Litio, literatura y flujos letales

“En dos décadas los combustibles fósiles serán historia. Las guerras del futuro se celebrarán por el litio y el coltán.”[1]

“Buzz” /bəz/– sustantivo: un ambiente de emoción y actividad.[2]

Iones de litio (en azul) moviéndose a través de la estructura (University of Liverpool).

1 – ¿Qué no es el Litio?

El litio (Li) se ha convertido en una palabra de moda, una tendencia, o un “buzz.” Pero, ¿qué es un “buzz”, o mejor aún, qué hace que un metal inerte sea un producto tan atractivo/sexy, hasta el punto de causar un revuelo que dura años? El litio se ha convertido en sinónimo de auge, un “boom,” pero, de nuevo, ¿qué es un auge? ¿qué es un “boom”? ¿Es simplemente lo opuesto a la quiebra? ¿Lo opuesto a lo que llaman un “bust” en inglés?  ¿O es quizás algo que va más allá de las métricas, los gráficos y la acumulación? ¿Y se desplaza al terreno inestable de los afectos, flujos (tanto químicos como corporales) y las llamadas “vibras”?[3]

En los últimos años, el litio se ha convertido en un mineral “verde.” Pero, ¿cómo puede un mineral ser “verde,” a menos que se produzca naturalmente como una esmeralda? ¿Es el significante “verde” un artificio puramente metafórico, o es el litio un mineral verde en el sentido de que nos permitirá desprendernos del petróleo? El litio se ha convertido en un mineral “crítico”. Pero “crítico” es una palabra de orden poli-semántico. “Crítico”, tal como lo utilizan los gobiernos y las empresas, es una categoría meramente extractivista. Quizás un mejor uso de la palabra sería decir que el litio es fundamental como componente ecosistémico; es decir, el litio es fundamental para que funcione un determinado ecosistema. Por ahora todo bien, todo el mundo sigue confundido (las cosas siguen en marcha).

El litio tiene un fuerte poder simbólico para los imaginarios nacionales y empresariales, una especie de promesa. Esto es lo que es el litio hoy para nosotros y en la actual intersección de intereses, posibilidades y poder. En otras palabras, la pregunta no debería ser, qué es el litio, sino cómo empuja, activa y cataliza las muchas partes de esa máquina monumental que llamamos capitalismo, o la infraestructura del sistema operativo del mundo. Quizás la pregunta no debería ser qué es el litio, sino qué puede ser. ¿En qué dirección va, es un cúmulo o un único elemento, a qué velocidad se mueve y en qué dirección(es)? ¿Es una sustancia que afirma la vida por sí sola o en los distintos ensamblajes en los que pretendemos utilizarla? ¿O deviene en substancia tóxica cuando entra en contacto con otros cuerpos en otros encuentros?

2 – La novela

Litio, es un thriller de corrupción escrito por el escritor vasco-mexicano Imanol Caneyada y publicado en 2022 por Editorial Planeta México. En sus 267 páginas, la novela imagina el conflicto que se produciría después de que se confirmen depósitos de litio en el desértico norte del país y una empresa minera canadiense inicie actividades para asegurar los derechos y, posteriormente, extraer el mineral. Separada en secciones por versos de “La Suave Patria” del poeta modernista Ramón López Velarde, la novela pretende realizar un estudio sobre las subjetividades extractivistas, así como sobre conceptos abstractos como nación, nacionalismo y extracción por parte de corporaciones extranjeras.

Los protagonistas nos permiten vislumbrar la vida de los sujetos afectados por la fiebre del litio en México. Los canadienses protagonistas son empleados de la empresa “Inuit Mining” o trabajan en la Embajada de Canadá en la Ciudad de México. La mayoría son sujetos extractivos: el geólogo Guy Chamberlain es un personaje obeso e insaciable pero simpático, nacido y radicado en Montreal, siempre está en desacuerdo con su hija, una ferviente adolescente ambientalista. El jefe de seguridad Marc Pierce es un homosexual sexualmente voraz que siempre busca aventuras ilícitas con jóvenes mexicanos locales. Jonathan Ironwood, es un director empresarial y sujeto hipercapitalista radicado en Toronto. Margaret Rich, una mujer de mediana edad, nunca casada, que actúa como actual embajadora de Ottawa en México y que desprecia a los mineros canadienses y su actitud contra el estado. La cínica y decepcionada Margaret Rich lamenta que el hecho de que el Estado Canadiense se haya convertido en un simple facilitador comercial.

El protagonista mexicano es Heriberto, un ranchero soltero y taciturno de unos 40 años que se niega a vender el terreno a la empresa canadiense; María Antonia, prima de Heriberto, también apática con respecto a la venta de tierras, utiliza su rancho para cultivar orquídeas en invernadero para exportar a Estados Unidos; y su madre, la anciana Ana María, que está confinada en su habitación, sufre visiones y Alzheimer. También está Cipriano, el corrupto y mezquino alcalde de la ciudad que apuesta por la venta de tantos terrenos como sea posible.

En el micromundo de la novela, locales y extranjeros luchan por el control de las reservas de litio en el desértico norte del país. La empresa minera vence la resistencia local para luego ser devorada por un conglomerado chino mayor en una toma despiadada del poder. La novela finaliza con la descripción de la fusión y el despido de los empleados canadienses y la destrucción del rancho de Heriberto y María Antonia, donde supuestamente se encuentra litio.

Supondríamos que la novela está basada en una historia real o al menos en una representación parcial de un incidente similar. Sin embargo, la novela narra un conflicto que nunca ha ocurrido. De hecho, de México no se ha extraído ni un solo gramo de litio y todo el rumor sobre las potenciales riquezas enterradas bajo tierra es simplemente eso, un espejismo, una ráfaga de declaraciones gubernamentales, decretos oficiales, informes de empresas y una ristra de noticias que repiten constantemente los milagros del litio y sus promesas.

Los actores de este drama de la vida real son bien conocidos y están documentados: el presidente López Obrador, la empresa canadiense-británica Bacanora Lithium, el conglomerado chino Ganfeng Lithium, la empresa estatal mexicana LitioMx y el fabricante de vehículos eléctricos Tesla. Una simple búsqueda en Google revela el drama corporativo desatado por la interfaz mineral-techne- acumulación.

Mi objetivo es investigar un poco estas máquinas narrativas que parecen darnos una explicación más matizada y real del “buzz del litio”. Dentro de la lógica del capitalismo la fase de auge o de “buzz” de cualquier mercancía está marcada por “una tormenta de actividad que remodela los paisajes, las relaciones dentro y entre las comunidades y los imaginarios del futuro en territorios marcados para la extracción incluso antes de que se mueva la tierra para cualquier extracción.”[4] Ésta es ciertamente la fase que Caneyada intenta delinear en su relato literario. La particularidad de la novela y de la realidad hasta hoy es que el “buzz” que precede al “boom” de las materias primas fue solo un “buzz” que nunca se materializó o no se ha materializado aún.

En otras palabras, estamos ante una narrativa de especulación. Como todos los proyectos de extracción de litio, la novela se basa en la lógica productiva y ambigua de la especulación. Si nos centramos en una historia del litio en el siglo XX entendemos que las proyecciones son simplemente eso, proyecciones de futuro sin garantías, y que la mayoría de las veces esas proyecciones han sido erróneas, sobreestimadas o subestimadas. Tanto en la extracción como en la literatura la concreción y rentabilidad es inestable e indeterminada.

3 – Infraestructuras invisibles

Por accidente o decisión en la novela poco se habla del litio, pero mucho de la vida de quienes tienen que ver en su materialización/extracción. El lector nunca llega a escuchar de un personaje que encuentra o “experimenta” la sustancia a primera mano, tampoco leemos ninguna descripción sobre un depósito de litio. Parece que este metal invisible, clave para el desarrollo de la trama, figura extrañamente ausente de ella.

Pero el litio sin embargo sigue siendo parte de la infraestructura de la novela en la misma medida en que se materializa para convertirse en parte de nuestra infraestructura material. Como estructura debajo/infra, permanece invisible y, sin embargo, apoya toda actividad visible.

En el México real, al igual que en la novela, la mina de litio nunca se materializa. La producción nunca comienza y todo sigue igual o peor. Es cierto que no hay destrucción del medio ambiente, pero tampoco se generan regalías ni empleos por la extracción de litio. Parece que en su intento de hacer del litio un activo para los mexicanos (nacionalizar), el presidente López Obrador acabó con el proyecto extranjero y con cualquier esperanza de hacer realidad la producción de litio. ¡El litio mexicano por ahora está destinado por ahora a permanecer bajo tierra y fuera del alcance de los canadienses, los chinos, los cárteles e incluso los mexicanos!

La especulación, el poder simbólico y la gestión de la información constituyen la historia del litio tanto como cualquier uso que podamos darle para construir y sostener nuestras infraestructuras literarias y logísticas.

4 – Flujos y deseo

Pero no entenderemos nada sobre máquinas e infraestructuras si ignoramos el deseo que las concibe y las sostiene. Leer acerca de la generación de una máquina extractiva/productiva basada en litio y sus baterías, es también leer sobre el funcionamiento de una máquina de energía, una máquina libidinal.

El texto recurre a la asociación entre las reservas potenciales de litio (y sus capacidades potenciales de almacenamiento de energía) con el potencial excedente libidinal: específicamente los flujos y desbordes libidinales masculinos. El litio, al igual que la cocaína, se ha insertado en el sistema operativo del mundo como una sustancia que refleja nuestro propio deseo de energía ilimitada, consumo insano y locura colectiva en un mundo de opinión bipolar donde la prescripción y el deseo a menudo corren direcciones opuestas.

Durante una reunión con el geólogo Guy Chamberlain, aprendemos que la mente del CEO Jonathan Ironwood “comenzó a trabajar a toda velocidad convirtiendo los millones de toneladas en millones de dólares y la consiguiente erección. ¡120 millones de toneladas!” La mención de la erección de Ironwood después de oír sobre depósitos más grandes de los esperados puede parecer extraña y no relacionada. Pero recordemos que existe una unidad de deseo económico y libidinal argumentada por Deleuze & Guattari en el AntiEdipo: los afectos o pulsiones forman parte de la infraestructura misma.[5]

Pero quizás la cosa va en ambos sentidos. Es decir, el impulso sexual se sublima o “desvía” hacia otras metas que son “socialmente superiores y ya no sexuales”. Nuestros instintos e impulsos primitivos son así reprimidos, pero también los socialmente superiores, como los resultados de nuevas exploraciones, pueden sexualizarse y manifestarse en una simple respuesta fisiológica.

El CEO canadiense, lejos de su esposa y atrapado en un matrimonio distante y sin amor (“Hubo un punto en su matrimonio en el que la palabra amor se tornó en contrato.”)[6], sublima su deseo en el orden social del trabajo, pero más específicamente en el comportamiento corporativo agresivo y la codicia personal, pero cuando se revelan los resultados de nuevos depósitos de litio más grandes de lo esperado, lo que había sido sublimado en el trabajo regresa (el retorno de lo reprimido Freudiano) como un impulso sexual.

Para decirlo con Deleuze & Guattari, todo es objetivo o subjetivo, tal como se quiera. “La distinción que hay que hacer no es objetiva o subjetiva: la distinción que hay que hacer pasa a la propia infraestructura económica y a sus inversiones”. La economía (inversión) libidinal no es menos objetiva que la economía política, y la política no es menos subjetiva que la libidinal, aunque ambas correspondan a dos modos de diferentes inversiones de la misma realidad como realidad social.”[7]

¡Qué mejor término que inversión libidinal! Al fin y al cabo, las inversiones de la Sonora Lithium son tanto económicas como libidinales.

Hay algo que destacar aquí: entender el deseo más allá de la lógica de la carencia (lack) y del deseo hetero/homosexual convencional. Mejor entenderlo quizás como un flujo libidinal que se activa incluso en los contextos más asexuales. En efecto, siguiendo a Deleuze & Guattari, una transacción bancaria o bursátil, un cupón, un crédito, puede conmover a personas que no son necesariamente banqueros. En la oleada de deseo, estos personajes están representando visiblemente los flujos de todo tipo de flujos libidinales-inconscientes. Pero los flujos pueden tener consecuencias terribles: “el deseo está presente allí donde algo fluye y corre, arrastrando consigo a los sujetos interesados ​​hacia destinos letales.”[8]

Los flujos imaginados de litio activan flujos biológicos internos en los cuerpos de los personajes involucrados y a su vez una serie de afectos que los impulsan a satisfacer lo que veíamos como insatisfactorio, los sujetos capitalistas experimentan la satisfacción misma como insatisfactoria. A esto se suma el elemento de urgencia. “El tiempo ya no es dinero, el tiempo es litio.”[9] Ese efecto añadido de urgencia empuja a los sujetos a sus límites físicos y mentales en la carrera por asegurar los derechos del litio o iniciar la producción. Es un afecto compuesto, una mezcla de deseo con prisa, principio de placer destructivo junto con la escasez de reflexión que se permite bajo la premisa de la inmediatez y la ilusión creada de una oportunidad fugaz.

5 – Sujetos anti-extractivistas

Los flujos, como se mencionó antes, se extienden como radículas o tal como las ramificaciones de una raíz: sin ninguna dirección predeterminada o en particular y con una intensidad caótica. A mitad de la novela escuchamos sobre Julie, la hija mayor de Guy Chamberlain. Como activista ambiental comprometida, desafía a su padre con una franqueza y claridad inusuales; los hace callar al equiparar su estatus familiar medio alto que vive en Westmount, Montreal con la destrucción de tierras y ecosistemas remotos. Julie abandona su cómoda vida burguesa para trabajar en una comuna radical socialista en la zona rural de Quebec: en otras palabras, mapeamos la transición de un sujeto activista a uno fundamentalista. Julie no tolera vivir bajo el apoyo financiero de su padre, un apoyo derivado de su salario corporativo: “Este lugar ya no es mi hogar. Moralmente, no puedo permitirme vivir aquí, incluso si lo intentara. Esta casa es un insulto a la Tierra. Esta y todas las casas de Westmount, y de Canadá, están construidas sobre la explotación irracional de la tierra, el exterminio de otras especies y la miseria de dos tercios de la humanidad.”[10] Poco después Julie escapa; su familia no sabe nada de ella durante algunas semanas, su padre, Guy Chamberlain, solicita una licencia intempestiva para ayudar en la búsqueda de su hija por todo Quebec, pero debido a los acontecimientos en México, y su ausencia, lo despiden. Más tarde nos enteramos de que Julie fue arrestada “por daños a la propiedad privada y daños económicos.” Ella y sus amigos radicales liberaron cientos de bisontes de una granja en Val-d’Or y luego fueron capturados por la policía.

Chamberlain está capturado en una contradicción. Una situación muy real que atañe a muchos profesionales que trabajan en la minería. Acusados ​​por los juicios ambientalistas de sus hijos o por sentimientos de culpa y valores en contradicción, a muchos profesionales de la minería se les dificulta cada vez más la decisión de seguir laborando en aras de la destrucción de la tierra.

De vuelta en México y hacia las páginas finales, la violencia cierra el círculo narrativo y los flujos de intenso deseo nos llevan a lugares (intensamente) no deseados. Las familias locales, enfurecidas por haber sido expulsadas y ver sus propiedades destruidas, deciden en embarcarse en un flujo de (auto)destrucción. María Antonia conduce hasta la comisaría y le dispara al policía y al alcalde por odio, por ser unos “vendidos” pero también por su frustración, por su inactividad y corrupción. Después de disparar, deja caer el arma y se sienta en la acera esperando ser arrestada.

Y aquí nos topamos con el eslabón retratado en el post anterior (Oaxaca o los secretos del diablo) en tanto concebimos cosas, objetos, procesos, flujos, cuerpos como “biproductos” (de otras cosas, cuerpos u objetos) y no como esencias en sí. Es decir, la pregunta que nos interesa sobre el origen de las cosas: las cosas que hoy se ven (terminadas, concretas, lógicas) como largo devenir de una serie impulsos, gestos, trazas opuestas a través de años y décadas: (de)evolución de procesos en otros procesos, de objetos en su contrario, de gestos como reliquias de lo que alguna vez fue intención/funcionalidad pura.

Personajes como María Antonia o Julie trazan una línea que nos llevara a comprender la bipolaridad de comportamientos en un mundo empujado hacia los límites de las propias condiciones de su existencia. En la actual carrera para conseguir, procesar y producir baterías de litio (una carrera para salvar al planeta de la carrera misma), la subjetividad deviene en psicótismos y las acciones en esquizofrénia. El activista se vuelve fanático del mismo modo que el sistema de extracción se convierte en un sistema de fanatismo donde el principio máximo de eficiencia pura concibe y a la vez rechaza al anterior. El neoliberalismo ha producido o al menos está en camino de producir las condiciones para sus propios antagonismos finales, –afectos postapocalípticos.[11] Ha condicionado o modulado a los sujetos modernos para que sean tan fanáticos como el sistema mismo (a favor o en contra). Ante los ojos de Julie, defensora de la tierra, o de los mexicanos decididos a no abandonar su tierra, el fanatismo es la única opción, el único lenguaje que una versión fanática del neoliberalismo actual les permite iterar. El recurso a la ley es inútil, la ley simplemente repite y reproduce lo que el capital ya ha establecido. En el último capítulo, los excesos creados por nuestra interfaz con el litio y su operatividad dentro de las condiciones actuales de producción y recompensa inundaron los comportamientos de los personajes de forma letal.

A nivel literario el mérito del autor Imanol Caneyada es imaginar y elaborar una trama a partir de un conjunto de hechos que no sucedieron, o que aún no han sucedido y al mismo tiempo trazar o anticipar una secuencia de acciones que aún no se materializan: parece tan plausible, casi inevitable. Quizás el texto se haga realidad en los próximos años. Por ahora, el litio en México no es un recurso maldito, ni una oportunidad para saltar a una tecno-utopía, sino simplemente una imagen no realizada.

En el plano social, Litio debería alertarnos sobre futuros latinoamericanos de fanatismos mutuamente provocados donde los extremos del mercado y el secuestro del Estado producen una fuga de sujetos hacia destinos letales.

Como sabemos, la demanda por las energías “verdes,” y por los metales que la permiten (energía limpia) se va a disparar. Y esta carrera, en palabras de Christopher Pollon, significará que la carrera será aún más despiadada, a pesar de llevarse a cabo y justificarse como un esfuerzo por descarbonizar el planeta, por salvar el planeta.[12] No sólo habrá más destrucción, sino que habrá más presión sobre los más vulnerables, los pueblos indígenas que viven cerca o sobre las tierras que contienen estos metales. En cierto modo, estamos ante la paradoja clásica de la modernidad: destruir el mundo para salvarlo; en términos más precisos, destruir un mundo y sus pueblos, valores, tierras y especies para sostener otro y sus respectivos pueblos, valores, tierras y especies.

Y para nuestro caso particular como académicos latinoamericanos (en su mayoría), significa la destrucción del mundo del que venimos para mantener y sostener el mundo en el que vivimos.


[1] Imanol Caneyada, Litio (Editorial Planeta: Mexico), 165.

[2] Definición derivada del “Oxford Languages Dictionary”

[3] Ver “Good Economy, Negative Vibes: The Story Continues, April 8, 2024 by Paul Krugman” enlace disponible en https://www.nytimes.com/2024/04/08/opinion/economy-vibes.html

[4] Donald V. Kingsbury (2022): “Lithium’s buzz: extractivism between booms in Bolivia, Argentina, and Chile.” Cultural Studies, DOI: 10.1080/09502386.2022.2034909 (Mi traducción)

[5] Gilles Deleuze & Felix Guattari, Anti-Oedipus: Capitalism and Schizophrenia (Minnesotta UP 1983), 63.

[6] Imanol Caneyada, Litio (Editorial Planeta Mexico), 157.

[7] Gilles Deleuze & Felix Guattari, Anti-Oedipus, 345

[8]Gilles Deleuze & Felix Guattari, Anti-Oedipus, 103-104.

[9] Imanol Caneyada, Litio 213.

[10] Imanol Caneyada, Litio 120.

[11] Sigo una línea de pensamiento parecida a la de Jon Beasley Murray con respecto al caracter “fanatizador” del orden propio del neoliberalismo en Posthegemony, Political Theory and Latin America, 113.

[12] Ver Pitfall: The Race to Mine the World’s Most Vulnerable Places de Christopher Pollon.

Oaxaca o los secretos del diablo

¿Es posible que las cosas tengan un origen casi opuesto? Es decir, ¿es posible que un afecto positivo tenga su origen en una afecto negativo? O que la paz tenga su origen en la guerra? 

Es la vieja pregunta dialéctica que muchos filósofos se planteaban. Quizás sí. Quizás habrá procesos que empiezan en A y terminan en Z, como si alguien empezara con la intención de pintar un muro blanco pero terminara negro.

Pero también hay procesos que quizá son menos directos. Digamos, procesos que morfan de manera aleatoria, así como el viento o una como una raíz, un tubérculo, los más técnicos dirán: un rizoma. Es otra vieja pregunta que ha intrigado a los pensadores que no concurren con la explicación estrechamente determinista, i.e., la teleología. 

Habrá procesos de todo tipo y al decir de Trotsky, disparejos y combinados. Procesos vitales, de cómo un individuo forma y es formado por su realidad, de como un ritual se gesta y con el paso del tiempo se forma, deforma y reforma. (¿Al final qué es un proceso? ¿Qué hace un proceso? ¿Por qué pensamos en forma de procesos cosas que parecen no tener proceso?) 

Si el lector no ha entendido hasta ahora, no hay que alarmarse. Esa introducción va a aclararse pronto. Este escrito es solo un vehículo para narrar mi reciente visita a la ciudad de Oaxaca, México. Como buen despistado, decidí viajar a México y específicamente unos días a Oaxaca, en el sur-occidente-centro (este país descentra los puntos cardinales fácilmente) debido a que un amigo y colega iba a estar allá en esos días y la promesa de unos “mezcalitos y unos tacos” fue difícil de ignorar. A veces, el hilo de una voz por teléfono, una invitación para compartir un momento y un par de imágenes poéticas bastan para emocionarse y empezar a fantasear acerca de destinos desconocidos: los afectos y las palabras, o los afectos de las palabras. 

Llegué a Oaxaca sin saber que llegaba en la cúspide de su celebración máxima, la famosa Guelaguetza. Una feria total que (según dicen los leídos es la mayor fiesta folclórica del continente americano) dura un mes o dos, e incluye danzas, desfiles, música, presentaciones de teatro, talleres sobre oficios (orfebrería, alfarería, confecciones), ferias de comidas de toda la región, juegos de pirotécnica, y sobre todo mucha energía. Una energía voraz que fluye, golpea y rebota por las calles y los muros de la ciudad.

Si pensamos la festividad en términos de energía se podría imaginar un flujo voraz que consume tanto a extranjeros como nativos, sea en danzas, en nuevas experiencias táctiles y creativas (la gente anda ansiosa de aprender de artes, oficios, etc.) en expectación o en el deseo de adentrarse al otro por medio de diferentes vías, tal como el sol inicia ese flujo de energía salvaje donde cada forma de vida se conecta con esa energía primaria de forma diferente: hierba, hambre, viento, germinación, estampida, instinto.

Como a muchos viajeros ingenuos y fascinados por México me volqué sin cuidado a probar todo lo que me ofrecían: platillos, bebidas y postres. Naturalmente a la mañana siguiente amanecí con indigestión. Decir indigestión es un eufemismo. La cuestión era mucho peor, pero evito los detalles. En todo caso, pasé 3 días lívido y sin ánimos de vivir. Desayunaba agua, almorzaba un pan y de cena unas papas fritas. Sentí como muchos antes de mi, especialmente los visitantes del norte, gringos, europeos y canadienses la famosa venganza de Moctezuma. Será la venganza por haberlos conquistado, una venganza sutil e ingeniosa, acepta nuestra ofrenda y come: luego estarás enfermo, una suerte de justica divina, o justica gastronómica. Pero pensándolo bien ¿de qué chingados se venga Moctezuma con un colombianito como yo? ¿O será que Moctezuma me exorciza lo gringo por medio de la diarrea?[1]

Esa condición cambió mi experiencia de la ciudad y en específico de la Guelaguetza. 

En lugar de incorporarme a la energía y al caos particular de esas celebraciones populares, me sentía como un fantasma pasando de largo por esas calles efervescentes. Naturalmente, la promesa del mezcal y los tacos no se dio. Y para mis adentros maldecía el desorden general que se produce en cualquier pueblo en ferias.   

Pero quizás la energía y el caos descrito estaba en mi, solo que de otra forma: gracias a la diarrea ya estaba más en sintonía con el caos, con los fantasmas mismos que habitan esas fiestas y esos mundos del sur. 

Terremoto/diarrea/conquista/flujo

Pero acá volvemos al principio del texto. La Guelaguetza, no es solamente una gran feria, es en realidad un evento con un origen -y hasta un punto esto se retiene- que radica en lo opuesto, en una tragedia general que destruyó el pueblo y sus alrededores. En 1931, un terremoto de 7.8 grados (filmado por el cineasta Sergei Einsestein) derrumbó los edificios coloniales y produjo el colapso de la población. A manera de apoyo, las diferentes comunidades indígenas del área acudieron a socorrer trayendo consigo maíz, velas, y pan. En el estado de Oaxaca habitan aproximadamente 17 grupos étnicos indígenas! y uno afro con lenguas y tradiciones divergentes. Estos pueblos desde entonces celebran la Guelaguetza, (que en el idioma zapoteca significa “cooperación”) se sincretiza con las celebraciones a la Virgen del Carmen. Entonces, la fiesta colectiva más formidable del continente tiene su origen en su antítesis, en lo inexplicable de la muerte, el duelo y la pobreza. Algunos argumentan que la Guelaguetza debería continuar una tradición de cooperar, de solidaridad entre y para los que habitan ese estado. Se oponen al perfil lucrativo que ha cobrado a partir de los últimos 20 años. Otros ven el turismo como una herramienta hacia la modernidad y la prosperidad.

Pero lo que se regala no siempre es gratis. El don, el regalo (el no-regalo) beneficia al que lo recibe, pero también lo compromete. El “recibir” en las comunidades de Oaxaca implica una carga, una responsabilidad futura, un “dar” de vuelta diferido, un dar de vuelta sin saber cuando, ni cuanto, pero contiene en su acto, una deuda. Tal como la Guelaguetza que inició como destitución y es ahora carnaval y abundancia, el recibir en el mismo contexto implica el dar de vuelta en el futuro. Y el dar no siempre es dar de manera material, es más un sentido de “quedar en deuda” y un tanto comprometido en lo que se tenga que hacer u opinar en lo que venga.   

El indio quiere casarse con su enamorada, la comunidad es consultada y se niega a dar el permiso, el indio no puede rebelarse, su familia sobrevivió debido a la ayuda de la comunidad luego del terremoto, esta en deuda con la comunidad y escaparse seria traicionar a su familia quien quedaría a merced de la ira de los ancianos. Su autonomía se recorta.

El movimiento en el futuro (la fantasía, el deseo) se ralentiza, la autonomía se compromete y se merma, las posibilidades se cierran, quizás solo un poco, el deseo, los afectos se territorializan, es decir lo fluido se va a congelar, no sabemos cuándo pero sabemos que pasará y nos “atará (un poco) las manos” un poco.

Sin embargo, esos vectores de fuerza que nos atraviesan, a veces oprimen, deshacen esperanzas, obligan a repensar itinerarios pero también generan posibilidades inesperadas, creatividades insospechadas; los más duchos deshacen las ataduras, o las vuelven moños a lo mejor.     

En ese re-ubicarse es donde surge lo que algunos llaman ingenio. 

Pero no todo en Oaxaca fue fiesta. También hubo lugares, momentos y objetos. Escuchando a guías turísticos y locales detecté con más cautela y detenimiento las contradicciones que nos atraviesan. En cierto tour por los talleres de mezcal se escucha decir al guía que durante la Guelaguetza los habitantes de las comunidades más rurales “bajan” del cerro para participar en la celebración general. El verbo “bajar” usado en ese contexto, como quien describe algo natural que baja por leyes naturales como la gravedad, como quien dice “los borregos bajan” (por instinto) o “el agua baja de las cimas” de repente es capaz de describir muy bien el movimiento que se quiere comunicar, (al final los lugareños efectivamente bajan) pero al mismo tiempo más allá de pensar, la palabra hace sentir que estos habitantes son parte del paisaje, algo natural, y hay que recordar que de lo “natural” a lo “salvaje” solo hay un paso. 

“Pareces indio bajado del cerro a tamborazos.”

A lo sumo y en el mejor de los casos se describe algo natural y admirable, en el peor, un mero inconveniente. Quizás más importante que esta alusión menor es el hecho de que no hemos salido de este paradigma y seguimos interpretando la realidad y en específico el encuentro entre occidentales o gente de la ciudad e indígenas o gente del campo usando el mismo sistema. Los liberales dirían que seguimos habitando dentro y contra sociedades profundamente poscoloniales, donde las ideas de diferencia racial/cultural continúan profundamente arraigadas en los sistemas legales, políticos y administrativos.

Las cosas territorializan las palabras y a su vez, las palabras territorializan las cosas.     

Como se sabe, los cerros y las montañas eran/son sitios clave para ejercer resistencia. Hay que recordar que esto no es exclusivo de México. Hay algo que dan las montañas a la gente que busca refugio, y que a la vez, configura su relación con esos espacios desde un arriba/abajo, una relación de cuidado reciproco, yo te cuido y tu me proteges de los invasores, una relación de complicidad, yo te cuido y tu me escondes entre los arbustos: el Che en Bolivia, los miembros del  FMLN en las montañas de El Salvador, las FARC en los andes del interior de Colombia y tantos mas.

Entre otros objetos que hay que mencionar se encuentra la visita al Árbol del Tule, el árbol con el diámetro de tronco más grande del mundo y uno de los más viejos. En una época donde abrazarse a un árbol es símbolo de abrazarse a la vida como quien se aferra a un salvavidas, cómo no aprovechar la cercanía y viajar a conocer la planta mayor? El árbol se encuentra frente al atrio de una pequeña iglesia en el pueblo de Santa María del Tule. La anticipación, como siempre, es desfalcada por la realidad y la experiencia de inmediatez es arruinada por los comerciantes, el calor, los colores chillones de las prendas de los locales, los gritos de niños que indican ridículas figuras que encuentran en los troncos con voces igualmente chillonas: “el duende… el mono… la bruja…”

Sin embargo, algo lo detiene a uno y con cuidado se puede oír lo que para otros no se puede oír, o digamos sentir lo que otros pasan por alto, uno puede pescar momentos de inesperada belleza. Mientras yo trataba de ignorar los gritos de los comerciantes, logre “entre oír” como quien “entrevé” algo entre las ramas, la voz tenue de mi amigo, el de los tequilas, diciéndole a su hijo, (un impaciente chaval de 12 años), o quizás enseñándole a ser, enseñándole a ignorar los gritos que yo no podía apartar de mi consciente, o mostrándole como estar sin necesidad de atiborrarse de quejas internas y descontento (como lo hago yo ya por costumbre).

Ser y estar en el momento y en consonancia con el mismo es algo más difícil de lo que nos imaginamos. Su voz hilaba las palabras bellísimas, “acarícialo hijo, dale gracias por la sombra que nos da, dale gracias por la frescura…” En ese momento la lección para el chico de 12 parecía que me podía servir más a mi que a cualquier otra persona. Este es quizás el reto más saliente cuando uno se entra en inmediatez con lugares o con arte con el que no hay resonancia; objetos con los cuales, o circunstancias que los rodean con las que no logramos empatar nuestra conciencia o nuestra capacidad de ser y sentir.     

Mi estancia en Oaxaca duró muy poco, unos cuantos días son solo un algo fugaz y al final no queda mucho: solo fragmentos, unas cuantas fotografías y las imágenes plasmadas en un texto: los cactus imponentes y callados, vueltos casi piedra, un barrido de nubes en el cielo que anuncia un temblor, una canción, doce flores violetas, y lo incomprensible, miles de secretos que ya murieron, secretos entre uno, dios y el diablo; o quizás nada mas que secretos entre uno y los muertos.  

“Cuidado y que no se le suban las hormigas.”


[1] Una propuesta interesante seria relacionar la diarrea con la conquista/colonia. Quizás el Otro y la forzada inserción de él en el naciente orden del capitalismo global, aquello que el “imperio” se traga, precisamente le causa diarrea? ¿Aquello a la mano (oro, plata, mano de obra gratis, o casi gratis, maderas, tierras sin fin: América), pero que desbarata el proceso mismo de alimentación, nutrición, o mejor dicho de consolidación de imperio blanco, cristiano e hispanohablante? El flujo debe fijarse para que los nutrientes sean atrapados y procesados por el cuerpo, sino el cuerpo se deshidrata. La burocracia imperial, el indio que no se doblega, el pirata que abre nuevas grietas en esos flujos, el judío (marrano) que no se convierte, arquitectura y fisura, territorio y goteras, la voluntad y la realidad.   

La Muerte de Artemio Cruz

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Para salir un poco de la repetición y las ideas sobreexpuestas voy a dejar algunos pensamientos aforísticos en el aire. Solo como puntos de partida para pensar mas sobre la novela:

– Encontramos una violencia excesiva que no tiene contención: violencia concreta (masacres, rebeliones, etc) pero también violencia simbólica, social y cultural. En Roa Bastos y hoy en Fuentes somos testigos de un desborde incontrolable, de un surplus de violencia de toda tipología. Como podemos reconciliar o al menos teorizar sobre la literatura latinoamericana que estamos leyendo y este desaforado orden histórico.
-Recogiendo un poco del comentario de Bruno y como derivado del punto anterior general: como podemos entender el machismo en la región. No solo como corriente histórica concreta sino como constante en todas las actividades que conciernen la labor y la sociedad Latinoamericana; al mismo tiempo la representación y su critica desde el campo alegórico. Como podemos en particular, entender esta ideología dentro de la operancia del sujeto histórico mexicano.
-La revolución como degeneración: como un legado tan rico -como fue el proceso de la revolución mexicana- deviene en un estado de monopolios, cooptación, y represión estatal.
-La estética de los fracasos. Acá podemos recoger varias temáticas y ejemplos de Hijo de Hombre.
-La narración mas allá de sus técnicas y sus recursos literarios sirve como vehículo que usa Fuentes para entender quien gano y quien perdió en el orden del México pos-revolucionario.
-El texto es en su complejidad un texto de memoria, mas la palabra memoria se presenta apenas dos veces en todo el libro. Que enlace podemos elaborar entre las culturas de la memoria contemporáneas y el uso (o falta de este) como herramienta narrativa que Fuentes (o también Roa Bastos) le dan al termino?
-Si las obras que hemos leído pueden considerarse alegóricas y critica inmanente a la región, donde podríamos encontrar un equivalente en la literatura del norte global?
-Propongo arriesgar la tesis prematura: si desde Macario y Miguel Vera veíamos desde abajo, con Artemio Cruz obtenemos la posición dominante desde la perspectiva del poder.
-Asistir a la construcción de imperios económicos desde La Muerte de Artemio Cruz, es sentarse en primera fila a presenciar el despojo y la dialéctica acumulación/precarizacion que ha minado la historia de la región dentro de diferentes matices y teniendo en cuenta los tonos nacionales.