Tierras Hechizadas (Bolivia, No. 9 Especifica)

Adolfo_Costa_du_Rels

La novela del boliviano Costa du Rels está escrita en clave autobiográfica, desde la experiencia vivida, o parcialmente vivida; se dirige hacia un público ajeno a cualquier asociación con su trama (Tierras Hechizadas fue originalmente publicada en 1939 en francés con el título Terres Embrasees), el público burgués europeo francoparlante y está sustentada en la noción de alguna base factual que pretende concederle legitimidad literaria (factor importante para la crítica de la época). En sus 220 páginas Costa du Rels relata la historia de Carlos, un joven militar ex revolucionario que trató algún cambio político en La Paz pero al ser capturado terminó por aceptar la hacienda de su padre en el suroriente de Bolivia como cárcel. Carlos, educado en artes militares de la academia Francesa no encuentra sosiego en esta tierra tropical dotada de personajes extraños y dominada por su padre Don Pedro, un viejo hacendado que maneja con tiranía excesiva su estado. El que nos relata la desgracia de Carlos y Don Pedro es un narrador sin nombre del que poco sabemos que llega desde Inglaterra acompañado por Mr. Treweek, un ingeniero en busca de petróleo. Costa du Rels agota sus páginas en el ejercicio de la nostalgia y la descripción sensual. En lugar de encontrar una novela balanceada, el lector se encuentra distraído, tal vez tanto como Costa du Rels, en contemplar los farallones, las cuñitas (jóvenes indígenas) y las monstruosidades que Don Pedro adjudica para mantener el orden social.

A pesar de las descripciones no encontramos nada sustantivo que justifique la trama, además de la anticipación irregular que al final termina decepcionando a cualquier lector atento. Tierras Hechizadas está escrita como una postal exótica que desde la perspectiva más masculinista y colonialista intenta ofrecer al europeo francoparlante una invitación al mundo salvaje y erótico del otro americano. Escrita en francés y luego traducida por el mismo autor, la novela se lee como un obsequio del sur hacia el norte, mediada por un traductor autorizado. Parece un obsequio porque dentro de la novela uno parece encontrarse con entidades elementales dentro del repertorio de la exotizacion del sur, o llamémosle un orientalismo latinoamericano: la naturaleza (el clima tanto las plantas) excesivamente fértil en necesidad de un orden y un sentido, el tropo de la mujer que requiere ser defendida o conquistada, la promesa de los recursos baratos y su fácil extracción… Costa du Rels parece ofrecerle al lector cosmopolita del norte una estampa donde todas las fantasías del inconsciente industrializado pueden echarse a rodar dentro de la seguridad de la representación literaria.

Al final, no se sabe que ocurre con los descubrimientos de petróleo, ni con las ideas progresistas de Mr. Treweek o de su acompañante. El desarrollo de los personajes es tan escaso como el de la trama: no sabemos que sucedió con el ingeniero, ni la causa de la tiranía de Don Pedro; no terminamos de entender bien como afectó la Guerra del Chaco (1932–1935) aquella región, ni mucho menos algún otro tipo de evento histórico que permita a du Rels construir alegorías más memorables que las descripciones naturales y costumbristas.

Parece que la novela nunca supo cómo asumirse con respecto a otras obras similares: La vorágine, o Doña Bárbara. Por consecuencia, parece extenderse innecesariamente por casi 200 páginas, solo para después encontrar un final poco notable. A lo menos, un final extraño, pues hacia la pagina 207 encontramos un epilogo que más que ofrecer una resolución concisa, termina extendiéndose como un capítulo más; un capitulo poco coherente donde Costa du Rels en un momento de distracción parece olvidar la localización de sus personajes en el tiempo y en el espacio. En fin, Tierras Hechizadas promete más por el título, y por el bagaje del autor. Luego de 220 páginas, o tal vez antes, entendemos que tal promesa solo ocurrió entre el lector mismo como signo de apuro y que Tierras Hechizadas le falla a su público en más de un frente simbólico.

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