El Lugar sin Limites: anti-narración y la venganza del campo

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No sé si pudiera considerar El Lugar sin Limites narrativa. Es mas bien una serie de imágenes, una secuencia de diálogos y “explicaciones” que van ayudando al lector a guiarse dentro de la obra: a formar algún “significado.” Parece que Donoso en este sentido estaba mas allá de sus contemporáneos del “Boom” en términos de forma y técnica. En la novela (sera acaso una novela quizas?) no pasa nada: todo esta dado, todo ha ocurrido, y seguirá ocurriendo como lo profetizan varias voces siempre desde la resignación y el fracaso. Donoso no despliega un universo en un día como ocurre en el Ulises de Joyce ni la infinita narrativa de un Proust en su Tiempo Perdido, mucho menos va dibujando al por menor sus personajes -en flashbacks y voces semi conscientes, o en “escritura automática” que parece ser el medio que nos permite dialogar con la historia de Artemio Cruz. Su temporalidad es sencilla, salvo un par de saltos hacia el pasado acerca del affair entre la Manuela y la Japonesa, Donoso parece mas bien guiarnos mientras rescatamos una caja de fotografías y las sorteamos en desorden. Así, una a una, van saliendo memorias, recuerdos, y se cose la historia de nada: se echa a andar un registro panorámico de la triste y moribunda area del Olivo. La Manuela sigue o seguirá en sus rondas, por la “Vereda Tropical,” la Japonesita no deviene en puta ni se marcha a Talca tampoco, don Alejo no fallece ni se concluye un final para el poblado (“destrucción como positividad” para crear campos de uva) o resistencia y movilización contra los planes de don Alejo, o arreglo a medias entre fuerzas… ninguna variable se materializa. Es precisamente porque acá no hay formas clásicas de nudos y desenlaces, ni siquiera una aproximación vanguardista para transformar la misma (como resistencia a formas narrativas burguesas u obsoletas), sino mas bien una galería “anti-telica” sin mas propósito que dejarnos ver como se ve desde la grieta de una puerta medio abierta una imagen cualquiera: cuatro perros negros corriendo por un lote, un burdel en la cuspide del goce, un cuerpo cayendo al rio, etc.
-Un par de observaciones: el espacio, es un libro donde el espacio esta mas presente que en cualquiera de los que hemos leído hasta ahora, o en el cual tal vez su densidad es tan fuerte que se echa a rodar una dialéctica bastante evidente entre sujeto-espacio: cada vez es mas fácil reconocer como las descripciones de unos se pueden intercambiar por otros, o como las imágenes y los paisajes en su decaer preceden la decrepitud de los cuerpos huecos que se pasean por el Lugar. Hasta la Japonesita que no llega a los 18 parece mas un trapo que cualquier otra cosa. Se ha mencionado la importancia de la casa como vehículo para hablar de células, celdas, etc. Aunque la casa esta ciertamente localizada como eje espacial del Limite, y todo el actuar de los personajes se activa como deseo por la casa (como una objetivizacion de “ser propietaria”) me parece que es su espacio opuesto: las viñas, la “longitudinal,” los potreros y lotes, las calles, etc, lo que delimita la casa en si, que cobra mas importancia acá (decir “cobrar” es tal vez poco, pues son estos espacios los que compiten con el espacio de la casa y la van a borrar; vemos tal vez la inversion de una dicotomia ciudad-campo). Al final la casa va a desaparecer no por su propio peso, por su propio rol histórico sino por la expansion de modelos de agricultura intensiva y monopolios que la devoran lentamente y devoraran el Olivo eventualmente. El paisaje, asentado y estático aparentemente, es el dispositivo principal de desplazamiento: los campos, tan anchos, tan “libres” tan amplios para poder escapar se dibujan como todo lo opuesto: inmensas cárceles de donde nadie puede salir, ni siquiera Pancho con su fantasia de acabar violentamente esta condena miserable. Estas no son ruinas o paisajes decadentes que remontan a pasados imperiales o imaginaciones burguesas acerca de un gran ayer. Mas bien el Lugar dibuja restos, escombros (not ruins but rubble) que demarca una subjetividad como metáfora ontológica: ruinas viviendo dentro de ruinas. El galpón al que le llueve una mañana fría, los rieles deshechos, tramos de tierra abandonados que sirven de frontera mobil entre la acumulacion de capital como viña amenazante y el pueblo como un despojo infeliz.
-Alejo, don Alejo es un pequeno y miserable Artemio Cruz.
-Manuela, muy compleja: fragmentación. Es varios “yos” dentro de El Lugar.
Ella es varón , pero también es mujer (Manuela), también es “maricon” o por instantes algo intermedio entre las dos anteriores. Es “Papa,” pero también fue “Mama” o es “Mama” es la dueña ahora que la Japonesa ha muerto pero también juega con el papel de puta o por lo menos de bailarina dentro de la casa. Es miembro de la sociedad, por lo menos encuentra buena sombra bajo el árbol de don Alejo, pero es intrínsecamente marginal, un “monstro degenerado.” Puede ser la multiplicidad cosmopolita dentro de la mas rigurosa sociedad provincial.

4 thoughts on “El Lugar sin Limites: anti-narración y la venganza del campo

  1. Yo sí creo que se trata de una narración; narración peculiar, quizás, pero narración al fin. No creo que todo esté dado o profetizado de antemano. A mí me queda más bien la sensación de estar frente al último suspiro de un espacio que finalmente está a punto de sucumbir (o incendiarse en las llamas del infierno). Sabemos que la caída es inminente, pero la novela nos termina por dar los detalles.

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  2. Hmm. Muy interesante esta entrada. Como Bruno, no estoy seguro sobre lo que dices, pero me da a pensar. Si no hay narración, hay destino?

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    1. Si es un destino, entonces tendríamos que hablar de un destino trágico inexorable. Pero insisto: es la narración de ese destino lo que nos da El lugar sin límites.

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  3. En cuanto a lo de la narración, mientras lo leía, nada me hizo sentir lo contrario.
    Si, aprecio tu observación en cuanto al papel central que tiene el espacio y como forja el destino del lugar. Recibe amenazas de todo tipo, entre a permanecer eternamente oscuro y frio al carecer electricidad, como el quedar sepultado por viñedos.

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