Esta posibilidad de apelar y al mismo tiempo endorsar resultaba inaceptable para Rivera debido a su patriotismo y a sus efectos paradójicos y paternalistas. Rivera entonces se decide por usar una figura proveniente de los jóvenes e irritantes poetas del grupo “Los Nuevos” para llenar el espacio que tradicionalmente les hubiera correspondido a los ingleses. El joven narrador-poeta Cova, es quien servirá a Rivera de voz narradora y personaje. Es también una manera de deslindarse de la ideología cultural que habían sostenido los europeos en las colonias americanas por siglos desde el descubrimiento en adelante. La narrativa que va dibujando los trastornos de Cova está construida con el propósito de desmantelar las estructura ideológicas que habían sostenido la hegemonía económica y cultural inglesa y de paso el eurocentrismo de las elites criollas junto con el trato colonialista y explotativo de tanto la naturaleza como de las civilizaciones originarias. Es decir, Rivera sabe que no puede incluir a los europeos como los policías morales del mundo que rescatan a los nativos, pues este gesto sería contraproducente y reificaria la condición de superioridad moral; tampoco puede expulsar la realidad concreta e histórica de un abuso por parte de los poderes y convertir su novela en una fantasía burguesa escapista donde un poeta y su novia se pierden mientras salen de picnic a las afueras de la circunferencia de la civilización.[16] La solución como ya sabemos los que la hemos leído, es incluir una explotación muy real mas no distraerse en los actores que representan los verdaderos beneficiados de tal actividad; se pudiera también pensar que “la mano invisible” de Smith en La Vorágine permanece ineludiblemente, invisible. Estas fuerzas del mercado nunca son mencionadas en la novela, ni el origen de la demanda por el caucho se asoma en alguna conversación entre los personajes, ni se menciona a algún “gringo” supervisor o gerente sobre la plantación. Rivera, opta, como mencioné anteriormente por usar al poeta-narrador para documentar la terrorífica belleza de la jungla y la violencia como ha quedado inscrita en los cuerpos humanos y en el ecosistema en general.     

El propósito de este ensayo es tratar de localizar las coordenadas políticas y poéticas que sirvieron de plantilla a la hora de ensayar un documento denuncia en forma de novela. Este intento, de por si admirable, -considerando las restricciones tradicionales de ambas formas- no deja de ser tan importante como deslumbrante incluso hoy, a casi cien años de la publicación de la novela. A lo largo de este estudio hemos visitado varios puntos de naturaleza histórica, política, y literaria que nos permiten algunas acotaciones acerca de las interrogantes planteadas al inicio del ensayo. La Vorágine constituye una parte fundamental a la hora de valorar el legado de la narrativa hispánica en la américa del sur. Sin embargo parece que Rivera inició, como todo autor al final, con un cierto objetivo y finalizó con otro; digo esto pues los problemas que se querían abordar fueron varios y las dificultades para hacerlo como ya vimos igualmente múltiples. Pero me queda una duda sobre la intención y la aceptación que el mismo Rivera le hubiera podido ofrecer a su novela, entendiendo que su preocupación era fragmentada. Pues, ¿Cuál era el blanco de su flecha denunciativa dentro de la jerarquía de injusticias esperando a ser reveladas? ¿La falta de límites claros ocasionada por una burocracia centralista pesada y lenta? O ¿Los abusos infligidos a los nativos y a los esclavos importados por parte de monstros como Arana, el gerente de la PAC en Iquitos o el coronel Funes? O ¿El atraco frontal contra la riqueza natural propia del sur occidente del país? O ¿Más bien seria esta simultáneamente una flecha vengativa contra los delirios bohemios del grupo vanguardista “Los Nuevos” en su afán iconoclasta por sacudirse a la generación del centenario? O ¿contra su ex empleador, el gobierno colombiano por permitir el apocalipsis selvático y humano, y declarar la comisión inútil?[17] Yo opinaría que articular esta serie de demandas dentro de una novela hubiera dado como consecuencia dos posibles resultados: un texto de una extensión interminable y al final de difícil digestión (y comercialización, dicho sea de paso) o una novela falaz donde las denuncias y los reclamos son establecidos con claridad y con carácter acusativo pero a expensas del valor estético y la creación de una poética propia. Si criticamos a Rivera por una confusión de prioridades y por la puesta en escena de una serie de reclamos múltiples bajo el signo del narrador desequilibrado y arrogante pues seria para congratularlo pues esa “confusión” cristalizó en un ensayo deslumbrante sobre temas novedosos y pertinentes en su época que incluso hoy nos siguen acechando en un mundo más volcado hacia el consumo y por lo tanto, la producción y la explotación. Esto además de manejar la forma y el lenguaje de manera novedosa e incluyente dentro de la producción literaria y cultural de su época.       

Entonces ¿Cuál es el legado de La Vorágine en vísperas del siglo XXI? ¿Qué podemos entrever, como se intuyen las formas a través del follaje de la selva, en épocas tan disparejas pero tan similares a las cuales Rivera dedicó sus lúcidas lucubraciones? En un mundo donde las fronteras nacionales son cada vez más problemáticas, espacios de reflexión como el que nos ofrece Rivera acerca de estas construcciones modernas son cada vez más relevantes en tanto constituyen muestrarios que permiten repensar cómo funcionan estos límites y nos adentran al estudio de lo que yo llamaría “los límites de los límites.” Es decir, estas reflexiones nos hacen meditar acerca de las naturalezas propias o trascendentes de bordes nacionales o post-nacionales como lo fueron los indefinidos límites de la frontera colombo-peruana o como según varios lo es hoy la frontera entre México y los Estados Unidos. ¿Serian estas áreas limítrofes, (o pos-limítrofes) donde la vida se deja morir sin recurso, el nuevo paradigma de un mundo en transición; transición desde un corpus de leyes hacia otras, una crisis que abandona una legalidad para empezar a utilizar otro tipo de evaluación jurídica acerca de la legitimidad?  Qué pensaría Rivera de las fronteras actuales violadas violentamente por fuerzas invisibles e incluso más poderosas que las establecidas por los preceptos de la soberanía nacional en su día. La Vorágine nos permite adentrarnos hacia ese estado de abandono al cual somos expuestos sin excepción hoy día.

Cuando Cova lamenta la falta de jurisdicción en la ciudad de Manaos y la ausencia del cónsul colombiano -hace casi cien años en su novela-, pareciera que estuviera hablando acerca de la condición contemporánea; bien pudiera ser ese el lamento de cualquiera de nosotros en un orden desordenado y definitivamente post-nacional. Esta condición esta materializada en un régimen donde las leyes han perdido su fuerza y las tecnologías de gobernabilidad -al decir de Foucault- parecen navegar a la deriva en un océano de preceptos biopoliticos. Hoy se puede escuchar el mismo lamento de Cova, no solo en las entrañas de selvas inexploradas sino en el estado de excepción que ha devenido en norma de gobierno global.

Bibliografía       

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Taussig, Michael T. Shamanism, colonialism, and the wild man: A study in terror and healing. Chicago:   University of Chicago Press, 1987.


[1] Carlos Fuentes, La nueva novela Hispanoamericana. (Mexico: Joaquin Mortiz, 1969), 9.

[2] Alonso, The Spanish American Regional Novel, 140.

[3] Rivera, La Vorágine, 195.

[4] En este caso sería importante recordar el ensayo del estudioso Marxista norteamericano George Novack “Uneven and Combined Development in History” New Park Publications: Labour Review. El articulo puede ser encontrado en el archivo digital del autor: “George Novack Archive,” https://www.marxists.org/archive/novack/index.htm

[5] Rivera, La Vorágine, 109.

[6] E. K. James, “José Eustacio Rivera” 397. Cita de Carlos Alonso en The Spanish American Regional Novel, 141.

[7] Eduardo Neale-Silva, Horizonte humano: Vida de José Eustasio Rivera. (Madison: University of Wisconsin Press, 1960), 239.

[8] Alonso, The Spanish American Regional Novel, 142.

[9] Eduardo Neale-Silva, Horizonte humano, 283.

[10] Una excepción notable en la tradición del viaje nostálgico y más a fin con La Vorágine es la excelente novela The Heart of Darkness del escritor Polaco-Ingles Joseph Conrad. Las narrativas de viaje del periodo tienden a ser formuladas alrededor de una partida, un viaje y un retorno a casa. Rivera y Conrad cada uno de manera distinta y combativa redefinen estos patrones circulares ya para esta época institucionalizados en la literatura Europea. Para entender la historia del viaje en la época Victoriana refiérase al libro de Mary Louise Pratt Imperial Eyes: Travel Writing and Transculturation. London: Routledge, 1992.

[11] Eduardo Neale-Silva, Horizonte humano, 283.

[12] Ver de Michael Taussig, Shamanism, Colonialism and the Wild Man: A Study in Terror and Healing. Chicago: University Of Chicago Press, 1991.

[13] Eduardo Neale-Silva, Horizonte humano, 283. La encíclica puede ser accedida en el portal del vaticano, http://w2.vatican.va/content/pius-x/en/encyclicals/documents/hf_p-x_enc_07061912_lacrimabili-statu.html

[14] Rivera, La Vorágine, 170.

[15] Entre muchas otras razones podríamos enumerar el historial algo favorable que se le podía asignar al imperio en el siglo XIX: fue el imperio el que primero abolía el comercio de esclavos en 1833 en sus colonias y vigilaba muy cuidadosamente los barcos esclavistas, generalmente españoles, y portugueses que merodeaban las costas del África occidental; así mismo se pronunció, luego de unas semanas de tentativa, como enemigo de la nueva nación Norteamericana conocida como la confederación de estados Americanos la cual legalizaba e institucionalizaba la explotación de esclavos. Así mismo en su colonia capital, la india británica, la joya de la corona del imperio, los ingleses habían instaurado cortes de ley común donde se trataba de elaborar un sistema de ley civil que fuese compatible con ambas partes involucradas: el sistema de ley comunal indio y la tradición liberal inglesa. Es oportuno recordar el clásico ensayo “Can the Subaltern Speak?” de la pensadora india Gayatri Spivak quien formula su argumento central usando el debate histórico que se genera a partir de la practica tradicional hindú del Satí (en el cual una mujer se inmola en la pira funeraria del marido recién fallecido) y los intentos ingleses de prohibirla.

[16] Debe notarse sin embargo la presencia del fotógrafo francés “Mousiú” Eugenio Robuchon como el único europeo que figura dentro del texto. En este caso, sus orígenes latinos y su labor de documentador de la violencia excesiva de la Peruvian Amazonian Company encajan sin problema en la interpretación que se sostiene en este ensayo. Se contrasta el estereotipo del inglés o el norteamericano como invasor con el del francés como humanista u hombre letrado.  

[17] Eduardo Neale Silva, Horizonte humano, 230.

El peso de la historia en La Vorágine como “documento de denuncia” (Primera Parte)

To fly is to trace a line, lines, a whole cartography. One only discovers worlds through a long broken flight. [1] Gilles Deleuze.

Este ensayo esta delineado bajo dos partes que tratan –aunque inevitablemente se deslindan un poco de sí mismas- de elaborar una explicación histórica aunque también política y estética de los eventos que causaron que José Eustacio Rivera escribiera una novela o documento de denuncia en la manera en que esta se escribió. La primera parte estudia las características propias del narrador-poeta Arturo Cova como figura de capital importancia dentro de la novela. En esta quisiera avanzar contra la corriente crítica que tiende a relegar la literatura previa al boom de los años 1960’s como literatura costumbrista, o intentos apartados y regionalistas que han fallado en construir una identidad que abarque algo más que regiones o identidades locales dentro de las naciones Latinoamericanas. Con este fin hago uso de los juicios valorativos de miembros del boom como Carlos Fuentes y Julio Cortázar para proponer una contra-crítica y tratar de entender y apreciar mejor la herencia de la literatura de la primera mitad del siglo XX. Para esto uso la subjetividad alterada de Cova y propongo que su discurrir no difiere mucho del que escucharíamos de los personajes que se presentarían después en las narrativas más emblemáticas del mismo boom

La segunda parte se centra en un estudio más histórico-político que trata de ubicar a Rivera como escritor con una agencia bien definida pero inmerso en un contexto económico-político bastante singular y por consiguiente restringido. Esta sección conduce hacia una crítica del texto más enfocada en las observaciones que hemos esbozado acerca de la subjetividad de Cova. Es aquí, donde las partes previas confluyen para arriesgar una tesis -que incorpora factores de la economía política y la diplomacia del periodo- que apunta hacia una posible explicación acerca de los interrogantes que se habían levantado anteriormente. Es decir, ¿Porque La Vorágine adquirió la forma que tiene a pesar de haber sido diseñada como documento de denuncia? O ¿Cuáles con las razones que influyeron al autor de Tierra de Promisión para usar a una pareja burguesa capitalina como vehículo de exploración que conduce tanto al descubrimiento propio y personal como al desenmascarar una estructura de explotación con orígenes que trascienden los limites nacionales?

La Vorágine fue escrita en el periodo inmediatamente posterior al boom económico de los años 10’s y 20’s en Latinoamérica. Como sabemos, Rivera era abogado y funcionario del gobierno durante la expedición limítrofe que se encargaba de precisar las fronteras entre Colombia y Venezuela. Tanto los limites porosos e indefinidos de estos países como las leyendas acerca de operaciones monstruosas que extraían caucho mediante la tortura de los trabajadores poblaban el imaginario burgués de las capitales involucradas. La crítica tiende a estudiar La Vorágine como ficción regionalista en conjunción con otras obras de la época tales como los cuentos de Horacio Quiroga quien también supo trasladar el sentido de maravilla y lo sublime de las formaciones naturales de Suramérica en sus textos; Don Segundo Sombra de Ricardo Guiraldes donde el lenguaje modernista se usa como vehículo de documentación; o el clásico de Rómulo Gallegos, Doña Bárbara, obra que también supo evocar la poética de la geografía nacional pero que además la organizo como simbología teleológica comparando paisajes selváticos como espacios de barbarismo y cultivos o plantaciones como espacios de progreso bajo el signo de una ideología desarrollista.[2]

Pero estas expresiones literarias, como arguye Carlos Alonso en su The Spanish American Regional Novel: Modernity and Autochthony han caído en una suerte de desatención por parte de la crítica pues no encajan entre el vanguardismo en la poesía y la nueva novela (boom) Latinoamericana. La razón principal seria porque el nominativo “regionalista” o “la novela de la tierra” han implicado atención a temas regionales y rechazo de las formas literarias Europeas. Durante el boom, estas ficciones fueron devaluadas drásticamente por los escritores asociados con este movimiento literario a tal punto que figuras como Carlos Fuentes y Julio Cortázar no dudaban en rechazar la validez de estas obras como pieza constitutiva de la tradición literaria del continente. Los comentarios de Cortázar son ejemplares: “[el boom] es la muestra de un continente que finalmente encuentra su voz propia” o “¿Que es el boom sino el logro más extraordinario del pueblo latinoamericano en la búsqueda de su identidad y su conciencia?”[3] Alonso intenta revalidar esta corriente estética y formula puntos de tensión en los que el saldo que los escritores del boom o pre-boom tienen con las poéticas telúricas es evidenciado y se configura a veces como puntos de apoyo sobre los cuales varios escritores de la América hispanohablante levantaron sus proyectos creativos.[4]  Mi intención en este ensayo es resaltar algunos aspectos por los cuales obras pertenecientes a este periodo (en particular La Vorágine) deben ser reconsideradas y reevaluadas siguiendo en parte el llamado que formula Alonso y entendiendo algunas características de esta novela como rasgos que prefiguran un registro de lo que se llamaría “narrativa moderna.” Esto, claro está, sosteniendo la imagen de un presente tortuoso siempre presta y atenta en la conciencia mientras se realiza el análisis de la novela; es decir repensando los temas de la narrativa de Rivera dialécticamente entre un pasado muy presente y un presente que no se achica frente al pasado.               

Recordemos que el punto de entrada de La Vorágine es mediado por el escritor y poeta, Arturo Cova, narrador en primera persona (a veces un narrador algo inestable) quien nos adentra y nos guía hacia la vida cotidiana de los llanos orientales colombianos y posteriormente a la selva amazónica del sur occidente del país. Arturo Cova y su novia o compañera Alicia huyen de la ciudad debido a problemas emocionales poco claros en su relación y las consecuencias que enfrentarían si permanecen en Bogotá. Éstos se internan en los llanos de manera un tanto descabellada, una huida que presagia el fatídico resultado del resto de la narración. Luego de algunos días de viaje se adentran al Casanare y se hospedan en la casa de los lugareños Griselda y Fidel Franco. Allí, se inician en su nueva vida llanera: se introducen personajes típicos del campo como el administrador Barrera, quien desde un principio levanta sospechas en nuestro poeta-narrador Cova. Se genera también una tensión debido a las insinuaciones eróticas por parte de Cova hacia Griselda, la esposa de su anfitrión, entre él y Fidel Franco. Más adelante debido a las violentas borracheras de Cova, su inestabilidad emocional y las propuestas de un mejor futuro vendiendo comida en el campamento cauchero (esgrimidas con elegancia por el galán Barrera), Alicia decide marcharse con Griselda en secreto y aventurarse hacia la selva del Putumayo. Naturalmente el resto de la novela se desarrolla como el viaje peripatético de Cova y Franco en búsqueda de sus mujeres y en el caso de Cova de su hijo, pues Alicia había quedado embarazada recientemente antes de partir. 

Arturo Cova absorto en sí mismo como personaje moderno

Mientras que la primera parte de la novela se enfoca en la estadía y el melodrama de esta problemática pareja de citadinos mal adaptados al llano, podríamos decir que la segunda y la tercera se dibujan como plano vertical que desemboca en el vacío del abismo, en las palabras de Cova “a la vorágine de la nada.” Es decir, las partes restantes de la novela constituyen una especia de caída del hombre en todo el sentido de la expresión: la civilización occidental deviene en barbarie esclavista y extractiva, los hombres (a nivel del sujeto) degeneran en bestias de trabajo, los exploradores, Cova y Franco se pierden en la “inmensidad de la cárcel verde”[5] y la selva los debilita agonizantemente hasta el límite de su consciencia. Al contrario de Doña Bárbara novela con la cual se compara regularmente, en La Vorágine no hay un valor de redención pues la naturaleza y el hombre se destruyen mutuamente. No hay armonía en esta relación como la hay en la novela venezolana donde la ideología de un telos trascendente impregna la simbología del relato. En La Vorágine mientras el hombre roba el látex de los arboles la selva le roba de su energía vital y lo desfigura lentamente.

Dentro de esta odisea tropical, Rivera nos presenta a través de Cova, una variedad de personajes que deambulan por estas áreas perdidas y quienes están relacionados de alguna manera con las actividad caucheras de la región. Por ejemplo, encontramos al rumbero don Clemente Silva; también al guía e intérprete Pipa, a la comerciante turca, Zoraida Ayram, y a otros que poco a poco enhebrarán cada hilo narrativo dentro de la trama general de la novela, como ramas que se entrelazan formando el follaje del bosque amazónico. La multiplicidad de caracteres que pueblan la jungla es a su vez, reflejada en una multiplicidad de voces considerable. Una vez inmerso en la selva el discurso (speech) de Cova se fusiona con otras voces que poco a poco se han adentrado en la narrativa.[6] Esta condición indica una suerte de cubismo literario que indica rasgos muy claros de una modernidad presente o al menos surgente en su técnica narrativa.

En un sentido Cova es el héroe propio del romanticismo tardío latinoamericano; en busca del amor ideal que no pudo experimentar. Pero si nos detenemos y estudiamos la trama desde otro ángulo, Cova está muy consciente de su condición solitaria y la dificultad de recobrar el objeto de su melancolía. Es decir es un protagonista muy “moderno” quien lidia constantemente con los tropos más típicos de la literatura modernista emergente. Podríamos agregar que Cova se torna en “héroe” al terminar con la vida de Barrera y uniéndose a Alicia. Pero ésta no constituye una unión espiritual o ideal sino solo un momento fugaz de alegría que precede la continuación de una nueva errancia ahora incluso más angustiosa pues Cova tiene bajo su responsabilidad a su mujer y a su hijo prematuro. Una y otra vez, especialmente desde la segunda parte en adelante, se nos muestra a un Cova absorto en sí mismo y meditativo o turbado y agresivo hacia los demás. En otras palabras, Rivera nos dibuja el perfil de Cova como sujeto típico del modernismo donde rasgos psicológicos confluyen y se convierten en lenguaje alterado a la manera de un stream of consciousness; y factores tan objetivos como los hechos, el tiempo o el espacio se diluyen en la percepción alterada del narrador-poeta.  

Mi sensibilidad nerviosa ha pasado por grandes crisis en que la razón trata de divorciarse del cerebro…mi mal de pensar que ha sido crónico, logra debilitarse de continuo, pues ni durante el sueño quedo libre… en el fondo de mi ánimo acontece lo que en las bahías: las mareas suben y bajan con intermitencia.[7]

Si nos alejamos del contexto y leemos las palabras como tales en una especie de vacío sin ninguna asociación al tema, éstas podrían adjudicarse fácilmente a otros protagonistas de la “nueva novela.” Es decir, las angustias del mismo Cova pueden ser leídas como si salieran de los mismos personajes creados por Carlos Fuentes, Vargas Llosa, o el mismo Julio Cortázar: los autores que décadas después en algún momento imprudente rechazaban todo lo que los precedía y así se coronaban como “el logro más extraordinario del pueblo latinoamericano en la búsqueda de su identidad y su conciencia.”[8] Serviría clarificar que los rasgos de Cova que reflejan un cierto nerviosismo crónico hacen parte de su personalidad como tal y no representan un desmerito para Rivera o su narrativa. Las recurrentes indulgencias de Cova en fantasías desproporcionadas solo revelan una arista más de los recodos que fascinaban a la narrativa modernista en su exploración psicológica del sujeto moderno. Recordemos pasajes como el de la última parte que nos cuenta el encuentro de Cova con su antiguo amigo Ramiro Estévanez donde el ego del poeta-narrador parece crecerse con una inmodestia que roza la arrogancia. Cuando Cova le obliga a Estévanez a preguntarle que lo ha traído a tan inhóspitos parajes, este responde sin dudarlo y con insolencia premeditada: “Me robé a una mujer y me la robaron. ¡Vengo a matar al que la tenga!”[9]

Estos excesos solo nos recuerdan que Rivera resueltamente decidió componer un documento de denuncia múltiple además de exponer las vicisitudes que resquiebran la subjetividad moderna como ya se ha argumentado. Digo denuncia múltiple pues La Vorágine se ha leído como una obra denuncia que no solo narra la historia fatídica de la pareja criolla sino que expone los horrores causados por un capitalismo extractivo salvaje, ajeno a cualquier tipo de regulación en conjunción con el letargoso aparato burocrático central.[10] Desde antes de su publicación, Rivera militó en actitud de reclamo e indignación sobre los abusos que se habían estado reportando desde 1907 como lo recuerda Hilda Soledad Pachón Vargas en su Los intelectuales colombianos en los años veinte: El caso de José Eustasio Rivera. Ese sería entonces el primer caso de denuncia; pero debemos recordar el contexto literario y cultural bogotano para posicionarnos dentro de la constelación de ideas que pudieron cristalizarse en preocupaciones e inquietudes propias del autor huilense. Como reacción a las corrientes poéticas modernistas que dominaban la producción literaria de la capital alrededor de las fechas que marcaban el aniversario de la independencia del país, una nueva vanguardia irrumpía en el paisaje cultural burgués de la ciudad y expresaba inconformidad con las normas estéticas predominantes. “Los nuevos” como se autodenominaron representaban un vanguardismo e irreverencia en momentos que se respiraba un ambiente academicista y nacionalista debido al aniversario de independencia. Integrados bajo el influjo de José Enrique Rodó, con su obra Ariel, combatieron la política exterior de Teodoro Roosevelt, y promovieron la unidad latinoamericana. A algunos de sus miembros los animaba el socialismo, a otros los entusiasmaba el anarquismo, aunque en el fondo todos avalaban las ideas liberales. Así, conformaron un grupo que gustaba de mostrarse irreverente contra la llamada “Generación del centenario” y vivía en una atmósfera ligeramente bohemia.[11] Ante la irrupción de tales vanguardias iconoclastas, podríamos decir que Rivera ciertamente responde localizando en su protagonista -el narrador-poeta Arturo Cova- al típico “novista” que expresaba en su poética una falta de interés en el patrimonio cultural nacional y pregonaba por las calles y los cafés de la capital una atracción por la audacia verbal y la agilidad de expresión. Tal vez a su manera, Rivera extrae una especie de venganza al crear un personaje trágico inspirado en estos jóvenes e imprudentes poetas quienes han cultivado una arrogancia capitalina y una falta de mesura deplorable. Esta sería entonces la segunda parte de su denuncia: el emitir una advertencia a los nuevos poetas que se rebelan contra las instituciones literarias y estéticas presentes. Releyendo los soliloquios de Cova es difícil no imaginar que Rivera se basara en las muchas conversaciones afectadas por el esteticismo de “Los nuevos” que tal vez debió escuchar mientras cursaba sus estudios de derecho en la Universidad Nacional.           

Regresando al texto me gustaría estudiar otro pasaje nos revela aún más el carácter alienado e introvertido de Cova. En el trance de sus episodios febriles, Cova se pregunta irónicamente, “¿Cual es aquí la poesía de los retiros, donde están las mariposas que parecen flores translucidas, los pajaros mágicos, el arroyo cantar? ¡Pobre fantasía de los poetas que solo conocen las soledades domesticas!”[12] El discurso indica que en realidad él conoce las soledades verdaderas; las que atormentan cuando se está separado de su amada o perdido en sí mismo o lejos de la comunión con el prójimo. Incluso cuando está junto a Alicia, Cova recae en su discurrir existencial: “¿Qué merito tiene el cuerpo que a tan caro precio adquiriste? Porque el alma de Alicia no te ha pertenecido nunca… te hallas, espiritualmente, tan lejos de ella como de constelación taciturna que ya se inclina sobre el horizonte.”[13] El discurrir de Cova perdido en la selva no parece muy lejano al quejido que emitirían los protagonistas de la nueva narrativa hispanoamericana. Pudiera ser ciertamente el monologo de Cova pero también de un Artemio Cruz o un Aureliano Buendía, solo e incapaz de experimentar afecto.       

Haciendo uso del relato en primera persona de Cova alternado con el uso frecuente de largos párrafos articulados como discurso indirecto libre, Rivera presenta una serie de aventuras y anécdotas que se relacionan con los extremos a los que tiende a caracterizar la industrial cauchera en la región. Los personajes también se van encargando poco a poco de delinear los maltratos y las heridas que el comercio del caucho ha dejado en sus vidas. Se nos narran episodios de violencia horrífica que usualmente involucran a los capataces y administradores de las plantaciones perpetrando torturas indescriptibles contra los trabajadores del caucho quienes en su mayoría son habitantes originales del área o indígenas raptados de sus comunidades.

Lo que este breve repaso nos indica entonces es que en La Vorágine ya se despuntan rasgos de eso que Fuentes llamaba “la nueva novela Hispanoamericana.” Es decir acá figura claramente el protagonista como carácter alienado por la cultura del capitalismo monopolístico y por su propia consciencia existencial. Además de retratar sus personajes como subjetividades complejas e impredecibles, Rivera utiliza técnicas que no son ni provinciales ni poco sofisticadas: a través del texto se encuentran yuxtaposiciones de personajes, de lenguajes bellos con aspectos grotescos que evocan por ejemplo pasajes de El Señor Presidente de Miguel Ángel Asturias, además de las recurrentes digresiones de Cova poblabas por lucubraciones liricas que se intercalan con el discurso y el habla propia de los llaneros, los habitantes de la selva y los comerciantes de caucho. Estas estrategias narrativas construyen una suerte de plano polifónico donde el texto parece cambiar de dimensión o de modalidad cada vez que una intervención modifica la plasticidad del lenguaje y enriquece el entramado narrativo. Ante estas complejidades, y las técnicas experimentadas por otros escritores contemporáneos de Rivera, las anotaciones mencionadas de ciertos miembros del boom parecen cada vez más desafortunadas.      

También debemos recordar que el vocabulario específico de la novela resalta su modalidad discursiva de especialización y le terminología inmanente. La Vorágine repite un gesto observado en novelas del modernismo: la creación de un espacio de lenguaje autosuficiente que refleja la especialización del autor por un tema definido y su característica como documento de denuncia. Es tal vez la intención predominante de Rivera de crear esta suerte de denuncia la que lo obligó a dedicar considerables energías en la tarea de recrear la selva y que llevó también a escritores y críticos a formular sentencias poco favorables como la de Carlos Fuentes acerca de literatura y naturaleza.

En la tercera y última parte de la novela se nos narra la llegada de Cova al campamento, su venganza contra Barrera y su encuentro con Alicia y su hijo recién nacido. También es allí donde se nos revela en un gesto meta-literario (que parece querer cobrar distancia del autor) que Cova ha estado documentando su odisea amazónica en un “libro de caja” durante todo el trayecto. Pero aquí no termina la novela, porque poco se sabe de lo que “realmente” ocurre con Cova y su familia. Lo que sobrevive es el diario que se ha escrito en el libro de caja que es en realidad el libro que sostenemos en nuestras manos. El libro es así mismo el diario pero adornado por dos para-textos que enmarcan y ofrecen un distanciamiento del manuscrito mismo. El prólogo y epilogo que demarcan el diario de Cova son firmados y atribuidos al propio José E. Rivera por el mismo y dirigidos al cónsul de Colombia en Manaos, Brasil agregando que nadie ha podido dar con el paradero de los perdidos y concluyendo con algo de frialdad: “¡Los devoró la selva!” Podríamos agregar que La Vorágine es mucho más que  una novela de la tierra. Tal vez constituye un enlace de importancia capital en el devenir del corpus literario de Colombia y de la región pues las semillas de propuestas tan diversas como Cien años de soledad o Los Pasos Perdidos se pueden localizar entre las experiencias de Cova y la perspicacia de Rivera para narrar y traducir la experiencia vivida al texto.  


[1] Gilles Deleuze, Dialogues (New York, NY: Columbia University Press, 1987), 36.

[2] Gerald Martin, Journeys Through the Labyrinth (London: Verso, 1989), 49. En este sentido sería interesante pensar periodos de la tradición literaria suramericana o latinoamericana como intentos por estudiar el paisaje sublime o lo sublime latinoamericano. A mi saber no existe aún una recopilación que analice tales tropos desde la perspectiva fenomenológica propuesta por Emmanuel Kant y Edmund Burke. Para un análisis pictórico de lo sublime dentro de la plástica norteamericana del siglo XIX ver American Sublime: Landscape Painting in the United States 1820-1880. Para una ilustración desde teorías culturales y arquitectónicas de las construcciones paradigmáticas norteamericanas como represas, rascacielos, las líneas del ferrocarril o las ciudades electrificadas de principios de siglo ver el excelente estudio de David Nye American Technological Sublime.

[3] Idelber Avelar, The Untimely Present Postdictatorial Latin American Fiction and the Task of Mourning. (Durham, NC: Duke University Press, 1999), 35.

[4] Carlos J. Alonso, The Spanish American Regional Novel: Modernity and Autochthony. (Cambridge: Cambridge UP, 1990), 41.

[5] José E. Rivera, La Vorágine. (México D.F.: Editorial Porrúa, 2004), 79.

[6] Recordemos el análisis que estudiamos hace algunas semanas donde la crítica Sylvia Molloy argumentaba una suerte de contaminación narrativa al reflexionar sobre la mutación que sufre el estado de ánimo y la conciencia de Cova como refracción dentro del orden de lo lingüístico. Sylvia Molloy “Contagio Narrativo y Gesticulacion Retorica en La Voragine” Yale University Press: Revista Iberoamericana 53.141 (1987): 745-766.

[7] Rivera, La Vorágine, 39.

[8] Avelar, The Untimely Present, 35.

[9] Rivera, La Voragine, 177.

[10] En este sentido La Vorágine constituye un ejemplo de literatura denuncia como lo fue alrededor de la misma época el best-seller The Jungle (1906) de Upton Sinclair donde el autor norteamericano revela las condiciones deplorables de la actividad carnicera y su empacamiento industrial. La lectura de La Vorágine como documento de denuncia ha sido propuesta por el crítico Carlos Alonso en su The Spanish American Regional Novel: Modernity and Autochthony. Entender La Vorágine como documento de denuncia creo yo constituye un gesto dialectico en sí mismo: al leer la narrativa como ataque a las autoridades nacionales se potencializa la capacidad transformadora social de la literatura (recordemos que las narrativas antiesclavistas de mitad del siglo XIX como por ejemplo Uncle Tom’s Cabin de Harriet Beecher Stowe tuvieron un impacto tan profundo en las clases letradas antiesclavistas de Nueva Inglaterra y Londres como para poner suficiente presión pública sobre las instituciones y declarar la prohibición de la esclavitud en los territorios de la corona -hasta el presidente Abraham Lincoln al conocer a la autora H.B. Stowe le pregunto con simpatía “So this is the little lady who started this great war”? Así mismo el entender la literatura como herramienta de denuncia y cambio social puede correr el riesgo de prestar demasiada atención a los eventos sociales y políticos relevantes. Conllevando a descuidar la búsqueda y perfeccionamiento de la estética y un espacio de discusión propicio sobre temas más abstractos de corte filosófico o teológico.          

[11] Antonio Gómez Restrepo, Historia de la Literatura Colombiana. (Bogotá: Ministerio de Educación Nacional, 1956), 38.

[12] Rivera, La Vorágine, 149.

[13] Rivera, La Vorágine, 8.

Literatura como cuerpos y ensamblaje

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¿Qué es la literatura? ¿De qué está hecha? O en otras palabras, ¿qué entendemos por literatura? ¿Un cuerpo de novelas, cuentos y poemas? ¿Una disciplina que nos obligan a tomar en el colegio o en la universidad? ¿Acaso un lugar que asociamos con tedio y libros en desuso? ¿Qué son las novelas? ¿Qué son los poemarios hoy día especies casi en extinción?

Una manera de contestar es proponer de entrada que la literatura como cualquier objeto en el mundo (post)moderno en que vivimos responde a algo que se puede juzgar desde la ciencia de lo útil y lo real. Una respuesta utilitaria propone un objeto intercambiable de mutuo beneficio: yo recibo un cuerpo –el objeto de arte, el libro- a cambo de otro –el equivalente general, i.e., el dinero-. Una explicación que satisface a los deterministas económicos. Contra esta visión de intercambio racional basado en las conveniencias y los intereses hay una línea Batalliana tal vez más interesante que traumatiza esta coherencia de la vida como mecanismo perfecto: la naranja mecánica, el reloj, la maquina donde todo funciona a la perfección -la metáfora ya la conocemos.

Esta línea enfatizaría el acto del gasto: el dar solo por dar, el dar como el diferencial entre otros seres y uno como ser humano. El gasto de los recursos, el gasto de la energía en placer violento, dolor, poesía. ¿A qué campo podríamos adscribir lo que entendemos por literatura? ¿A una mercancía más donde solo lo real, lo usable y lo útil tienen carácter serio? ¿O a el gasto por y en si mismo? Un gasto que no tiene limites y que nos recuerda que la vida es toda gasto más allá de sobrevivencia. ¿Estamos en facultad de elegir acaso, o mas bien nos vemos limitados a las lógicas del capital y el uso puro lo útil como limite máximo de la vida? O, en general, ¿Tenemos acaso escape de una vida enmarcada y regulada solo en función a lo útil, de lo que sirve? Será que Michael Taussig está en lo correcto cuando argumenta que, “nunca estamos en derecho de preferir la seducción, que de hecho, la verdad tiene todo derecho sobre nosotros.” Sin embargo agregando que aún así “hay que responder a algo más fuerte que todo derecho, algo imposible a lo que accedemos solo olvidando la verdad de todo derecho, solo aceptando desaparecer.” (The Devil and Commodity Fetishism in South America), 259.

¿Qué es entonces la literatura? Una mercancía que responde al capital o un espacio de despilfarro y gasto por el gasto mismo? La respuesta mas fácil y tal vez menos interesante es la repuesta del sentido común, la respuesta que escucho a mi alrededor: la literatura es ambas cosas, un poco de mercancía comodificada y un poco de exceso. Hay algo que siempre me molesta de las síntesis facilistas. Hay una pereza intelectual digamos en sumar y no problematizar que el resultado de esa suma tal vez esté impregnado de contradicciones e ideas no pensadas a cabalidad. También me desanima la respuesta en binarismo: o la literatura es objeto medido solo por el valor de intercambio o solo historias dramáticas de muerte y exuberancia.

Si para algo servimos los profesores de literatura hoy día es tal vez para atacar y escapar el perímetro conceptual, epistemológico, político del binarismo… de todos los binarismos. No hacerlo equivale a hacer una reversión sin desplazamiento, es decir movernos sin movernos. Argumentar si avanzar.

¿Entonces que es la literatura?

En palabras llanas la literatura son cuerpos, muchos cuerpos (papel, tinta, hojas, ideas, revisiones, pasiones, traiciones, todos los defino como cuerpos) encerrados por otros cuerpos más grandes: ojos, cerebro, lenguaje, sociedad, normatividad, economía libidinal, sistemas.

Pero mas allá de estas partículas que serian las partes mas básicas, la respuesta corta es esta, la literatura son historias y las historias están hechas de cuerpos y partes, y estas a su vez, se enganchan en otros ensamblajes que forman y toman prestado de la experiencia misma.

Las novelas y cuentos que algunos inspeccionamos con curiosidad (y otros mantienen en cuarentena de por vida!) son nosotros mismos, la vida en toda su inmanencia que no es representada, sino mas bien -al decir de Vargas Llosa, presentada. La vida es la literatura: una maquina compuesta de partes que anda para bien y para mal, hasta que como toda maquina se descompone. Cuando se descompone parcialmente entendemos de repente que todas sus partes son dependientes entre si y de otras, se nos llama la atención como argumentó Heidegger a el rompimiento de la maquina como momento donde lo anterior se evidencia y nuestra dependencia de esos funcionamientos también. Cuando ésta, por el contrario, se descompone totalmente, cesa de funcionar como nuestro cuerpo mismo y previene todo devenir.

La literatura en otras palabras somos nosotros, y nosotros somos la literatura. Ignorarla o desdeñarla, es hacernos un desfavor y tal vez dejarnos conducir con más docilidad por el camino de lo meramente útil, lo provechoso y en su ultimo grado lo transformable en capital; es vivir dentro de la animalidad, subyugados (más bien esclavizados) al trabajo y sujetos a los instintos que determinan la vida animal.

Cuerpos. No solo son el cuerpo humano o el cuerpo animal. Los cuerpos pueden ser partes, símbolos, cuerpos de agua, el cuerpo estudiantil, el cuerpo del delito, el corpus y las demás metáforas que naturalizamos y repetimos sin reflexionar. Nuestro pensar tiene que salir del esquema de estructuras, de ramificaciones y de binarismos. En palabras de Deleuze y Guattari “Estamos hartos de los arboles!” El cuerpo atraviesa como un espectro y deviene en historias, las historias mismas devienen en cuerpos. En algo parecido pensaban estos teóricos cuando nombraron el rizoma. Lo que encontramos es una transgresión. Este desplazamiento tal vez es al que aludía Taussig siguiendo a Bataille. En otras palabras, la literatura, -las historias seria mejor decir- es ese responder a algo mas fuerte que no repara en derechos, la literatura son las historias que nos hacen y nos deshacen solo cuando olvidamos que somos literatura, que somos historias, cuando nos sentimos más cerca al libro y sus ideas, que a nuestro alrededor. La literatura va mas allá de su medio o de su contenido para para contarnos, en el sentido transitivo de contarnos algo, como en el sentido reflexivo de contarnos a alguien. Tal vez hablamos de lo que queda de nuestro devenir como protagonistas futuros y lectores pasados.

 

Crónica de un encuentro con el otro.

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En diciembre de 2018 hice un viaje a Colombia. Visité Bogotá, Bucaramanga, y mi pueblo, Barichara. Generalmente viajo ligero de equipaje, pero esta vez llené mis valijas de donaciones: ropa nueva, usada, y útiles de aseo. En vez de llevar regalos y botellas de champan como hace un año, esta vez decidí recolectar donaciones para llevar a los refugiados venezolanos que caminan las carreteras de Colombia huyendo del desamparo.

Mi profesión es enseñar español en Vancouver, Canadá, y gracias a eso, entro en contacto con personas de toda clase y edad a los que lo único que los une es un esfuerzo básico de mejorar su idioma. Pero en ellos encontré apoyo para hacer esto posible. Les comenté sobre la crisis venezolana, sobre los caminantes y les dije que iba a llevar lo que pudiera. Su respuesta fue inmediata: algunos me trajeron bolsas llenas de ropa usada o nueva, otros llegaron con utensilios de aseo recién comprados, y los últimos, se manifestaron con billetes de 20 dólares unas horas antes de partir. Un amigo, casi siempre rezagado, logró hacerme llegar un envío de dinero, su pequeña donación, a Colombia sin condiciones: lo podía convertir a pesos, o si no me daba tiempo, convertir en cerveza y bebérmelo a su salud (!).

Una vez en Bucaramanga, mi padre me ayudó a planear todo. La entrega era algo difícil, no tanto por la logística sino por la naturaleza misma de propiciar esta reunión. Se trata, ni mas ni menos, que de buscar un encuentro con el Otro que ocurre de manera inmediata, sin advertencia y en el cual, tanto uno como el otro, estamos expuestos a cualquier cosa, cualquier evento. La contingencia llena esos primeros segundos de contacto. Uno no sabe muy bien cómo va a ser recibido. ¿Acaso con sospecha, con ligero resentimiento, con envidia disimulada? O tal vez con llantos y miradas perturbadoras. El otro también tiene que abrirse a un contacto que no ha anticipado y para el cuál no se está nunca completamente preparado. Pensaran tal vez: ¿Quién es este tipo? ¿Qué quiere? ¿Qué tanto puede ayudar y cómo me presento ante él; apelando a sus emociones, pidiendo acaso más de lo que nos a traído? ¿O aceptando mientras rechazo el hecho y el momento de pedir, especialmente cuando se trata de pedir lo mínimo: alimento, ropa, un poco de dignidad? Para mi, la pregunta era muy sencilla, ¿Cómo aproximarse a un refugiado? ¿Cómo presentarse sin ocasionar una mayor vergüenza en el otro?

(Claro, uno los ve como refugiados, es imposible verlos como otra cosa, pero debemos intentarlo. Son refugiados y se presentan ante uno y la sociedad como tal, pero sabemos -aunque no lo reconocemos a menudo- que son personas, con subjetividad, con agencia moral y facultades propias. Son, o eran, miembros de comunidades, de grupos, de familias, con personalidades diferentes y con profesiones diferentes, con virtudes y vicios, nunca se veían como refugiados y creo que nunca imaginaron convertirse en uno.)

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El encuentro y  sobretodo la anticipación inmediata evoca ansiedad, y esto va para todo tipo de encuentros, claro está. Este tipo de afectos (ansiedad, miedo) invaden los cuerpos en micro segundos y mutan tan rápidamente como uno puede percibirlo. Esta tensión que las dos partes experimentan puede devenir en un mal encuentro o en un buen encuentro. Afortunadamente, el ingenio de mi padre con las palabras y los gestos ayudaron a resolver un poco la tensión ocasionada por aquellas improvisadas reuniones. Su facilidad para des-tensionar el ambiente usando claves rápidas y amables, lanzando chistes, simplemente improvisando, fue clave para construir un momento de confianza y lo que es más importante, enmarcar el acto de donar comida y vestido (quizás un momento delicado e incómodo) en algo un poco mas llevadero. Un momento para recuperar su humanidad, para dejar de ser solo recipientes de comida (animalidad) y reasumir una humanidad expresada en lo mas básico: un minuto donde se permiten volver a ser humanos,–a ser ellos, y no solo refugiados– a través del humor, solidaridad, un instante, tal vez unos segundos no más, de risa entre la tragedia, de fraternidad entre la indiferencia general, una comunión entre personas, efímera pero sencilla, acaso honesta.

Las entregas eran planeadas por mi padre quien conoce los puntos donde los refugiados se congregan. Estos puntos, un parque, una esquina, una arboleda, regularmente cambian, debido a que la policía continuamente prohíbe la formación de grupos allí. Hicimos 3 entregas, dos a las 6 de la mañana y una por la tarde alrededor de las 5 pm. Él también sugirió empacar la ropa en bolsitas y agregar algo de pan, huevos hervidos y dulces (como su contribución personal). En cada una repartimos ropa, comida y elementos de aseo, y en cada una vimos los mismos rostros cansados, golpeados por el sol, y la fatiga. Unos venían de Barquisimeto, otros de Mérida. Era difícil averiguar más sobre ellos. Mi papá siempre con mas soltura que yo, lograba hacerlos hablar o mejor, formar un momento de confianza para que dijeran algo de si mismos, así fueran conversaciones cortas, pero eran generalidades: cuantos venían, de donde venían, cuantos había en un grupo. Siempre encontrábamos familias, niños, ancianos. Pero una vez completábamos la entrega y nos veíamos con las manos vacías decidíamos despedíamos. Parecía que era el momento menos imprudente para terminar nuestro encuentro: tal vez unos minutos más y se disgregarían, todo empezaría a perder sentido, nos haríamos menos visibles y tal vez hasta incómodos. Siempre es difícil encontrar el segundo perfecto para decir adiós.

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Lo que si sabíamos es que si se mostraban consternados o parcos, no era por gusto. El viaje debía haber sido épico: atravesar países a pie no es poco admirable. Para llegar a Bucaramanga desde cualquier punto de Venezuela, ellos tenían que atravesar la Cordillera Oriental de Colombia, el sistema montañoso mas extenso del país. Antes de descender a Bucaramanga que está a unos 700 msnm, y se mantiene sobre los 20 grados centígrados, habrían culminado a fuerza en el Páramo de Berlín, en un punto llamado el Picacho a 3300 msnm, y que rodea los 10 grados solo para entonces iniciar el descenso a Bucaramanga. Es decir, se habían enfrentado en la misma tarde al frío del páramo y al calor de Bucaramanga, usando una carretera transitada por camiones de carga pesada, con tramos muy difíciles de curvas cerradas de herradura y con muy pocos lugares para comprar hidratación y comida. A esto, agreguemos la niebla de la alta montaña, en algunos tramos tan espesa que la visibilidad llega a ser de solo unos cuantos metros lo que significa un verdadero peligro cuando se comparte la carretera con camiones, autos, niños y ancianos.

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Para poner las cosas en perspectiva hay que recordarle al lector las dimensiones de las distancias de nuestros países. Aquí no estamos hablando de recorridos amenos por la campiña. Su recorrido en Colombia por lo general se inicia en el calor de Cúcuta, cruce de frontera, a 320 msnm; luego ascienden al Picacho, y bajan en pocas horas a las tierras cálidas de Bucaramanga. La travesía es tan extrema que en este trayecto, para la fecha, ya han muerto 17 caminantes venezolanos. Esto es en Colombia solamente, hay que recordar que para llegar hasta la frontera en Cúcuta desde Mérida tienen que recorrer en bus o a pie 240 kilómetros y desde Barquisimeto, 600 kilómetros.

Dicen que la épica es el genero narrativo que trata sobre las hazañas de un pueblo o también su nacimiento como unidad. La travesía de estos caminantes no solamente cuenta hazañas y revela su bravura sino que da nacimiento a una nueva comunidad, a un país disgregado, acaso imaginario, sin limites ni fronteras, una comunidad fluida pero en la vanguardia de nuestra condición pos-nacionalista o pos-socialista en la región. Su andar es su nacimiento, su formación, ya no solo son venezolanos, ni refugiados, son algo más que se escapa a toda definición totalizante. Los israelitas deambularon 40 años en el Sinaí, tiempo necesario, según los estudiosos de la Biblia, para acabar con una generación mezquina e idolatra. Los caminantes venezolanos están forjando a cada paso, una nueva comunidad marcada por la dificultad pero también la solidaridad, la empatía, y el esfuerzo.

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Nuestras entregas, como casi todos los eventos en la vida, fueron fugaces: en un par de días logramos deshacernos de las donaciones con facilidad. Siempre sorprende cómo objetos tan sólidos y pesados como mis maletas llenas, pueden desintegrarse en minutos: 46 kilos no son mucho para un millón de almas.

Al final se hizo algo, no mucho… pero algo. Creo que ese es el imperativo ético en cualquier encuentro con el desplazado, el refugiado, el vagabundo, o como quiera llamársele. Dar algo de uno, así sea poco y aparentemente insignificante, sin esperar nada a cambio, ni siquiera el agradecimiento del otro. Los hispanoamericanos tenemos un proverbio: “Hoy por ti mañana por mí.” Acá creo que se predica la ayuda desde la reciprocidad y la contingencia que marca nuestras vidas. Pero igual hay cierto sentido de ayudar desde el egoísmo. Algo así como, “ayudar hoy porque mañana me van a ayudar a mi.” Si el refrán lo impulsa a usted a dar, enhorabuena. Adelante. Por mi parte preferiría suscribirme a un concepto de ayuda desinteresada, total y anti-egocéntrica. Que quede claro, esto es solo una aspiración e ideal ético, no un mandato, ni una moralización sobre el dar.

Por otra parte, sobre mis estudiantes aprendí que la gente puede ser sencillamente buena; que cuando pueden ayudar, ayudan, y que si alguien facilita el realizar esa ayuda, están dispuestos a colaborar incluso más de lo que creen. Tengo que aclarar que todo esto fue mas bien un impulso mío, causado por seguir la política y la realidad venezolana contemporánea y tal vez por mi propia experiencia como asilado en Estados Unidos, algo ideado en el momento (unas semanas antes de partir) y sin mucha planeación. No hice mucha campaña, en otras palabras.

Esta experiencia sirvió para recordarme la facilidad y disposición que existe dentro de nosotros para ayudar, para empatizar y actuar, así sea de manera modesta. También, te lleva a imaginar el impacto que pueden tener estas acciones cuando son llevadas a cabo en masa (100 en lugar de 10). Uno, como individuo, como grupo, (o tal vez como individuo vuelto grupo) puede empezar a mover la sociedad, a mover la historia.

En mi vuelo de regreso a Canadá pude ver La Maleta Mexicana, un documental sobre la experiencia de los republicanos durante la Guerra Civil Española (1936-1939), sus derrotas, las batallas, las caminatas interminables, su detención en la frías playas francesas y el desahucio casi total que sufrieron en esos años. El documental rastreaba el paradero de un equipaje lleno de rollos fotográficos sobre la guerra que fue a terminar en México. Seguía el itinerario de la maleta trazando paralelos entre ésta y los miles de refugiados españoles que encontraron un hogar en México, una ayuda en sus palabras “abierta, directa y sin condiciones.” Los mexicanos y el gobierno de Lázaro Cárdenas, nos recordaron que todavía quedaba un vestigio de humanidad en un tiempo marcado por el salvajismo etnocéntrico Europeo por una parte y el interés propio de Los Aliados por la otra. Una lección en hospitalidad para los colombianos, los españoles, los mexicanos pero sobretodo para los habitantes de los llamados países ricos.

Al final, arribé a Vancouver con 2 maletas mucho más ligeras, con muchos deberes pospuestos y, como todos al final, con la ansiedad de iniciar un año y no estar a la par de las expectativas propias y ajenas. Acá, en el Norte Global, la necesidad no cobra la forma de necesidad material como es el caso en nuestros países, sino mas bien de pobreza espiritual, emocional y afectiva. Habrá en mi algo de satisfacción, no tanto por celebrarme, sino por haber podido propiciar esos buenos encuentros, alentar -con lo material- el espíritu de otro. Otro que es como yo, sin más ni menos méritos, sin más ni menos cualidades.

Antes que anochezca

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“Nunca he podido comprender muy bien la locura, pero pienso que las personas que la padecen son una especie de ángeles que no pueden soportar la realidad que los circunda y de alguna manera necesitan irse hacia otro mundo.”

Primero que todo hay que decir que Antes que anochezca de Reinaldo Arenas es un relato mesurado a pesar de tanta maldad impuesta sobre el autor. En la primera mitad del relato hay mucho erotismo marcado por lo anecdotario, el humor y los chismes literarios de una isla donde siempre se sabe lo que pasa, como pueblo de provincia. La segunda mitad, desde el apartado (la cárcel) del Morro el relato es una secuencia de maltratos y el tanteo de los límites de lo humano, el lenguaje, y la resistencia física. Lo mas admirable es el tono que emplea Arenas para relatar las barbaridades que cometían contra él. Hay sin embargo algunas ideas de ambas partes que quisiera recopilar -mas para mis propósitos, no olvidarlas, repasarlas, ensayarlas con otras líneas- que para idealizar o enaltecer principios.

Hacia la mitad del libro cuando Arenas nos cuenta sobre la sexualidad que se vivía en la cárcel, un presidiario es asesinado por acostarse con alguien mas y despertar los celos de su amante. Arenas dice: “le salió cara aquella salida” o algo por el estilo. Después agrega, “todo placer sexual sale caro al final,” a él lo encarcelan en el morro y lo ultrajan de cien maneras por años por vivir una sexualidad sin muchas reglas, pero para los que vivimos otras vidas menos accidentadas que la de Arenas la frase también resuena. Ser infiel puede costar humillaciones, aislamiento y estigmatización; así mismo, pasar fornicando con otros por solo placer de vivir puede conducir fácilmente a celos de terceros, a contagiarse de alguna enfermedad de por vida o a la muerte.

En fin, el sexo es caro, y en Antes que anochezca se paga de varias maneras: embarazos no deseados, abortos, depresiones, o simplemente soledad. Si este ejercicio de la sexualidad se desvía de las normas de lo heteronormativo el precio, como hemos leído en sus memorias, es aun mayor. En una de las visitas de su madre a la cárcel del Morro, Arenas describe la vergüenza que su madre lo viera en aquellas condiciones y su preferencia, al menos en su caso, de tratar de vivir lejos de ella. “Tal vez todo hijo debe abandonar a su madre y vivir su propia vida. Desde luego son dos egoísmos en pugna: el de la madre que quiere que seamos de acuerdo con sus deseos y el nuestro queriendo realizar nuestras propias aspiraciones.” En cierto sentido esa frase alberga algo (emoción, sentimiento, afecto) que subraya toda relación entre madre e hijo. “Dos egoísmos en pugna,” son naturalmente dos egoísmos enfrentados, pero también se entienden como dos egoísmos en continuo castigo, o condenados, impugnados. Es decir, en esta relación, los dos están sentenciados a vivir una línea de escape que no puede nunca ser la que el otro espera de nosotros, y viceversa; pero además uno esta condenado a recibir falsos elogios, alientos y aprobaciones que las dos partes al final entienden que posen pequeñas fugas dentro de su operación afectiva: no hay elogio sin su contraparte -aun mismo pequeña y escondida pero presente- que desbarata el enunciado y su efecto en el otro, y así con el resto de gestos que siguen líneas parecidas. Al final son condenas sin escape, sin fuga: uno no puede “des-hijar” un hijo o “des-madrar” su madre, por mas que quiera, es imposible dejar de ser hijo de la madre así se produzcan cien pronunciamientos hacia este propósito. No hay escape de esta relacion, ni tampoco redención.

En otras ocasiones Arenas describe con admirable sencillez eventos vividos en su propio cuerpo que sobrepasan la imaginación de cualquier lector y ciertamente la tenacidad para sobrellevar ese tipo de vida sin echarse a morir. Intenta de salir de la isla nadando en una goma de auto, cruza ríos infestados de caimanes para alcanzar la bahía de Guantánamo, escribe novelas para luego descubrir que cientos de hojas de manuscritos han sido destruidas, la delación inesperada de amigos y compañeros, las condenas en el Morro, en los campos azucareros, en otras cárceles, las torturas, los intentos de suicidio fallidos… Arenas cuenta todo esto usando un tono limpio, con palabras llanas y sin detenerse mucho en elucubraciones existenciales. Este es uno de sus principales aciertos.

Podría rescatar decenas de vivencias pero poco valor tendría recopilar una suerte de inventario de lo ajeno. Lo que si me gustaría hacer es anotar la belleza de esta sencillez y la percepción de Arenas para notar cosas que se escapan a primera vista sin entrar en oscurantismos ni discusiones de mas. Alguna vez Arenas narra como el erotismo y la ternura pueden cohabitar en un cuerpo que administra violencia de manera innecesaria contra entidades aparentemente secundarias y de todas formas inocentes: un día Arenas, caminando por la playa hace amistad y se acuesta con un chico que conoce allí mismo, el bello joven había cazado un cangrejo y lo llevaba atado a un hilo como una pequeña mascota: un cuadro sencillo pero simpático. Arenas y este joven se enganchan y tienen relaciones en una caseta en la playa pero al despedirse Arenas se da cuenta que lo han robado y no tiene ni para tomar el bus de vuelta a casa. Sale a buscarlo por toda la playa pero no lo encuentra. Al final, se topa con el cangrejo destrozado en una pared. “El bello adolescente había desaparecido sin dejar ni siquiera el cangrejo como testigo del robo.” Esta es una imagen vital para poder entender tal vez de manera muy concreta y a la vez estrecha la naturaleza de esta pulsión de muerte y de deseo que nos habita tal vez de manera latente. Hay escritores que junto con Arenas han sabido trazar la línea que en vez de separar une estos afectos que habitualmente separamos de manera automática. La ternura y la violencia: en el cuento “Baader Meinhof,” el escritor norteamericano Don Dellilo ensaya asociaciones similares pero extrañas: el terror y el deseo, el deseo sexual pero también el impulso de cuidar, de proteger; el afecto, pero el ejercicio de la propia violencia contra el mismo objeto de deseo. En el caso del cangrejo el contraste es aun mayor pues la brutalidad se descarga sobre el animal que durante la primera descripción apoyaba la relativa imagen de la inocencia y la belleza del joven.

Arenas parece entender que los seres mas bellos y tal vez mas inofensivos se tornan aun mas macabros cuando desatan su rabia contra otros. Podríamos asignar un papel metafórico de la experiencia y contemplar a Fidel Castro como el joven que robó todo un país; que tras seducir a los cubanos y al mundo desvalijo a la isla de sus propiedades y de su futuro, arrojando con violencia a las cárceles al ostracismo o al exilio a los que conspiraban otros sueños.

 

La Autodeterminación de las masas: primeras lecturas de Rene Zavaleta Mercado (Bolivia, No. 3 Teoría)

REVOLUCION52

Una cosa es empero, lo que uno cree que piensa, y otra lo que piensa realmente.

Antes de adentrarnos a comentar el ensayo de Zavaleta sobre los obreros mineros de su país, sería pertinente revisar un par de conceptos que este propuso a la hora de entender a los países latinoamericanos más allá de un paradigma desarrollista y homogeneizador. Primero, recordemos la importancia que para Zavaleta tenía la idea de la articulación entre el movimiento obrero y el partido nacionalista. Para él, el fracaso en 1964 de la revolución del 52 se origina en el instante en que la separación de estas dos agrupaciones claves se derrumba: la base social queda sin sostén y el proyecto culmina en un “desbandamiento” total de las organizaciones obreras-nacionalistas. Desde ahí, mas específicamente desde el ascenso de Barrientos al poder de forma violenta en 1964, Zavaleta echa a rodar aparato conceptual heterogéneo y ecléctico -tan abigarrado como el objeto mismo de estudio, la sociedad boliviana en su tiempo. Zavaleta nos recuerda a esa especie de teóricos que se dedican a pensar desde la derrota, es decir, a elaborar un sistema que permita entender las razones de los fracasos políticos en conjunción con una perspectiva enfocada hacia un futuro incierto, (Benjamin, Arendt o los pensadores de la revolución mexicana, entre otras).

Desde lo específico el pensamiento de Zavaleta Mercado aparece como lectura obligatoria a la hora de iniciar una discusión teórica sobre el papel histórico de la minería en el devenir político de Bolivia. Desde lo general, Zavaleta debe ser leído y releído por su mirada atenta y su pensamiento político heterogéneo: su obra problematiza el tema de la diversidad social desde la teoría política y la sociología, en un contexto histórico donde todavía predominaban modos mono culturales de reflexionar sobre lo social y lo político en el horizonte de la modernidad.

He dedicado algunos ratos a sus escritos, específicamente, a aquellos que se preocupan por la cuestión de lo nacional-popular en la historia reciente de Bolivia. Así mismo, he repasado sobre algunos que invierten más atención en eventos precisos como la experiencia del Che en el Churo o su análisis comparativo de casos de Latinoamérica.

Zavaleta en ensayos como “Forma clase y forma multitud en el proletariado minero de Bolivia” (1983) argumenta que el proletariado minero parece ser la fuerza de masas constitutiva a la hora de jalar el devenir histórico social del país desde su organización formal luego de la matanza de Catavi en 1941. El estructura su discusión tratando de intercambiar cargas teóricas con el fin de alejarse de los análisis basados en “clase social” y hacia conceptualizaciones más flexibles como el encuadre del “medio compuesto” o especulaciones “no-cuantificables” acerca de fenómenos como la “irradiación” o “iluminación” hacia otros grupos periféricos al obrero minero (amas de casa, comerciantes, ex obreros ahora desempleados). A contrapelo del teórico peruano Heráclito Bonilla, Zavaleta rechaza los argumentos que enfatizan la incapacidad del sector minero debido a sus bajos números (demografía), a la hora de actuar como agente trasformador en la historia boliviana. Bonilla hace alusión al proletariado boliviano como “uno minoritario y de carácter incipiente,” Zavaleta contrapone los argumentos del peruano señalando una y otra vez el peso de masas que corresponde al sindicato (no al partido) de los mineros bolivianos: este peso se ve reflejado en la formación de lo que él llama sindicalismo-campesino, los procesos de irradiación que alcanzan grupos aledaños al hombre minero y otros casos de transformación y composición política. Rechazando los argumentos sobre el primitivismo Zavaleta agrega que la persistencia de creencias en el Tío o el Yatiri no ha sido obstáculo para el desarrollo del principio corporativo. (277)

Pero más allá, Zavaleta interpreta el actuar histórico del obrero minero como agente “realmente democrático” privilegiado en tanto que se dedica a construir una historia reciente de los movimientos mineros y campesinos bolivianos donde traza la contingencia histórica a nivel macro y en cierta medida, a nivel molecular (“intersubjetivo” en sus palabras) de dicho desarrollo.

Al final, el propósito de Zavaleta es estudiar la naturaleza política de este sector de lo social nacional, su predominancia en la historia de la movilización en Bolivia desde la revolución de 1952, la capacidad “de determinar en tan extensa medida los acontecimientos,” (276) su condicionamiento geográfico y demográfico al mismo tiempo que propone de manera paradójica “su incapacidad de ser referencia de sí mismo, o sea de la independencia de la ideología.” Zavaleta revisa las características de población, de localización de irradiación extensamente para concluir que “la causa de su fuerza es la misma de su impotencia clásica; factualmente es dueña del país, sin embargo incapaz de introducir una nueva visión de las cosas es decir, una reforma intelectual y moral” (287).

Para Zavaleta el movimiento obrero boliviano con sus heterogéneas agrupaciones irradiadas y su “historia triunfalista” falla por su extenso permanecer ante el poder en actitud “cismática o escicionista, esto genera un estancamiento o un anamnesis de su subalternidad” (287). De ahí, se desprenden una serie de interrogantes derivativos: ¿Cuánto tiempo puede durar la deslealtad hacia el estado?, o ¿hasta qué punto es posible para una clase la sustitución de las características propias de su momento constitutivo? Pareciera que Zavaleta adjudica al movimiento obrero un cegamiento epistemológico que le impide la revelación o le permita imaginar horizontes organizativos más allá del modo actual de operación e ideologización. En otras palabras, la clase obrera boliviana comandada por el sector de los mineros no puede salir de una repetición mecanista de resistencia que le permita la constitución de un nuevo patrón económico.

Desde este locus, Zavaleta desarrolla conceptos metodológico – teóricos como crisis y momento constitutivo, donde arguye que en medio de las crisis políticas surgen momentos privilegiados para localizar nuevos discursos críticos, “son coyunturas en las que el conocimiento social puede ser ampliado en tanto que una crisis implica una fractura y un quiebre de las formas ideológicas de representación de la vida social” (19). En el momento de la crisis, se hace más visible la diversidad social existente y al mismo tiempo se tienen que hacer más visibles y más adaptables o más precisos los instrumentos teóricos que el científico social aplica con el fin de entender nuevas formaciones sociales instantáneas.

Es así como una de las nociones más interesantes emanando del pensamiento Zavaleteano, más específicamente en su etapa madura, que figura en El poder dual (1974) la encontramos dentro de lo que el boliviano llamó momento constitutivo y crisis. El procedimiento en este caso de método/teoría se inicia concibiendo las teorías sociales generales como insuficientes a la hora de captar toda la actividad social que se despliega en el ámbito de los movimientos y las disputas ideológicas. Para Zavaleta los métodos occidentales que privilegian el locus del estado contienen puntos ciegos  considerables pues no prestan atención a las condiciones de heterogeneidad cultural y estructural de los objetos de estudio. Este tipo de teorías hace invisible cierto tipo de realidades sociales, limita el conocimiento ya que solo es visible aquello que la teoría general permite ver en tanto relaciones de poder y discursos dentro de la modalidad del conocimiento social. En este sentido, la crisis política constituye un momento privilegiado de conocer y entender más profundamente lo social: las coyunturas son oportunidades para ampliar este saber y para posteriormente tratar de identificar el momento constitutivo de las instituciones que ahora se muestran quebradas y a punto de ceder ante el peso que la crisis les ha arrojado encima. En otras palabras, el momento de la crisis hace más visible la diversidad social existente y permite al investigador social identificar cual es el momento constitutivo de las estructuras que están entrando en crisis para luego reconstruir la historia de reforma de ese momento constitutivo. Para Zavaleta el problema radica en cómo pensar las dos puntas extremas de un evento histórico: desde el momento en que se constituye como tal (donde algo adquiere la forma que va a tener por un buen tiempo en adelante), digamos “A.” Desde tal instante, hasta su crisis, el momento en que está a punto de desaparecer, o entrar a formar parte de la realidad bajo otras formas y cumpliendo otras funciones, o -para completar nuestro esquema alfabético-  “Z.” En este sentido vemos como el procedimiento de Zavaleta consiste en remontarse de una crisis al momento constitutivo.
En estos tiempos donde en las repúblicas latinas de América la función del ideologema parece rotar de campos de significación, las formas de pensamiento Zavaleteana parecen invitarnos a replantar la naturaleza de las crisis como tales y las causas que han permitido que su momento constitutivo haya caído en desfavor.